En medio de una conversación reciente en línea sobre el matrimonio plural en la historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, apareció un comentario que llamó mucho la atención.
Una mujer, con intención ligera y positiva, expresó que se sentía agradecida por la poligamia porque, de no haber existido, ella tampoco habría llegado a este mundo. Cerró su mensaje diciendo: “viva la esposa número tres”.
Aunque parecía un comentario inofensivo, también expuso algo más profundo. Con frecuencia, dentro de la cultura Santos de los Últimos Días, mencionamos a nuestras antepasadas pioneras como si fueran simples números en una secuencia familiar.
Cuando dejamos de lado sus nombres y olvidamos sus historias, reducimos sin querer su fe, su identidad y sus sacrificios.
Hay quienes evitan hablar del tema por incomodidad. Otros prefieren no resaltar su linaje pionero. A todo esto se suma la distancia histórica, que también influye. Sin importar la razón, el resultado permanece igual: terminamos dejando en la sombra a mujeres reales, con vidas complejas, decisiones valientes y una fe extraordinaria.

La forma más justa de honrarlas es recordarlas como personas.
Una de esas mujeres forma parte de mi propia familia. Se llamaba Gertrude Patersdatter y nació en Dinamarca. Al principio no aceptó el mensaje del Evangelio cuando los misioneros visitaron su hogar, pero con el tiempo decidió unirse a la Iglesia junto a su esposo e hijos.
Su vida pronto se llenó de pruebas que pocos podrían resistir. La persecución religiosa los impulsó a emigrar a América. Solo su padre la acompañó al puerto; el resto de su familia la dio por perdida.
Durante la travesía, su esposo y dos de sus hijos fallecieron. Al llegar a St. Louis descubrió que también habían robado todas sus pertenencias.
Así llegó Gertrude a América: viuda, con un solo hijo y sin recursos. Aun así eligió seguir adelante hasta llegar a Utah.

Con el tiempo se selló con Mads Jensen, quien ya tenía una esposa. Ambos participaron en la organización de Brigham City y en los primeros esfuerzos de consagración que marcaron el desarrollo de la Iglesia.
Gertrude trajo al mundo siete hijos más, y su familia llegó a ser clave dentro de la comunidad.
Crió a sus hijos y apoyó en la crianza de los hijos de las otras esposas. En su hogar plural se vivía cada día entre cooperación, fe y sacrificio silencioso.
Cuando comenzó la persecución federal contra el matrimonio plural, el precio aumentó para los Santos. Arrestaron a su esposo, como ocurrió también con muchos otros. Para proteger a la familia, Gertrude pasó sus últimos años en una pequeña casa, lejos de él, donde podía vivir con mayor seguridad.
Y aun así, permaneció firme en la fe.

Hoy, algunas personas describen a estas mujeres como figuras sin opciones. Sin embargo, Gertrude cruzó el océano, enterró seres queridos, perdió todo lo material, cruzó la frontera, ayudó a formar una comunidad, sostuvo un hogar plural y siguió creyendo cuando todo parecía derrumbarse.
No fue “la esposa número dos”. Para el Señor, era una discípula. También fue madre. Y, sobre todo, una mujer con una fuerza espiritual inmensa.
Si queremos honrar de verdad a las mujeres de la Restauración, debemos recordar sus nombres y contar sus historias. No buscamos idealizarlas ni negar sus desafíos, sino reconocer que, en medio de circunstancias difíciles, eligieron la fe.
Y quizá, al mirarlas así, descubramos que no fueron víctimas sin voz, sino algunas de las mujeres más valientes y firmes que han formado parte de esta gran obra.
Fuente: Called To Share
Video relacionado
@masfe.org Este 2026 sí voy a lograr mis sueños, porque no camino solo 🤩 #masfe #logros #añonuevo #2026 ♬ sonido original – Masfe.org



