Vivimos en una época donde las diferencias están en todas partes. Diferencias de opiniones, de experiencias, de creencias, de formas de ver la vida. A veces, esas diferencias no solo nos separan, también nos hacen olvidar algo esencial.
Que antes que cualquier etiqueta, somos hijos de Dios.
El Evangelio nunca prometió que todos pensaríamos igual. Pero sí enseñó algo más importante. Que podemos permanecer unidos aun cuando no veamos las cosas de la misma manera.
La unidad no significa uniformidad

Muchas veces creemos que estar unidos significa estar de acuerdo en todo. Pero el Señor nunca definió la unidad de esa forma.
En las escrituras, Sion es descrita como un pueblo de “un corazón y una mente” (Moisés 7:18). Ese tipo de unidad no nace de opiniones idénticas. Nace de algo más profundo.
Nace de un corazón convertido a Cristo.
Cuando ponemos al Salvador en el centro, las diferencias dejan de ser amenazas y se convierten en oportunidades para aprender.
El peligro de olvidar quiénes somos realmente

El mundo constantemente nos enseña a dividir, elegir bandos, a desconfiar, a asumir lo peor de los demás.
Pero el Evangelio enseña que un verdadero discípulo no busca ganar discusiones. Busca amar.
Cuando olvidamos eso, empezamos a ver personas como oponentes, en lugar de verlas como hermanos. Está bien tener distintas opiniones y perspectivas, eso forma parte de nuestro libre albedrío.
Pero empezar a ver a las personas como hermanos nos ayuda a verlos con amor.
El discipulado se refleja en la forma en que tratamos a los demás

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El élder Dallin H. Oaks enseñó que los seguidores de Cristo deben ser ejemplo de amor, escuchar con respeto y mostrar sincera preocupación por los demás, incluso cuando no estén de acuerdo.
Ese principio es más que un buen consejo. Es una forma de vivir el Evangelio.
Porque la madurez espiritual se refleja en nuestra capacidad de amar, no en nuestra capacidad de tener la razón.
Cristo mismo fue el ejemplo perfecto. Él vivió en un mundo lleno de conflictos, pero nunca dejó que el odio definiera Su forma de actuar.
Siempre eligió la caridad.
La honestidad y la sabiduría empiezan en el corazón

Ser honestos y sabios no significa saberlo todo. Significa reconocer que todavía estamos aprendiendo, tener la humildad de escuchar y recordar que cada persona está viviendo batallas que no podemos ver.
Cuando entendemos eso, nos volvemos más pacientes, más comprensivos y más semejantes a Cristo. La unidad no ocurre por casualidad es una elección, es decidir no juzgar tan rápido, escuchar con amor y recordar que lo que nos une es mucho más grande que lo que nos diferencia.
El apóstol Pablo enseñó:
“Vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14).
Ese vínculo todavía tiene poder, hoy más que nunca.
El mundo no necesita más voces que dividan. Necesita discípulos que unan, personas que elijan la bondad cuando sería más fácil elegir el orgullo y que recuerden que seguir a Cristo significa construir puentes, no muros.
La verdadera pregunta es:
¿Estamos llegando a ser más como Él?
Fuente: Meridian
