Muchas veces, los himnos son como oraciones elevadas al cielo. Los himnos tienen un poder profundo en nuestras mentes y corazones; a veces son capaces de cambiar por completo nuestro día, y en otras ocasiones incluso la forma en que enfrentamos lo que estamos viviendo.
Sin embargo, casi todos tenemos un himno que en algún momento marcó nuestra vida. Uno que llegó cuando más lo necesitábamos, que nos llenó de consuelo, nos dio la valentía para seguir adelante o simplemente trajo paz cuando nada más lograba hacerlo. Hay melodías que recordamos por costumbre y otras que recordamos porque nos sostuvieron.
A continuación compartimos tres historias que nos fueron confiadas, sobre cómo un solo himno pudo convertirse en un punto de inflexión en la vida de algunas personas.
Cuando todo empezó a derrumbarse

Hace algunos años me despidieron del trabajo por un recorte de personal. Pensé que sería algo temporal, que pronto encontraría otro empleo. Incluso estuve muy cerca de ingresar a una empresa, pero por una injusticia la oportunidad se perdió a último momento. Después de eso llegaron más entrevistas, lamentablemente todas negativas.
Yo quería trabajar, lo intentaba de verdad, pero simplemente no lograba encontrar nada. Las deudas comenzaron a acumularse y pronto apareció el miedo de no poder pagar la casa. Llegó un punto en el que sentía que ya no podía más.
Un día tomé el himnario de mi misión sin saber por qué. Al abrirlo encontré un envoltorio de caramelo marcando una página: el himno 69.
No recordaba conocer aquel himno y lo empeccé a leer. Me conmovió mucho esta estrofa:
“Él siempre cerca está,
me da su mano;
en mi Getsemaní es mi Salvador.”
(Dónde hallo el solaz — Himno 69)
Mientras leía comencé a llorar. Mis problemas no desaparecieron ese día, pero por primera vez sentí algo diferente: que el Señor entendía exactamente lo que estaba viviendo. Ese himno llenó mi corazón de paz y me dio fuerzas para seguir adelante.
Una noche oscura en el hospital

Años atrás, cuando aún no era miembro de la Iglesia, tuve una operación por cálculos en los riñones. El dolor era muy fuerte, pero la soledad de esos días era aún peor. Toda mi familia estaba fuera de la capital de mi país y no podían venir a verme. Así que los días en aquel hospital eran eternos.
Una tarde, una amiga que era miembro de la iglesia vino a visitarme y entre otras cosas, me dejó un pequeño reproductor con audífonos. Me dijo que había preparado una recopilación de música para acompañarme. Esa noche, en medio de la oscuridad del hospital, comencé a escuchar su música, entre ellas sonó una cuya letras me impactó mucho. Decía:
“Ven, oh Señor, la noche viene ya;
todo es oscuro y temor me da.
No hay amparo, gran temor se ve;
en las tinieblas, acompáñame.”
(Conmigo quédate, Señor — Himno 98)
Sentí que esa letra era mi propia oración. Durante los días siguientes lo escuché una y otra vez. Y cuando salí del hospital no solo estaba mejor físicamente; algo dentro de mí había cambiado. Comprendí que nunca había estado realmente solo. Meses después decidí bautizarme.
Cuando alguien por fin me llamó hijo

Crecí con familiares que me criaron, pero siempre me recordaron que no eran mis padres, que solo me habían acogido por pena. Al cumplir 18 años decidó independizarme. Terminé viviendo con una compañera de cuarto que era miembro de la Iglesia. La verdad es que yo jamás había sentido curiosidad por aprender de Dios. Las heridas del pasado hacían difícil creer en un Padre amoroso.
Un domingo me quedé en casa mientras ella se alistaba para la Iglesia con música de fondo. No prestaba atención hasta que escuché parte de la música de su iglesia que estaba escuchando:
“Ven, pequeñito, y juntos los dos
aprenderemos las leyes de Dios
para volver a vivir con Jesús.”
(Hazme andar en la luz — Himno 198)

Sentí algo inesperado: yo era ese pequeño que siempre había necesitado un padre y entendí que ese padre era Dios.
Ese mismo día le pregunté sobre aquella canción y ella amablemente me explico. Esa mañana me invitó a la iglesia y como no tenía planes, accedí.
Para mi sorpresa, al final de la reunión cantaron aquel mismo himno Mi corazón se llenó de paz. Tal vez mi historia después es muy común, pero ese himno cambió mi vida por completo.
Un himno no siempre cambia las circunstancias de inmediato. La deuda sigue existiendo, la noche en el hospital no se vuelve más corta y el pasado no desaparece de pronto. Sin embargo, algo dentro de la persona sí cambia: la carga pesa menos y el miedo deja de ser tan abrumador. Aparece una certeza tranquila de que no se está solo.
Quizá por eso los himnos han permanecido tanto tiempo en la vida de fe. Cuando faltan fuerzas incluso para orar, una melodía conocida puede convertirse en una forma de acercarse a Dios.
Video relacionado
@masfe.org Un himno que inspira a seguir el ejemplo del Salvador con amor, humildad y un corazón dispuesto a servir, interpretado por Emerson Fernández, Melody Fernández, Yossandy Abreu y Ysaac Martínez durante el concierto por los 10 años de MasFe.org. Puedes escuchar la canción en Spotify en el link de nuestra bio. #cristo #musicacristiana #sud ♬ sonido original – Masfe.org



