“Hoy y siempre te elegiré a tí por la eternidad”.
Esa frase no habla solo de amor. Habla de una elección consciente, una que va más allá de lo romántico y se ancla en la eternidad.
En un mundo donde las decisiones importantes suelen tomarse rápido, el matrimonio sigue siendo una de las pocas que nos invita a detenernos, pensar y mirar más lejos. No se trata solo de con quién queremos compartir la vida, sino con quién queremos caminar hacia Dios.
Elegir no es improvisar

Casarse no es encontrar a alguien perfecto. Es decidir amar a alguien real, con virtudes claras y debilidades visibles. La diferencia está en el enfoque. Cuando el matrimonio se mira solo desde lo emocional, cualquier crisis parece una señal de que algo salió mal.
Pero cuando se mira desde el evangelio, las dificultades se entienden como parte del proceso de crecer juntos.
El matrimonio eterno comienza con una decisión espiritual, no con una emoción pasajera. Por eso, elegir a la persona correcta implica preguntarnos cosas más profundas que si nos hace reír o si tenemos gustos en común.
La pregunta correcta cambia todo

Tal vez la pregunta no sea “¿es la persona indicada para mí?”, sino:
“¿esta es la persona con la que puedo llegar a ser quien Dios espera que sea?”
El matrimonio, visto desde el templo, no es solo compañía. Es aprendizaje. Es santificación diaria. Y eso requiere más que química. Requiere compromiso, fe y una visión compartida del futuro.
Habrá días fáciles y otros que no lo serán tanto. En esos momentos, el amor deja de sentirse como emoción y se convierte en elección. Elegir escuchar, elegir perdonar, elegir seguir intentándolo.
Cuando el matrimonio se basa en convenios, la pregunta deja de ser “¿me hace feliz hoy?” y pasa a ser “¿estamos caminando juntos hacia Cristo?”. Esa perspectiva cambia la forma en que enfrentamos los conflictos y redefine lo que entendemos por éxito matrimonial.
El templo como punto de partida

Sellarse en el templo no es el final feliz de una historia. Es el inicio de una responsabilidad sagrada. Decidir un matrimonio eterno es decidir trabajar todos los días por algo que aún no vemos, pero en lo que creemos profundamente.
Es confiar en que Dios puede hacer más con dos personas imperfectas que lo que ellas lograrían por separado. El templo nos recuerda que el amor se construye con intención, con paciencia y con fe sostenida en el tiempo.
No es una decisión perfecta. Es una decisión con propósito. El matrimonio eterno se fortalece cuando ambos eligen caminar en la misma dirección espiritual, incluso cuando el ritmo no siempre es el mismo.
Porque al final, el matrimonio no se trata solo de llegar juntos al altar, sino de aprender a caminar juntos hacia el cielo con Cristo como centro y los convenios como guía constante.



