Elizabeth Smart tenía 14 años y estaba en su habitación en Salt Lake City, un día cualquiera de junio de 2002, cuando de repente su vida dio un giro inesperado. Fue secuestrada por Brian David Mitchell y su esposa Wanda Barzee, quienes la mantuvieron cautiva durante nueve meses, amenazándola a ella y a su familia si intentaba escapar.
Elizabeth ha dicho que durante esos primeros momentos, su fe le dio fuerza:
“Orar en mi corazón me daba calma y esperanza incluso en la oscuridad más profunda”.
Meses de miedo y supervivencia

Durante su cautiverio, Elizabeth enfrentó aislamiento, abusos y situaciones extremas. Fue mantenida en un campamento remoto cerca de su hogar y obligada a beber alcohol, consumir basura y caminar horas bajo frío o calor intenso.
Para no ser reconocida por sus uñas pintadas de colores distintivos, tuvo que usar los zapatos de su captor cada vez que salían a la ciudad. A veces la llevaban en público, con un velo cubriéndole el rostro, y en ocasiones viajaban hasta California, donde pasaron parte del invierno en encampamientos improvisados.
Sin embargo, incluso en medio de esta oscuridad, Elizabeth encontró fuerza:
“Siempre hay esperanza, incluso cuando todo parece perdido. Sentir la mano del Señor guiándome me ayudaba a seguir”.
El regreso y la lucha por la justicia

El 12 de marzo de 2003, tras nueve largos meses, Elizabeth fue finalmente rescatada a solo cinco millas de su hogar.
La ayuda vino gracias a una combinación de investigación policial, la cobertura del caso en medios como America’s Most Wanted y, sorprendentemente, un recuerdo inesperado de su hermana Mary Katherine. Al mirar el Guinness Book of World Records, su hermana recordó un nombre que luego permitió identificar a Mitchell, el secuestrador.
Elizabeth describe cómo su fe la sostuvo durante la recuperación:
“El Señor me dio valor para testificar y buscar justicia, confiando en que todo estaba en Sus manos”.
Así, fundó la Elizabeth Smart Foundation, promovió la AMBER Alert y otras leyes de protección infantil, y compartió su historia a través de libros y conferencias.
Transformando el dolor en propósito

Elizabeth escribió «My Story» para relatar su experiencia y junto con otros sobrevivientes y el Departamento de Justicia de Estados Unidos creó el manual “You’re Not Alone: The Journey From Abduction to Empowerment” y grabó documentales en plataformas como Netflix para dar esperanza a personas y niños en situaciones similares.
Más adelante, publicó «Where There’s Hope», donde comparte cómo sanó y encontró fuerza para avanzar, ofreciendo guía práctica para quienes enfrentan traumas. Ella señala:
“El Evangelio me enseñó que incluso del dolor más grande puede surgir un propósito más grande”.
Fe y resiliencia

Elizabeth estudió música en Brigham Young University y conoció a su esposo, Matthew Gilmour, durante su misión en Francia para la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Elizabeth ha mencionado que su fe y los principios del Evangelio de Jesucristo fueron fundamentales para su recuperación:
“El perdón y la esperanza me ayudaron a encontrar paz y propósito en mi vida. Saber que Dios me veía y me amaba me dio fuerza para seguir adelante”.
Su ejemplo demuestra que, incluso después de la tragedia más profunda, es posible reconstruirse y encontrar sentido.
Hoy: inspirando y apoyando a otros

Actualmente, Elizabeth vive en Utah con su esposo Matthew y sus tres hijos. Su historia sigue siendo un llamado a la acción, alerta sobre la seguridad de los niños, empodera a sobrevivientes y muestra que la resiliencia y la fe pueden transformar cualquier dolor en fuerza por medio de su sitio oficial y charlas. Recientemente publicó su libro Detours, donde comparte lecciones de resiliencia, fe y superación.
Sobre su vida actual, Elizabeth comenta:
“Mi fe me permitió convertir mi experiencia en un testimonio vivo de esperanza y servicio a los demás”.
La historia de Elizabeth nos recuerda que, incluso en los momentos más oscuros, confiar en Dios puede transformar la tragedia en fuerza para ayudar a otros.
Fuente: LDS Daily



