A veces escuchamos decir que en el templo hay cosas ocultas o difíciles de entender. Pero en el templo no comienza en la puerta. Empieza mucho antes. En los jardines, en los árboles, en las flores, en cada elemento que rodea la Casa del Señor. Cuando aprendemos a observar con más atención, entendemos algo importante: todo lo que rodea al templo comunica un mensaje espiritual.
Este es el caso del Templo de Los Olivos en Perú, dónde basta observar con atención para notar que mucho del simbolismo del templo está a plena vista.
Nada es relleno, nada es casual

Este templo es conocido como el Templo de Los Olivos. Y no es solo un nombre bonito. En las cuatro esquinas del templo hay olivos maduros, colocados de manera intencional. En las Escrituras, el olivo simboliza paz, fe, perseverancia y la presencia del Señor. No están ahí como decoración. Están ahí para recordarnos a quién pertenece esta casa.
En los jardines, en los caminos, en la forma en que todo está dispuesto, aprendemos que nada es decorativo sin sentido. Nada es “relleno”. Todo tiene intención. Todo apunta a Cristo. Todo invita a recordar convenios, promesas y propósito.
El templo nos enseña incluso antes de entrar. Solo hay que aprender a mirar.
La cantuta y un Dios que honra nuestra historia

Al caminar alrededor del templo, aparece otro detalle que habla sin palabras: la cantuta, flor nacional del Perú. Esta flor no es solo un elemento cultural. Es un mensaje espiritual.
La cantuta ha sido símbolo de identidad, historia y herencia desde tiempos antiguos. Verla alrededor del templo nos recuerda algo esencial: el Señor no borra nuestra cultura cuando nos acerca a Él. La reconoce. La honra. La eleva.
El evangelio restaurado no nos pide dejar atrás quiénes somos ni de dónde venimos. Al contrario, Dios santifica nuestra historia personal y colectiva. El templo, al incorporar un símbolo tan propio de la tierra donde se edifica, enseña que el cielo también habla el lenguaje de los pueblos.
Palmas que nos preparan para entrar

Otro elemento que destaca son las palmeras. Para muchos, al verlas es imposible no pensar en aquel momento en que Jesucristo entró a Jerusalén y fue recibido con palmas como señal de reverencia, esperanza y reconocimiento.
Ese mismo espíritu se siente al acercarnos al templo. Entrar a la Casa del Señor es un acto de adoración consciente. No es rutina. No es costumbre. Es una decisión de acercarnos a Cristo con el corazón dispuesto.
Las palmas parecen decirnos, sin palabras, que estamos entrando a un lugar sagrado y que nuestro interior también debe prepararse.
Aprender desde afuera para comprender lo de adentro

Hay una enseñanza silenciosa en todo esto. Si aprendemos a observar el templo desde afuera, el Señor mismo nos ayudará a comprender mejor lo que sucede dentro.
Antes de las ordenanzas, antes de los convenios, antes del silencio reverente, el templo ya nos está enseñando. Nos habla de identidad, de perseverancia, de paz y de un Dios que se manifiesta en lo sencillo, en lo visible y en lo intencional.
A veces, el primer mensaje del templo no se recibe al cruzar la puerta, sino al detenernos a mirar con más atención.
Fuente: @marjorie.tc1



