La mayoría de nosotros creemos en los milagros. Pero si somos completamente honestos, muchas veces esperamos a que lleguen en grandes e “imposibles” gestos.
Esperamos una respuesta clara e inmediata o algo que cambie todo de golpe. Y cuando eso no pasa, asumimos que el cielo está en silencio. Sin embargo, en muchas ocasiones, el problema no es que Dios no esté obrando, sino que no estamos mirando donde Él ya lo está haciendo.
Tanto las Escrituras como los profetas modernos coinciden en una verdad al respecto: la mayoría de los milagros no llegan de manera “increíble” sino de forma silenciosa pero poderosa.
El cielo casi nunca grita

Las Escrituras describen milagros espectaculares: mares que se abren, fuego que cae del cielo, prisiones que se desmoronan, etc. ¿A quién no le gustaría experimentar cosas así?
Pero cuando miramos de cerca el ministerio de Jesucristo, el patrón es otro. Una mujer toca el borde de Su manto. Un leproso recibe una caricia. Un alma atormentada encuentra paz en silencio. Todos fueron milagros.
El profeta Isaías declaró:
“No clamará, ni alzará su voz ni la hará oír en las calles”.
Esto enseña que, aunque Dios puede obrar con dramatismo, casi siempre elige la delicadeza para manifestarse y lo hace cada día, incluso sin que nos demos cuenta.
El presidente Dallin H. Oaks enseñó algo clave:
“Los milagros ocurren todos los días en el trabajo de la Iglesia y en la vida de sus miembros”.
Entonces, la pregunta no es si los milagros ocurren, sino: ¿sabemos reconocerlos?
3 señales claras de un milagro silencioso

Los milagros cotidianos rara vez se sienten como fuegos artificiales, pero eso no quita que dejen huellas. Estas son algunas de las más comunes:
- Paz sin explicación lógica: Aunque no se haya resuelto el problema, tu corazón se calmó. ¿Te ha pasado eso? Entonces has recibido consuelo divino y eso es un milagro. Jesús prometió:
“La paz os dejo, mi paz os doy”.
- Fuerza que llega cuando ya no tenías: Aunque no hubo una salida inmediata al problema, sí apareció la capacidad de seguir adelante. Eso también es un milagro.
- Claridad gradual, no instantánea: La respuesta no llegó de golpe, pero algo empezó a ordenarse dentro de ti. Ese es un milagro que incluso viene desde la antigüedad cuando el Señor dijo:
“Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto”.
Justamente por eso, a veces parecen situaciones comunes y las pasamos por alto. Si estás atento a lo constante, empezarás a notar esos milagros.
Cómo ver los milagros que estás pasando por alto

Puede que ahora te preguntes cómo estar atento para reconocer esos milagros. Bueno, aquí hay tres hábitos sencillos que te ayudarán:
- Baja la velocidad: Recuerda que los milagros silenciosos requieren espacio. Solo desde la quietud, son más faciles de hacerse notar.
- Haz memoria intencional: Cuando mires atrás, recordarás que viste puertas abrirse para ti, personas que llegaron a tiempo cuando las necesitabas, y sentiste fuerzas que aparecieron cuando no podías más.
- Agradece incluso lo “normal”: Los milagros requieren fe y como Alma enseñó, la fe crece lentamente como una semilla (Alma 32:28). Ser agradecidos incluso por lo “normal” nos ayuda a ejercer la fe para ver los milagros en lo cotidiano.
Esto último nos recuerda una enseñanza clave del presidente Brigham Young:
“Los milagros… no son para los incrédulos; son para consolar a los santos”.
Si te quedas con la idea de esperar por una “gran señal del cielo” para vivir un milagro, estás irónicamente siendo incrédulo. Por el contrario, si aprendes a ver los “milagros silenciosos”, sabrás que el cielo nunca estuvo lejos de ti.
Fuente: LDSDaily



