Poco sabemos sobre todos los hechos ocurridos en nuestra vida antes de llegar a este mundo. Lo que sí sabemos, gracias a La Perla de Gran Precio, es que ya teníamos una identidad incluso desde mucho antes de nacer.
“El Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas estas había muchas de las nobles y grandes”. (Abraham 3:22)
Pero cuando esa verdad se mezcla con el matrimonio, a muchos les despiertan preguntas profundas incluyendo a los miembros de la Iglesia de Jesucristo.
Algunas de ellas son: ¿Ya estaba decidido con quién nos casaríamos? ¿Existe una especie de contrato premortal? La respuesta radica una vez más en una parte esencial de plan de Dios: el albedrío.
El albedrío no se suspende al enamorarnos

El mismo capítulo de la escritura anterior nos revela que:
“y a los que guarden su primer estado les será añadido”.
Esta escritura sugiere que nuestro progreso está directamente conectado con la libertad de escoger la cual es el don que Dios nos dio desde la vida preterrenal.
Jesucristo preservó ese don para nosotros al oponerse al plan destructor de Satanás y lo sigue protegiendo especialmente en nuestras decisiones eternas.
Ahora, el matrimonio es parte esencial del plan de salvación. Y si creemos que el matrimonio es eterno, la elección también debe serlo. Si nuestro cónyuge hubiera sido previamente asignado, entonces no tendríamos que ejercer el albedrío para elegirlo.
El presidente Spencer W. Kimball se expresó en cuanto a este tema:
“Al elegir un compañero para la vida y la eternidad, sin duda se debe planificar, reflexionar, orar y ayunar con sumo cuidado para asegurarse de que, de todas las decisiones, esta no sea la equivocada… Las «almas gemelas» son ficción y una ilusión”.
Como él mencionó, un matrimonio feliz no se encuentra mágicamente, sino que se construye con nuestra elección.
El mito del “destinados a estar juntos”

¿Cuántas veces has oído sobre la media naranja? La cultura popular insiste en que existe “una sola persona correcta” para cada uno. Pero bajo el evangelio, esa ideas está lejos de ser cierta y puede causar expectativas irreales.
Durante una charla fogonera para jóvenes adultos en noviembre del 2009, el élder Uchtdorf no pudo evitar expresarse en cuanto a este “pensamiento moderno” y fue mensaje fue claro:
“Ya que no encontrarán la perfección en su compañero, y él o ella no la encontrará en ustedes, la única oportunidad que tienen de obtenerla es crear la perfección juntos”.
Esa reflexión rompe todos los mitos. A diferencia de lo que escuchemos a nuestro alrededor, bajo la fe, no existe una sola persona perfecta para cada uno. En el amor no hay coincidencias ni azares del destino.
Al reflexionar sobre este punto, el élder Uchtdorf mencionó:
“Creo que me enamoré de mi esposa, Harriet, la primera vez que la vi. Sin embargo, si ella hubiera decidido casarse con otra persona, creo que yo hubiera conocido a alguien más y me hubiera enamorado de esa otra persona”.7
Ese comentario reafirma algo que sabemos: los planes de Dios jamás se frustran. Y eso también va de la mano con el matrimonio.
El “era para mí” VS el albedrío

Puede que incluso con lo anterior descrito muchos sigan teniendo dudas. Bueno, veamos esto desde otra perspectiva.
Imagina el siguiente escenario: tu crees que eligiste a una persona exacta en la vida premortal, pero resulta que esa persona aquí en la tierra eligió a alguien más. ¿Sería justo que Dios permitiera esto si realmente hubieras elegido a esa persona? No verdad.
Las Escrituras por otro lado muestran que el Señor siempre respeta nuestras decisiones, incluso cuando nos llevan por caminos difíciles tal como sucedió con Caín cuando Dios le advirtió:
“Si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, te deseará, pero tú te enseñorearás de él”.
Aún así Caín decidió no obedecer y Dios no lo obligó de lo contrario. Esto quiere decir que si todo estuviera rígidamente predeterminado, nuestras decisiones no tendrían razón.
Sin embargo el plan de Dios no funciona así. Todos somos responsables de nuestras elecciones incluyendo con quién nos casaremos.
El amor eterno se crea

La doctrina restaurada de la Iglesia de Jesucristo enseña que el matrimonio celestial es una ordenanza sagrada y un convenio. Y los convenios se eligen.
No vivimos de acuerdo a un guión rígido escrito antes de nacer. Más bien, escribimos nuestra historia eterna con decisiones diarias: fe, compromiso, arrepentimiento, perdón y amor constante.
Desde el principio, Dios nos concedió el albedrío para progresar y por eso, resulta ilógico pensar que Él decidió con quién nos casaríamos. Ese es un deber netamente personal que se nos ha asignado decidir a cada uno.
Las ideas del “amor predestinado” son peligrosas ya que nos quitan el poder para decidir y construir nuestra felicidad. Al abandonar esa mentalidad, asumimos la responsabilidad que nos toca y honramos el albedrío sagrado que se nos dio desde el principio.
Fuente: addfaith



