Al mirar atrás, muchos sentimos que el año no fue fácil. Problemas, pérdidas o frustraciones pueden pesar más que los logros. Pero incluso en medio de la dificultad, siempre hay razones para agradecer y aprender.
Reconoce lo que sí lograste

Aunque el año haya sido duro, siempre hay pequeñas victorias que vale la pena celebrar: un proyecto terminado, una amistad fortalecida, un momento de paz.
Como dice la Escritura:
“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” – 1 Tesalonicenses 5:18.
Apreciar incluso lo pequeño cambia nuestra perspectiva, nos ayuda a ver que Dios estuvo presente en cada paso, aunque no siempre lo notáramos.
Aprende de las dificultades

Los retos no son solo obstáculos; son oportunidades de crecimiento. Cada problema enfrentado, cada lágrima derramada, puede acercarnos más a Dios y enseñarnos paciencia, humildad y fortaleza.
Reflexiona: ¿Qué aprendiste de los momentos difíciles? ¿Cómo te ayudaron a ser más resiliente o compasivo? Esa es la verdadera ganancia del año.
Haz un recuento espiritual

Cierra el año revisando tu vida desde la perspectiva del alma, no solo del calendario.
- Escribe tus bendiciones.
- Anota experiencias que te acercaron a Dios.
- Reflexiona sobre momentos en los que sentiste Su guía.
Este ejercicio fortalece tu fe y tu gratitud, y te prepara para recibir el nuevo año con esperanza. Además, es importante expresar tu gratitud:
- A Dios en oración.
- A personas que te apoyaron.
- Con actos de servicio y cariño hacia los demás.
Cuando compartimos gratitud, multiplicamos bendiciones y dejamos que la paz de Dios fluya hacia otros.
Mira hacia adelante con fe

Cerrar el año con gratitud también significa dejar ir lo que no podemos cambiar y confiar en lo que viene.
“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” – Jeremías 29:11.
Aunque el pasado haya sido duro, podemos esperar que Dios nos guíe hacia nuevas oportunidades, aprendizajes y alegrías.
Un año difícil no es motivo para amargura; es una invitación a enfocarnos en lo que sí tenemos, en lo que hemos aprendido y en lo que Dios nos ofrece.
Cierra el año con gratitud, y verás que incluso los retos se transforman en motivos para crecer, bendecir a otros y fortalecer tu fe.
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