Nota del redactor: Este artículo se basa en una experiencia real compartida por un padre sobre su hija Elliana.

Vivimos en una sociedad en la que convivimos con otras personas con caracteres y personalidades cambiantes. Y a veces, esas diferencias generan conflictos cuando les sumamos factores externos que aumentan la tensión.

Eso sucede diariamente. En el tráfico, en los momentos de presión laboral, en largas filas de espera. Siempre hay momentos en los que nos toca lidiar con la ira de los demás. Eso fue exactamente lo que sucedió con Elliana.

Ella es una joven que trabajaba en un restaurante de comida rápida durante la pandemia. 

Un día, en un turno normal, ella sería testigo de una escena conmovedora que nos enseña que el poder para calmar la ira viene a veces de quien menos lo esperas.

Cuando la presión saca lo peor de nosotros

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Era un día normal para Elliana hasta que un cliente enojado entró. Imagen: Canva

Ese día, Elliana se dispuso a trabajar como en un día habitual. El ambiente estaba tranquilo hasta que fue interrumpido por un cliente que llegó molesto al autoservicio desde el primer momento.

Su voz era distante y cortante al igual que su actitud. Por lo mismo, la trabajadora que lo atendió le hacía preguntas para entender su pedido. Pero cada pregunta parecía irritarlo más.

La trabajadora, bajo la supervisión de Elliana, se esforzaba, pero cada intento suyo por aclarar el pedido del cliente recibía una respuesta sarcástica o agresiva. Elliana intentó calmar la situación pero no lo logró. De pronto, el ambiente del lugar se tensó.

Quienes han trabajado en atención al cliente conocen perfectamente esa sensación. Cuando al fin parecía tener el pedido después de varias reprimendas, la joven que lo atendía terminó al borde del llanto y el resto de los empleados, cansados por la actitud del cliente, pensaban lo mismo:

“Que se vaya a otro lado”.

Hasta entonces, la historia no parecía tomar un rumbo pacífico.

Nadie pudo calmarlo… hasta que alguien lo logró

El cliente finalmente pidió disculpas. ¿La razón? Su hija. Imagen: Meridian Magazine

Cuando finalmente la comida estuvo lista, uno de los trabajadores decidió llevársela al cliente. No precisamente para ser amable, sino para “decirle lo que pensaba de su actitud”.

En ese momento, lo inesperado ocurrió. Mientras todos esperaban gritos y cruces de palabras, se llevaron una sorpresa al ver una escena completamente distinta.

El trabajador que entregó el pedido regresó con una sonrisa y explicó que el cliente, el mismo que los había tratado mal, finalmente pidió disculpas. ¿La razón? Su hija.

Mientras el cliente esperaba su pedido, su hija de unos tres años, sentada en el asiento trasero, le dijo algo tan simple como poderoso:

“Papá, estás siendo malo”.

Eso fue todo. Solo la voz tierna de una niña que removió el corazón de su padre y le hizo ver su error. Fue entonces cuando el cliente supo que debía disculparse, luego de lo cual, se retiró sin más problemas.

La influencia silenciosa y poderosa de los niños

Los niños tienen una gran influencia para aplacar el enojo. Imagen: Shutterstock

Esta historia nos recuerda lo que Jesucristo enseñó:

“Dejad a los niños venir a mí y no les impidáis hacerlo, porque de los tales es el reino de los cielos”.

No mencionó a adultos o gente con poder sino a los niños. ¿Por qué? Pues simplemente porque ellos actúan desde la pureza, no desde la prepotencia.

La niña de esta historia no corrigió a su padre desde la superioridad moral. Simplemente le hizo saber lo que vio con amor y honestidad. Y eso fue suficiente para aplacar la ira.

Esta historia es una invitación a recordar que ante el enojo y el mal humor, no hay nada mejor que responder con mansedumbre y amor. Así es como Cristo actuó y como nos invita a actuar. ¿Qué puedes hacer para seguir su ejemplo como los niños?

Fuente: Meridian Magazine

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