Wilford Woodruff llegaría a ser el cuarto presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sin embargo, mucho antes de convertirse en profeta, su vida ya parecía marcada por algo extraordinario: una larga serie de accidentes, enfermedades y desastres de los que, contra toda probabilidad, siempre sobrevivía.
A lo largo de los años, él mismo vería en esa cadena de rescates una evidencia de la protección divina.
Nacido en Connecticut en 1807, hijo de Aphek y Bulah Woodruff, Wilford pasó su infancia y juventud entre caídas, heridas graves y situaciones que habrían terminado con la vida de la mayoría de las personas.
Siendo aún niño cayó en agua hirviendo, se rompió ambos brazos en accidentes distintos, sufrió fracturas en una pierna, casi se ahogó, estuvo a punto de morir congelado y fue lanzado violentamente de un caballo, dislocándose los tobillos y rompiéndose la pierna.
Más adelante sobrevivió a ruedas de molino, naufragios, accidentes de tren y la caída de un árbol que le rompió costillas y el esternón. Todo esto ocurrió antes de que cumpliera cuarenta años.
Décadas más tarde, Woodruff reflexionaría sobre esta acumulación de peligros con una gratitud profundamente religiosa:
“Me he roto ambas piernas, ambos brazos, ambos tobillos, el esternón y tres costillas… he sido escaldado, congelado y ahogado; he quedado atrapado en dos ruedas hidráulicas… Atribuyo mis repetidas liberaciones de todos estos peligros notables a las misericordias de mi Padre Celestial”.
–The Latter-day Saints’ Millennial Star, 1865.
Un converso que sabía lo que estaba buscando

Para Wilford, todas esas experiencias adquirieron un nuevo significado después de su conversión. El 29 de diciembre de 1833, a los veintiséis años, asistió a una reunión en la que dos misioneros Santos de los Últimos Días predicaban. Woodruff llevaba años buscando lo que él llamaba “autoridad espiritual”. Más tarde escribiría:
“Yo había estado buscando, orando, con hambre y sed de hallar a algún hombre en la tierra que tuviera el sacerdocio… Cuando escuché este sermón, reconocí la voz; supe que era verdadero”.
–Deseret Weekly News, 3 de marzo de 1889
Se bautizó pocos días después, en pleno invierno, bajo la nieve y el hielo. Relató que el agua estaba helada, pero que no sintió frío (Matthias Cowley, Wilford Woodruff, p. 35).
Su vida como Santo de los Últimos Días fue casi inmediatamente una vida de sacrificio. En 1834 se unió al Campamento de Sion (Doctrina y Convenios 103–105). En 1837 se casó con Phebe Carter. En 1838 fue llamado al Cuórum de los Doce Apóstoles (Doctrina y Convenios 118), iniciando un apostolado que duraría sesenta años.
Un apóstol que pasó la vida predicando

Una gran parte de la vida de Wilford Woodruff transcurrió en misiones. Según un estudio histórico, “diez de los primeros quince años de Wilford Woodruff en la Iglesia los pasó casi exclusivamente sirviendo misiones” (Manscill, Freeman y Wright, Presidentes de la Iglesia, p. 94).
Su ministerio en Inglaterra, en la década de 1840, se convirtió en una de las misiones más exitosas de la historia de la Iglesia. En una ocasión, un clérigo anglicano intentó detener sus predicaciones enviando al alguacil para arrestarlo.
El resultado fue inesperado: el alguacil escuchó el sermón, se convenció y terminó siendo bautizado. Dos secretarios enviados luego como “espías” también se unieron a la Iglesia (Cowley, Wilford Woodruff, p. 118).
Cuando los Santos se trasladaron al Oeste, Woodruff formó parte del grupo de avanzada que entró al valle del Lago Salado con Brigham Young en 1847. Su figura aparece incluso en el monumento “This Is the Place” en Salt Lake City, junto al primer presidente de la Iglesia en Utah.
El testigo de toda una generación

Pocos hombres presenciaron tanta historia de la Restauración como Wilford Woodruff. Estuvo en Kirtland, Nauvoo, el éxodo hacia el Oeste y la construcción del Templo de Salt Lake, que tomó cuarenta años. Durante todo ese tiempo escribió de manera obsesiva. Sus diarios, más de siete mil páginas, constituyen hoy uno de los registros más importantes de la historia temprana de la Iglesia.
Tras la muerte del presidente John Taylor en 1887, el Cuórum de los Doce dirigió la Iglesia por un tiempo. En 1889, Wilford Woodruff fue sostenido como presidente.
Al año siguiente publicó el Manifiesto de 1890, que puso fin a la celebración de nuevos matrimonios plurales en la Iglesia, un momento decisivo en la historia del mormonismo. Woodruff explicaría más tarde que había actuado para preservar el futuro del templo y de la obra del Señor.
Sirvió como profeta durante nueve años y falleció en 1898, a los 91 años.
Una voz que aún puede escucharse

Entre los muchos legados de Wilford Woodruff hay uno especialmente singular: fue el primer presidente de la Iglesia en dejar una grabación de su voz. En marzo de 1897, poco antes de morir, registró su testimonio en una máquina de cilindros de cera que reproduce el sonido. En esa grabación declaró:
“Testifico que José Smith fue un verdadero profeta de Dios… En Nauvoo, en la primavera de 1844, el profeta reunió a los Doce Apóstoles y les entregó todas las llaves y poderes… Este es mi testimonio”.
-Wilford Woodruff, grabación del 19 de marzo de 1897
Esa voz, conservada más de un siglo después, conecta de manera directa con una generación que no solo creyó en la Restauración, sino que la vivió, la sufrió y la defendió.
Video relacionado



