Cuando salí de casa para servir mi misión, tenía un corazón ansioso por sentir la felicidad del campo misional de la que tanto había escuchado. Sentía que iba a cambiar vidas y, siendo sincero, también que cambiaría el mundo

Pero jamás pensé que me tocaría partir en pandemia. En ese entonces, la situación social era complicada y también la obra misional, así que a fin de prepararme, mis padres me advirtieron que a pesar del gozo innegable que sentiría, también me esperarían grandes pruebas.

Yo asentí, pero me fue imposible ocultar mis expectativas. Cuando finalmente llegué al campo misional, mi emoción se fue desvaneciendo por una sucesión de desafíos que me llevaron a pensar: “Tal vez no soy suficiente”.

Puede que tú también hayas sentido lo mismo y no solo en la misión. Sin embargo, hoy agradezco esos desafíos porque me enseñaron lecciones poderosas que no habría aprendido de otra forma y aquí te las comparto.

Los “números” no definen mi valor

Tu valor personal y tus resultados visibles son dos cosas distintas. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Como misionero, cada semana brindaba un reporte para verificar si se habían cumplido las metas semanales y al inicio, mi ánimo dependía solamente de si cumplía esas metas.

Si no las cumplía, sentía como si Dios estuviera decepcionado de mí y en ese momento, sin querer, estaba midiendo Su amor por estadísticas. Grave error.

Con el tiempo tuve que aprender que mi valor personal y mis resultados visibles son dos cosas distintas. Al separar ambas cosas, aprendí que, como afirma la Biblia:

“Jehová no mira lo que el hombre mira, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

Ahora, cada vez que tengo un mal día o no logro lo que quisiera lograr, recuerdo que mi identidad como hijo de Dios no está en riesgo por eso.

Dios me redirige si mis planes fallan

Cuando todo lo planeado falla, es porque Dios te redirige a donde te necesita. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

¿Recuerdas esas veces en las que te cancelaban una lección en ese preciso momento? Yo las recuerdo muy bien. Al principio me frustraba cuando eso pasaba, pero lograba calmarme cuando encontraba personas que realmente necesitaban el mensaje del Evangelio.

No hubiera habido forma de encontrar a esas personas si no nos cancelaban las lecciones. Reflexionar en eso me lleva al siguiente punto: cuando todo lo planeado falla, es porque Dios te redirige a donde te necesita.

Si una puerta se cierra, no siempre es un castigo. En realidad, puede ser Dios que te lleva no a donde quieres sino a donde debes estar. 

El libro de Proverbios en la Biblia declara:

“El corazón del hombre propone su camino, pero Jehová dirige sus pasos”.

Esa escritura me acompaña hasta hoy. Ahora, cuando algo no sale como esperaba, solo me pregunto: “Señor, ¿a dónde me estás guiando ahora?”.

Mis debilidades no me hacen vulnerable

No juzgar a quienes no van a la mision
Solo al doblar mis rodillas con humildad, comencé a crecer en la misión. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Durante mucho tiempo antes de ir a la misión, pensaba que para servir a Dios tenía que “demostrar que podía con todo”. Pero la verdad es que no siempre serás capaz de soportar todas las exigencias que te esperan. Al menos, yo siento que no pude cargar con todo.

Solo cuando fui lo suficientemente humilde para doblar mis rodillas y confesar que no podía seguir por mi cuenta, fue cuando crecí espiritualmente.

Fue ahí cuando entendí que Dios prefiere nuestra buena voluntad, no nuestra perfección. Al pensar en eso, recuerdo la invitación del Señor:

“Y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad… Si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”.

Es en esa vulnerabilidad donde el Señor nos demuestra que lo que vemos como un “fracaso”, Él lo ve como una oportunidad para hacernos fuertes.

El éxito está en volverte a levantar

Tus caídas no definen tu destino ni en la misión ni en la vida. Imagen: Más Fe

Si la misión redefinió algo en mi vida, fue mi concepto de lo que es el éxito. No se trata de no equivocarse nunca, sino de tener la fe suficiente para levantarse.

No existe una misión perfecta ni libre de errores. La verdad es que la misión, así como la vida, tiene sus caídas, pero lo más importante es tu reacción después de ellas.

Solo si decides no levantarte y seguir adelante, tu vida dejará de ser exitosa. Esa resiliencia es una de las herencias más valiosas que definirán tu futuro.

Estas lecciones me han sostenido en los momentos difíciles de mi vida tanto en la misión como ahora. Así que si hoy te sientes abrumado por algo que parece un fracaso, recuerda que tus caídas no definen tu destino.

El mismo Dios que te sostuvo durante tus batallas más difíciles está a tu lado hoy, acompañándote en medio de tus desafíos. Respira y sigue adelante.

Fuente: addfaith

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