Enamorarse del mejor amigo o amiga no suele ser algo planeado. Simplemente pasa. Un día te das cuenta de que esa persona ya no es solo con quien te ríes, a quien le cuentas todo o con quien te sientes en casa. Empiezas a sentir algo más profundo, más vulnerable, y con eso llegan las preguntas, el miedo y la confusión.
Desde una perspectiva emocional y espiritual, este tipo de enamoramiento no es raro. La cercanía, la confianza y el tiempo compartido pueden abrir el corazón sin que lo notemos. El problema no es sentir, sino no saber qué hacer con lo que sentimos.
Lo primero es reconocer lo que está pasando dentro de ti. A veces confundimos cariño, costumbre o apoyo emocional con amor romántico. Preguntarte con honestidad qué sientes puede ayudarte a aclarar el panorama. ¿Hay atracción? ¿Deseas algo más que la amistad? ¿Te imaginas un futuro diferente con esa persona? Ignorar estas preguntas no las hará desaparecer.

En el evangelio, las amistades son un regalo. El élder Ronald A. Rasband enseñó que los verdaderos amigos permanecen firmes en los momentos difíciles y nos ayudan a acercarnos más a Cristo. Por eso, antes de actuar, vale la pena preguntarse si esta amistad te edifica espiritualmente y si tus sentimientos te están ayudando a ser mejor discípulo o te están generando ansiedad, celos o dependencia emocional.
Llega entonces la gran duda: ¿debería decirle lo que siento? No hay una respuesta universal. Para algunas personas, hablar con honestidad trae paz, incluso si la respuesta no es la esperada. Para otras, guardar silencio por un tiempo es una forma de proteger el vínculo mientras ordenan su corazón.
Si decides hablar, hazlo desde el respeto y la madurez. No como una confesión dramática ni como una exigencia emocional. Recuerda que cada persona tiene albedrio. Que tú sientas algo no obliga al otro a sentir lo mismo. Amar también implica aceptar la libertad del otro, incluso cuando duele.

En relatos de jóvenes Santos de los Últimos Días, como los compartidos en la revista New Era, se repite una lección importante: el amor verdadero no se construye desde la presión ni el miedo a perder, sino desde la paciencia y la honestidad. A veces, confesar sentimientos fortalece la relación. Otras veces, revela que no están en el mismo lugar, y eso también es una respuesta válida.
Si tus sentimientos no son correspondidos, el dolor es real. No hay que minimizarlo. En esos momentos, Cristo puede convertirse en el amigo más cercano. Él entiende el rechazo, la soledad y el corazón herido. Buscar consuelo en la oración, en las Escrituras y en personas de confianza puede ayudarte a sanar sin resentimiento.
También puede ser necesario tomar un poco de distancia. No como castigo ni como huida, sino como un acto de cuidado personal. Sanar no significa olvidar de inmediato, sino aprender a soltar con amor.

Ahora bien, si los sentimientos son mutuos, la amistad puede ser una base sólida para algo más. En el evangelio se enseña que las relaciones más sanas se construyen sobre el respeto, la comunicación y el deseo de crecer juntos espiritualmente. Avanzar con calma, sin idealizar ni apresurar, es clave.
Al final, enamorarte de tu mejor amigo o amiga no te hace débil ni ingenuo. Te hace humano. Lo importante no es solo qué decides hacer, sino cómo lo haces. Con honestidad, con fe y con Cristo en el centro, incluso las decisiones difíciles pueden convertirse en experiencias de crecimiento.
Fuente: Psicologia y Mente y churchofjesuschrist.org
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