Nota del redactor: Esta experiencia se compartió en un podcast de Church News.
A los 18 años, Jill McAuley volvía a casa después de su primer año universitario cuando un accidente automovilístico cambió su vida para siempre dejándola con una lesión en la médula espinal que la dejó cuadripléjica como producto del impacto.
En un instante, todo lo que conocía, su independencia, sus planes y hasta su forma de ver el mundo, todo se esfumó. De pronto, Jill pasó meses en el hospital entre terapias constantes y el impacto emocional de lidiar con un cuerpo que ya no respondía como antes.
La frustración se apoderó de ella tanto así que hasta llegó a preguntarse:
«¿Quién soy? ¿Quién es Jill McAuley?»
Esa pregunta se convirtió en el punto de partida de una transformación espiritual que continúa hasta hoy.
Redefiniendo la identidad tras la tragedia

Antes del accidente, Jill se definía por lo que podía hacer: cantar, montar a caballo, servir a otros usando sus manos. Pero luego del accidente, se vio forzada a redescubrir su identidad.
Durante mucho tiempo, a ella le resultaba difícil mirarse en el espejo. Se sentía muy triste, enojada y rota. Pero en medio de esa confusión, el Espíritu le recordó su verdadera identidad:
“El Espíritu, en su gracia, me enseñó y me recordó que soy hija de Dios y que ningún accidente de coche ni discapacidad podría borrar esa identidad de mí”.
A partir de ahí, Jill reconstruyó su vida espiritual desde su identidad ante Dios, no desde sus limitaciones.
La autosuficiencia desde un ángulo distinto

Al seguir adelante comentando su experiencia, Jill recuerda que siempre ha tenido lo que ella llama un “don natural de fe”. Nunca tuvo dificultades para tener fe, pero todo cambió luego de su accidente.
Ella menciona que quería hacer muchas cosas por sí misma, pero no podía por sus dificultades físicas. En ese proceso ella comprendió algo clave:
“Me di cuenta de que no podía lograrlo sola… [y] de que había estado negando los dones que Jesús ofrece tan libremente”.
Al darse cuenta de eso, supo que no tenía que pasar este proceso sola y que parte de su fe debía demostrarse en su autosuficiencia al pedir y recibir ayuda.
Ese cambio de enfoque de “yo puedo sola” a “Cristo camina conmigo” transformó su relación con el Salvador.
Lo que aprendió Jill

Durante ese proceso espiritual, Jill vivió algo que ella llama una espiral ascendente en el que su proceso de resiliencia la llevó a aprender lecciones que pensó que ya había aprendido pero que regresaban a un nivel más profundo.
“Pensé que ya lo había aprendido. Pensé que ya lo había vivido. Sin embargo, creo que esas lecciones tienen muchos aspectos diferentes. Y ese pensamiento… me ayudó a profundizar un poco más y decir: Quizás haya algo más que aún deba aprender”.
Esta experiencia hizo que Jill aprendiera que las lecciones del Evangelio siempre se repiten, pero cobran un significado diferente en distintas situaciones.
Una de las lecciones más difíciles para ella fue aprender a aceptar ayuda. A sus 18 años, vivía con independencia. Pero de pronto, se volvió casi completamente dependiente de otros.
Al principio luchó con esa realidad. En vez de ser servida por otros, ella quería servir. Pero entonces, sucedió algo que cambió su perspectiva:
“Mi madre me dijo sorprendentemente que permitir que otras personas te sirvan es una forma de servirles”.
Esas palabras enternecieron su corazón y le dieron la humildad para que aceptara la ayuda de los demás. Y, con el tiempo, Jill descubrió una forma en la que pudo prestar ayuda: amar, comprender y acompañar.
Un mensaje para todos

Paradójicamente, Jill afirma que la verdadera libertad llegó en parte gracias a su parálisis.
“Mi parálisis se ha convertido en el catalizador y la motivación para buscar la libertad, afirma Jill.
Hoy, mientras Jill sigue esperando el momento en que su cuerpo sea restaurado, está viviendo con propósito. Gracias a su historia, aprendemos que:
- Nuestra identidad no depende de nuestras capacidades, sino de nuestra relación con Dios.
- Las lesiones o limitaciones pueden convertirse en nuestros mejores maestros.
- La verdadera libertad se halla al elegir a Cristo como el centro.
Jill resume estas lecciones en esta poderosa declaración:
“Jesucristo es la respuesta a todos mis «¿por qué?». Él se ha convertido en mi «¿por qué?”
No importa si estamos en una silla de ruedas o en muletas o con alguna otra discapacidad o limitación física, emocional o espiritual, en Cristo, siempre hallaremos esa libertad que buscamos.
Fuente: Church News



