Daniel tenía doce años cuando recibió el diagnóstico. No era el tipo de noticia que un adolescente espera escuchar. Mientras otros chicos pensaban en deportes, amigos o el colegio, él empezó a convivir con pensamientos obsesivos, culpa constante y ansiedad.

Con el tiempo, aprendería algo que muchos desconocen. Las enfermedades mentales no siempre se ven. Y eso no las hace menos reales.

Desde afuera, su vida parecía normal. Jugó fútbol durante más de 17 años, fue capitán de su equipo y presidente estudiantil. Sirvió una misión de tiempo completo en Londres. Estudió en la universidad. Viajó. Lideró. Pero por dentro, la lucha seguía. La ansiedad caminaba con él, incluso en sus mejores momentos.

El día que entendió que no podía seguir callando

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Uno de los efectos más fuertes del trastorno obsesivo compulsivo era la culpa. Sentía que todo lo que hacía estaba mal. Que Dios estaba decepcionado de él. Que no era digno.

Con el tiempo, esa culpa se convirtió en desesperanza. Y la desesperanza es uno de los golpes más duros de la ansiedad.

Oraba. Una y otra vez. Pero sentía que nadie respondía. Hasta que tomó una decisión que cambiaría su proceso. Habló. 

Les contó a sus padres todo lo que estaba sintiendo. Ese fue el inicio de su sanación. Hablar no eliminó la ansiedad de inmediato, pero rompió el aislamiento.

Proverbios enseña:

“En la multitud de consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14).

Dios muchas veces responde nuestras oraciones a través de personas.

Buscar ayuda también es un acto de fe

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Su padre le sugirió ir a terapia. Al principio, la idea le incomodó. Pensaba que solo las personas “muy graves” necesitaban ayuda profesional. 

Pero entendió algo importante. Buscar ayuda no significa que fallaste. Significa que decidiste luchar. 

Con el tiempo, también empezó a tomar antidepresivos. Algunas personas le dijeron que eso era una señal de debilidad espiritual. Pero él aprendió que Dios no solo obra a través de milagros. También obra a través de médicos, terapeutas y tratamientos.

El élder Jeffrey R. Holland enseñó:

“Si tuvieras apendicitis, Dios esperaría que buscaras una bendición y atención médica competente” (Like a Broken Vessel, Conferencia General, octubre 2013).

La fe y la ayuda profesional no compiten. Se complementan.

Tener ansiedad no significa que eres débil espiritualmente

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Durante su proceso, escuchó comentarios dolorosos. Personas que decían que si alguien vive el Evangelio correctamente, debería sentirse feliz todo el tiempo.

Pero las Escrituras cuentan una historia distinta. Nefi escribió

“¡Oh miserable hombre que soy! … mi alma está angustiada a causa de mis iniquidades” (2 Nefi 4:17).

Incluso los profetas conocieron la angustia. Jesucristo mismo dijo

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27).

Él no prometió ausencia de problemas. Prometió Su paz en medio de ellos. La ansiedad no es una señal de que Dios te abandonó. Es una oportunidad para caminar más cerca de Él.

El servicio hizo algo que la ansiedad no esperaba

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En medio de su tratamiento, descubrió algo sencillo. Servir ayudaba. Ayudar a alguien con tareas. Escuchar a un amigo. Estar presente. 

El servicio no eliminó sus pensamientos, pero cambió su enfoque. 

Mosíah 2:17 enseña:

“Cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, solo estáis al servicio de vuestro Dios”.

El servicio no siempre cambia nuestras circunstancias. Pero cambia nuestro corazón.

La debilidad que se convirtió en una fortaleza espiritual

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El trastorno obsesivo compulsivo no desapareció completamente. Pero él cambió, aprendió a vivir con él. Aprendió a entender a otros. Aprendió a depender más de Cristo. El Señor declaró:

“Mi gracia es suficiente para ti, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

Con el tiempo, su experiencia le permitió ayudar a otras personas que pasaban por lo mismo. Lo que antes era una carga, se convirtió en una herramienta para bendecir a otros. Dios no siempre elimina nuestras luchas. Muchas veces las transforma en propósito.

Hoy, él sigue viviendo con ansiedad, pero ya no vive sin esperanza. Aprendió que su valor nunca dependió de su salud mental. Dependió, y siempre dependerá, de ser un hijo de Dios. Y eso nunca cambia. Porque incluso en los días más oscuros, el Salvador sigue caminando al lado de quienes luchan.

No para apresurarlos. No para presionarlos. Sino para sostenerlos. Paso a paso.

Fuente: LDS Daily 

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