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CAPÍTULO 8
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8. ¿Cuándo vienen los ángeles?

Por lo general, el velo entre el cielo y la tierra oculta al Señor y a Sus ángeles de nuestra vista. Sin embargo, durante las primeras etapas de nuestro desarrollo espiritual, podemos experimentar momentos inconfundibles en los que el velo es especialmente delgado, convirtiendo así nuestro sentido de creencia en un sentimiento de certeza: “Luego, ¿no es esto verdadero?” preguntamos y Alma responde, “Os digo que sí, porque es luz; y… se puede discernir” (Alma 32: 35). Sin embargo, nuestro discernimiento de esta luz no produce un conocimiento perfecto. Debemos nutrir el árbol de fe para que “eche raíz” contra el día “cuando el calor del sol llegue y lo abrase” (Alma 32:37–38). Mientras esperamos y nos esforzamos para obtener más luz, nuestros días de búsqueda pueden durar muchos años.

 

Nuestro sentido del mundo invisible aumenta a través de nuestras primeras experiencias de conversión, el servicio misional, el asistir a la universidad, o el enamorarnos. Podemos comparar estos períodos cruciales y formativos de desarrollo espiritual con la temporada de dedicación del Templo de Kirtland en la historia de la Iglesia, y contrastar nuestros últimos días con la época de dedicación del Templo de Nauvoo—y más. Esta comparación ilustrará nuestro patrón ahora familiar: de la simplicidad a la complejidad a la simplicidad más allá de la complejidad.

Los períodos de Kirtland (1830–1838) y Nauvoo (1839–1846) de la historia de la Iglesia estuvieron llenos de una combinación distintiva de bendiciones asombrosas y una oposición escalofriante. Aquí, nos centramos en la temporada específica de la dedicación del templo en cada ciudad.

 

Los primeros años de Kirtland fueron inusualmente felices para José Smith y los Santos. En tan solo unos pocos años, fueron bendecidos con eventos maravillosos: la visión en la arboleda, la publicación del Libro de Mormón, la organización de la Iglesia, el lanzamiento positivo de la obra misional, la Escuela de Profetas y las grandes revelaciones que señalaban un magnífico futuro. Fue una época vivaz y alegre. Los Santos solo comenzaron a sentir lo que aún les podía esperar, enrollado como una serpiente letal, apenas a la vuelta de la esquina de la historia: turbas, persecución, apostasía y martirio.

 

Pero, primero vinieron los ángeles. De hecho, probablemente, la dedicación del Templo de Kirtland en marzo de 1836 fue la mayor efusión espiritual en la historia moderna de la Iglesia. José escribió al respecto poco después de la oración dedicatoria, “Frederick G. Williams se puso de pie y testificó que [durante la oración] un ángel entró por la ventana y se sentó entre Smith, padre, y él. David Whitmer también vio ángeles en la casa”.47

 

Más tarde, “el hermano George A. Smith se levantó y comenzó a profetizar, cuando de pronto, se escuchó un ruido semejante al sonido de un viento fuerte y violento, que llenó el Templo, y toda la congregación se levantó al mismo tiempo debido a un poder invisible; muchos comenzaron a hablar en lenguas y profetizar;… y [vio] que el Templo estaba lleno de ángeles… Las personas del vecindario vinieron corriendo (al escuchar un sonido extraño en el interior y vieron una luz resplandeciente como una columna de fuego arriba del Templo) y quedaron perplejos al ver lo que estaba sucediendo”. 48

José dijo que en una reunión de clausura, “El Salvador se apareció a algunos, mientras que los ángeles ministraron a otros; en efecto, fue un día de Pentecostés e investidura, que se recordará por mucho tiempo, ya que el sonido saldrá de este lugar y se extenderá a todo el mundo, y los eventos de este día se registrarán en las hojas de la historia sagrada, para todas las generaciones”.49

Ahora, contrasta esas experiencias asombrosas con las terribles condiciones que rodearon la dedicación del Templo de Nauvoo solo nueve años después. José y Hyrum fueron asesinados. La disensión y la apostasía atormentaron la Iglesia, y el espíritu oscuro del martirio se posó sobre Nauvoo como el ángel destructor de la muerte. Los Santos sabían que no se podían quedar. Trabajaron frenéticamente para terminar el templo, incluso mientras se preparaban para su temible viaje al oeste.

 

Parte del Templo de Nauvoo se dedicó en octubre de 1845, incluso antes de que se terminara el edificio y, en diciembre, Brigham Young comenzó a administrar las ordenanzas del templo día y noche. En dos meses, el primer grupo de carromatos cruzó el Misisipi congelado, para nunca volver.

 

Se cuenta la historia de un converso ciego llamado hermano Williams, que vino justo a tiempo de Massachusetts a Nauvoo para ayudar a terminar el templo. El hermano Williams escuchó las historias de Kirtland y creía fervientemente que cuando se dedicara el Templo de Nauvoo, el Salvador e incluso José regresarían. Anticipó grandes manifestaciones espirituales que lo sanarían de su ceguera. Creía que cada piedra que colocaban, lo acercaba un paso más a la mano sanadora del Salvador. Pero, la dedicación del Templo de Nauvoo no era la de Kirtland. No hubo manifestaciones visibles para registrar, tampoco ministerios de ángeles, ni Pentecostés.

 

Con frecuencia, nuestros años de alegría como misioneros y estudiantes, a pesar de sus típicos dolores de crecimiento, son una especie de Kirtland para nosotros: un tiempo simple y hermoso, lleno de avances intelectuales, momentos privados y espirituales, y convicciones idealistas y emergentes. Esos años pueden elevarnos por un tiempo por encima del ruido y la confusión de los valles de este mundo hasta las cimas, donde desarrollamos una mayor cercanía al infinito. Sin embargo, el día de la complejidad siempre parece llegar, el día en el que debemos descender de nuestras montañas, debemos abandonar nuestros Kirtlands.

Cuando lo hacemos, tarde o temprano, podemos tener nuestro propio tumultuoso tipo de Nauvoo, quizás más de una vez. Tendremos nuestros propios ríos congelados y desiertos que cruzar; un desierto moral, intelectual o espiritual que controlar. Tal vez, nos sentiremos desconcertados y decepcionados, y podamos mirar hacia atrás con nostalgia, y nos preguntemos cómo recuperar nuestros años de alegría en Kirtland.

 

Cuando llegue nuestro Nauvoo, podríamos sentir la disminución de nuestro sentido de asombro espiritual, ya que las presiones y las contaminaciones que se acumularon de la vida parecen arrojar dudas sobre la realidad de la inspiración o el valor de la Iglesia institucional, o el valor de entregarnos desinteresadamente a los demás. Algunos de nuestros amigos o enemigos, pueden alarmarnos con informes de que este o aquel elemento de la historia o doctrina de la Iglesia no es lo que pensábamos que era.

 

Cuando llegue nuestro Nauvoo, podríamos darnos cuenta de que estamos viviendo en una cultura que ofrece poco refuerzo para nuestra creencia en los ideales de la vida familiar. El entorno que nos rodea podría atacar nuestra devoción al matrimonio y los hijos. Algunos de nosotros podríamos comenzar a sentir una mayor sensación de distancia en nuestros matrimonios a medida que los que nos rodean dan por sentado que las mujeres y los hombres modernos no deberían verse limitados por los compromisos incondicionales de la familia. Sin embargo, sabemos, porque vivimos una vez en Kirtland, donde el Espíritu nos susurró que la doctrina es verdadera, que: el matrimonio es sagrado y el amor es para siempre.

 

Cuando llegue nuestro Nauvoo, podríamos alejarnos con tristeza, sentir que quizás nuestros primeros momentos parecidos a Kirtland no fueron como lo imaginamos. “¿Cómo esas historias podrían ser verdaderas? algunos preguntarán. “No vemos ángeles aquí, no ahora, cuando más los necesitamos. Lo que sucedió en Kirtland debe haber sido la tonta imaginación de los jóvenes”. Podemos sentirnos presionados a ver las cosas de esta manera, quizás al rodearnos de aquellos que susurran en son de burla a nuestros oídos, como lo hizo el enemigo de Nauvoo: “Tu profeta está muerto. Despierta, todo fue un sueño de la infancia”.

Cuando llegue nuestro Nauvoo, no nos sorprenderá ni nos perturbará si hemos guardado la imagen de Kirtland brillando en nuestros recuerdos. Está bien, diremos, lo entendemos. “Por lo pronto no podéis ver con vuestros ojos naturales el designio de vuestro Dios concerniente a las cosas que vendrán más adelante… después de mucha tribulación” (DyC 58:3). Una simplicidad nueva y más profunda, la que anhelamos, puede llegar a nosotros solo después de nuestra temporada de complejidad.

 

Entonces, recogeremos nuestros carromatos y a nuestras familias, y nos dirigiremos al oeste. A medida que lo hagamos, sentiremos que se nos entregó Kirtland como un primer testimonio, para que se lo contemos a nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, con la finalidad de que sepan que Dios es el Señor. Él no duerme. Lo sabremos, siempre, porque estuvimos ahí durante esa alegre temporada en el pueblo de Kirtland.

 

Todavía pensamos en el hermano Williams, con sus ojos invidentes y brillantes de esperanza, esperando que Jesús y Sus ángeles vinieran al Templo de Nauvoo. No sabemos qué le sucedió después de Nauvoo. ¿Encontró la sanación que anhelaba? ¿Se encontró con su Salvador y vio el rostro del hermano José? Suponemos que él y los otros fieles encontraron la luz y la paz que buscaban—pero, más adelante, quizás dentro del último carromato a lo largo de algún sendero lúgubre de la pradera, o en la lucha por construir una nueva vida, muy lejos en el oeste.

Imaginamos que el hermano Williams descubrió lo mismo que los Santos en las compañías de carromatos de Martin y Willie, que quedaron atrapados debido a las nevadas fuertes y tempranas en las altas llanuras de Wyoming. Un sobreviviente dijo que “llegaron al absoluto conocimiento de que Dios vive, porque [se familiarizaron] con Él en [sus] momentos más difíciles”. Muchas veces, continuó, cuando “[se] sentía tan débil y cansado debido a la enfermedad y la falta de alimentos que apenas podía poner un pie delante de otro”, comenzó a sentir que el carromato lo estaba empujando a él. Pero, cuando miraba hacia atrás “para ver quién empujaba [su] carromato… no había nadie. Entonces, [supo] que los ángeles de Dios estaban ahí”. 50

Probablemente, tales manifestaciones angelicales invisibles en los momentos más difíciles de nuestras vidas, tendrán un significado más profundo para nosotros que la efusión más visible de nuestros Kirtlands. El Señor ha prometido que si somos sinceros y fieles, Él mismo estará “en medio de nosotros y no lo podremos ver” (DyC 38:7). Incluso si no lo vemos, Él puede “estar a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y [su] Espíritu estará en vuestro corazón”, y los ángeles que vengan a Kirtland estarán a “nuestro alrededor, para sostenernos” (DyC 84:88).

 

Además, quizás nuestras siguientes experiencias más turbulentas podrían enriquecer nuestros recuerdos de Kirtland. El significado mismo de nuestros primeros testimonios se enriquecerá con la perspectiva del tiempo y la complejidad. Nos atrevimos a ir a Nauvoo debido a lo que vimos en Kirtland. Lo que una vez vimos claramente es nuestro testimonio, podemos volverlo a ver claramente, ahora con mayor profundidad, en medio de—o, tal vez, debido a –nuestras aflicciones.

 

Después de todo, los ángeles están ahí. Y, algún día, quizás no muy lejano en el tiempo o el espacio, podríamos estar lo suficientemente preparados y tener la razón suficiente para ver a los ángeles de Kirtland una vez más. Las condiciones en las que nuestra visión puede atravesar el velo no las conocemos por completo. Incluso, los profetas no siempre conocen esas condiciones.

 

Cuando Elías el Profeta estaba a punto de abandonar la tierra, Eliseo le pidió que una porción doble de su espíritu permaneciera con él. El Profeta Elías respondió, “Cosa difícil has pedido. Si me ves cuando sea quitado de ti, te será concedido; pero si no, no”. De repente, apareció un carro de fuego con caballos de fuego y Elías subió al cielo en un torbellino. Y, el Señor concedió el deseo del corazón de Eliseo, porque su vista atravesó el velo, “Al ver esto [los ángeles], Eliseo clamó: ¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!” (2 Reyes 2:9–12).

¿Quiénes son esas personas a caballo? ¿De dónde vienen y a dónde van? No deben estar muy lejos, ya que han vuelto en la época moderna. Poco antes de la dedicación del Templo de Kirtland, el escriba de José Smith vio “en una visión, a los ejércitos del cielo protegiendo a los Santos en su regreso a Sion”.51 Al siguiente día, “los cielos fueron abiertos al Élder Sylvester Smith, y el saltó y exclamó: “Las personas de Israel a caballo y sus carromatos”.52

 

Independientemente de quiénes sean, la gente de Israel a caballo sigue cuidando a los Santos con tanto esmero que podemos saber con seguridad, “son más los que están con nosotros que los que están con ellos”. El monte incluso podría estar “lleno de gente de a caballo y de carros de fuego” (2 Reyes 6: 16–17).

De las historias de Kirtland, sabemos que los ángeles vienen a celebrar y a dar un testimonio inolvidable durante la formación de nuestra fe, incluso si necesitamos esperar más testimonios visibles hasta que las llamas de la complejidad los prueben, enriquezcan y profundicen. “La llama no puede dañaros jamás si en medio del fuego os ordeno pasar. El oro del alma más puro será”.53 De ese modo, avanzamos hacia la simplicidad tranquila, madura y profundamente arraigada al otro lado de la complejidad.

Notas
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