Para Kayla Shaylene, bailarina de ballet Santo de los Últimos Días, la disciplina no comienza cuando suena la música en el estudio. Comienza mucho antes, en las decisiones pequeñas y constantes que toma cada día. 

Entre ellas, una que para ella es irrenunciable: honrar el uso del gárment como parte de su relación personal con Dios, incluso en una vida físicamente exigente como la danza.

Kayla no habla de reglas rígidas ni de comparaciones con otros. Habla de intención. De recordar por qué usa el gárment y cómo ese compromiso sigue teniendo un lugar real en su rutina, aun cuando su profesión le exige ropa específica, movimientos intensos y largas horas de ensayo.

Cuando el cuerpo se mueve, la fe también se adapta

Imagen: Instagram de Kayla Shaylene

Ser bailarina de ballet implica entrenamientos diarios, ensayos prolongados y vestuarios que no siempre permiten usar el gárment durante la actividad física. Kayla decidió aplicar una guía sencilla pero significativa: buscar restaurar el uso del gárment tan pronto como sea posible.

Por eso, ella llega al estudio usándolo, se cambia justo antes de comenzar la clase o el ensayo, y vuelve a ponérselo antes de salir. No como una carga, sino como un recordatorio. El gárment no es algo que deja de lado, es algo a lo que vuelve.

Elegir con intención también es parte del testimonio

Imagen: Instagram de Kayla Shaylene

Kayla también toma decisiones conscientes sobre la ropa que usa para entrenar. Evita leotardos muy escotados, prendas que dejan el abdomen al descubierto o completamente abiertas en la espalda. No porque alguien se lo exija, sino porque quiere que sus elecciones reflejen lo que valora espiritualmente.

Para ella, estas decisiones no limitan su arte ni su rendimiento. Al contrario. Le ayudan a mantener claro el propósito detrás de sus convenios, incluso en un ambiente donde no todos comparten sus creencias.

Volver a ponerse el gárment también es volver al centro

Imagen: Instagram de Kayla Shaylene

Algo que Kayla menciona con naturalidad es la gratitud que siente cada vez que vuelve a ponerse el gárment después de entrenar. No lo vive como una obligación automática, sino como un acto consciente. Le recuerda quién es, qué ha prometido y por qué lo ha hecho.

Esa experiencia, dice, le ayuda a mantener el enfoque correcto. No se trata solo de cumplir, sino de priorizar. Cuando algo es importante, se nota en cómo organizamos nuestra vida alrededor de ello.

Fe que se vive, no que se exhibe

Imagen: Instagram de Kayla Shaylene

La historia de Kayla no pretende ser un modelo universal. Es simplemente el testimonio de alguien que aprendió a integrar su fe en su vocación sin dramatizarla ni esconderla. El evangelio no siempre se vive en grandes declaraciones, sino en decisiones silenciosas y consistentes.

En su caso, el ballet no compite con su fe. Conviven. Se ajustan. Se respetan. Y en ese equilibrio, Kayla encontró una forma honesta de seguir danzando sin perder de vista lo eterno.

Fuente: @kaylah.shaylene 

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