Vivimos en un mundo lleno de rutinas y responsabilidades. Nuestro día a día está cargado de actividades, planes y metas, pero, a veces, al caer la noche, aparece una pregunta corta pero poderosa: ¿esto es todo?
Puede que incluso hayas cumplido todo lo que deseabas hacer en el día. Has avanzado y perseverado y aun así sientes un vacío difícil de explicar, como si algo profundo no terminara de encajar. ¿Te ha pasado?
Esa sensación no nace de la ignorancia, sino de algo más peligroso: el olvido. Un olvido que el mundo moderno aprovecha para reducir nuestro valor a lo que producimos, logramos o aparentamos. ¿Cuán peligroso es esto?
Lo que el “mundo moderno” nos quiere hacer olvidar

Imagina esto: Ves a un rey con una corona brillante, una gran herencia y un dominio gigantesco sobre su reino. Pero un día, este rey despierta en una fábrica ruidosa.
Alguien le pone una herramienta en la mano y le dice:
—Tú no eres rey.
—Eres solo una pieza más.
—Trabaja, produce, cansa tu cuerpo… y luego desaparece.
El rey, confundido, obedece y por un buen tiempo no hace más que repetir el mismo ciclo: trabaja, come, duerme y vuelve a la misma rutina. Pero en medio de su faena, a veces siente algo dentro de él que le dice: esto no es todo. Yo no soy solo esto. ¿Qué tiene que ver esa historia con nosotros?
Ese rey, somos nosotros y este mundo moderno es como ese trabajador de la fábrica que nos hace olvidar quiénes realmente somos al intentar convencernos de que somos accidentes biológicos.
Bajo esta idea, nuestro valor para el mundo depende de lo que producimos, tenemos y logramos. Y si fallamos o no encajamos en los estándares de los demás, el problema somos nosotros cuando en verdad no es así.
La respuesta del Plan de Dios

Aquí es donde el Evangelio restaurado nos dice algo radical: en realidad somos mucho más grandes de lo que imaginamos. No somos los obreros de la fábrica, somos en verdad reyes y reinas con amnesia como en el relato anterior.
El presidente Russell M. Nelson una vez enseñó:
“Ninguna identificación debe desplazar, reemplazar ni priorizar estas tres designaciones perdurables:
– Hijo de Dios
– Hijo del pacto
– Discípulo de Jesucristo”.
Esas palabras nos recuerdan que nuestra identidad no empieza en este mundo ni termina en lo que logramos aquí. Para Dios, no somos piezas reemplazables en la sociedad, sino seres con un propósito y destino eternos y las escrituras lo confirman:
“El hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o sea, la luz de verdad, no fue creada ni hecha”.
En otras palabras, cuando el mundo nos dice: “Eres lo que produces”, el Plan de Dios nos responde: “Eres alguien que puede elegir, amar y llegar a ser”.
El “recordar” cambia cómo ves tu vida

Aunque la cultura seguirá insistiendo en que somos “cosas sobre las que se actúa”, el Evangelio seguirá afirmando, como enseñó el profeta Lehi, que somos personas con el poder para decidir y actuar.
Esa verdad solo se siente cuando empezamos a recordar lo que realmente somos bajo el plan de Dios. Recordar nuestra “realeza espiritual” cambia la forma en que interpretamos nuestra rutina, nuestro dolor y hasta nuestras dudas.
De pronto, el trabajo deja de ser solo una carga, el cansancio se ve desde una perspectiva diferente, e incluso el sufrimiento se siente como una experiencia que Dios puede consagrar para nuestro bien.
Por eso, esa sensación incómoda, ese “falta algo” que a veces sentimos, es muy fuerte. Se trata del corazón acordándose de que, como hijos de Dios, tenemos propósitos más grandes. Y eso es lo que Satanás quiere hacernos olvidar.
Así que cuando esa pregunta vuelva a tu mente, recuerda que tienes más valor de lo que el mundo aprecia y eres más amado de lo que crees. No eres un obrero perdido, sino un rey o reina con destino eterno.
Nunca dejes de recordar que una vez vivías en los cielos. Ése es tu lugar.
Fuente: Meridian Magazine



