Cuando las personas conocen a Roman hoy, la mayoría no imaginaría que se está recuperando de una lesión cerebral. Mucho menos que, años atrás, estuvo técnicamente muerto durante 35 minutos. La experiencia marcó profundamente a su familia, especialmente a su padre, Javier Ruiz.
Todo comenzó con una llamada inesperada.
Javier barría la cocina de su casa en Washington cuando recibió la noticia de que Roman estaba en el hospital. El joven había sufrido un paro cardíaco mientras corría en la pista de la Universidad Estatal de Utah.
El impacto fue inmediato.
En menos de veinte minutos, Javier, su esposa y su hijo menor ya iban camino a Utah. Les esperaba un viaje de ocho horas lleno de preocupación, silencios difíciles y oraciones constantes.
Cuando llegaron al hospital, los médicos les explicaron la gravedad de la situación.

Roman había sufrido un daño cerebral severo por la falta de oxígeno durante el paro cardíaco. Permanecía en coma y conectado a varias máquinas. Los médicos no podían asegurar si sobreviviría. Y si lo hacía, existía la posibilidad de que quedara en estado vegetativo.
Para la familia Ruiz fue un golpe devastador.
Roman era un misionero retornado y un atleta universitario. Tenía sueños, metas y toda una vida por delante. Verlo en esa condición resultó uno de los momentos más difíciles que la familia había vivido.
Después de varios días, Roman despertó del coma. Sin embargo, el joven que abrió los ojos no era el mismo que había corrido en la pista.
El atleta universitario que antes destacaba en el deporte ahora no podía sostener su cabeza ni hablar.

Dos meses después, Roman volvió a casa con su familia en Washington. A partir de ese momento comenzó un largo proceso de recuperación. Sus padres buscaron cada terapia, tratamiento y recurso que pudiera ayudar a sanar su cerebro.
Con el tiempo, Javier sintió que Dios guiaba ese proceso.
Según su testimonio, varios milagros los ayudaron a encontrar recursos que cambiaron el rumbo de la recuperación de Roman.
Ver sufrir a un hijo provoca un dolor profundo, algo que ningún padre desea experimentar. Aun así, esta experiencia también trajo lecciones inesperadas para la familia.
Durante ese tiempo adoptaron un versículo que se convirtió en su lema familiar. Está en Isaías 40:31:
“Pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán”.

La recuperación de Roman ha sido lenta, pero constante.
Aunque todavía enfrenta desafíos cognitivos, el progreso que ha logrado sorprende a quienes conocen su historia. Hoy conduce su propio auto, participa en servicio comunitario, toma clases en el instituto local y asiste a su barrio de jóvenes adultos solteros.
En los primeros meses de su recuperación, Roman solía disculparse con sus padres entre lágrimas. Sentía que era una carga para ellos.
Debido a sus problemas de memoria a corto plazo, olvidaba que ya se había disculpado y volvía a hacerlo varias veces al día. Cada vez que ocurría, la familia lloraba junta.
Aunque el camino no ha sido fácil, Javier dice que hoy siente una profunda gratitud por todo lo que esta experiencia ha traído a su vida.

La determinación de Roman y su confianza en el Padre Celestial se han convertido en una inspiración diaria para su familia.
Después de seis años, Javier reconoce que esta experiencia también lo transformó.
Al recordar todo lo vivido, piensa en las palabras del Libro de Mormón:
“No podía haber cosa tan intensa ni tan amarga como mis dolores. Sí, hijo mío, y también te digo que por otra parte no puede haber cosa tan intensa y dulce como lo fue mi gozo” (Alma 36:21).
Para él, el dolor y la alegría pueden coexistir cuando una familia decide confiar en Jesucristo como la fuente de su fortaleza.
Fuente: LDS Living
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