En muchas biografías, las historias comienzan con el origen de una persona y terminan con sus logros. La vida de Jesucristo puede entenderse de otra manera. Si observamos con atención las escrituras, su historia empieza y termina con una misma palabra: Padre. La cual menciona como primera palabra y como última en toda su vida.

Ese detalle no es menor. En el caso de Cristo, lo más importante no fue simplemente lo que hizo, sino a quién amó y a quién decidió obedecer.

Cuando entendemos ese patrón, toda su vida adquiere una coherencia distinta ya que nos damos cuenta que desde antes de venir a la tierra hasta su última oración en la cruz, la dirección de su corazón fue siempre la misma.

Un comienzo que revela su identidad

concilio; vida preterrenal
Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

En el concilio premortal, el Hijo Amado se ofreció voluntariamente para venir a la tierra. Entonces dijo:

“Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” – Moisés 4:2.

En otro relato leemos:

“Heme aquí, envíame” – Abraham 3:27.

Ese primer momento ya muestra que la misión de Cristo comienza mirando hacia el Padre, no hacia sí mismo. Su identidad no se construye alrededor de prestigio, poder o reconocimiento. Se define por su relación con el Padre y por su disposición a hacer Su voluntad.

La grandeza del Salvador empieza con la humildad de decir “sí” a Dios, su Padre.

La línea recta de su vida

Imagen: Pinterest

Jesucristo nunca habló de Su misión como un proyecto personal. Siempre la describió en términos de relación con el Padre. Durante su ministerio terrenal, Jesús repite muchas veces la misma idea:

“No para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” – Juan 6:38.

Si miramos nuestra propia vida, es fácil notar que nuestras decisiones suelen moverse en zigzag. Cambiamos de rumbo, dudamos, tomamos atajos que después resultan ser caminos más largos.

La vida del Salvador, en cambio, parece seguir una línea recta. Cada decisión, cada milagro y cada enseñanza están alineados con el propósito de hacer la voluntad del Padre.

No es una obediencia ocasional. Es una dirección constante.

El evangelio explicado en una sola relación

Jesucristo visita las Américas. Imagen: La Iglesia de Jesucristo

Cuando el Señor resucitado enseñó a los nefitas, habló durante horas sobre doctrina y sobre el plan de salvación. Sin embargo, cuando explicó su evangelio en una frase, lo resumió de manera sorprendentemente simple:

“Vine al mundo para hacer la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió” – 3 Nefi 27:13.

En otras palabras, el centro del evangelio no es solo un conjunto de enseñanzas, sino una relación de amor y confianza entre el Hijo y el Padre. El presidente Russell M. Nelson enseñó algo relacionado con esto:

“Nuestro Padre sabe que cuando estamos rodeados de incertidumbre y temor, lo que más nos ayudará es escuchar a Su Hijo” – Conferencia General, abril de 2020.

Esa relación explica por qué Cristo vino, por qué sirvió y por qué entregó su vida.

Un alimento que el mundo no entiende

Imagen: JESUS: a Deaf Missions film

Hay un capítulo en el Evangelio de Juan que revela otra dimensión de esta idea. En Juan 4, Jesús viaja por Samaria y se detiene en el pozo de Jacob mientras sus discípulos van a comprar comida. Cuando regresan, lo encuentran tranquilo y le dicen que coma.

Él responde algo que los deja confundidos:

“Yo tengo una comida que vosotros no sabéis. Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” – Juan 4:34.

La imagen es poderosa. Cristo describe la obediencia como alimento. Para Él, hacer la voluntad del Padre no era una carga pesada que debía soportar. Era algo que lo fortalecía.

Muchas veces pensamos en la obediencia como algo que limita la vida. Pero el ejemplo del Salvador muestra otra perspectiva. La voluntad de Dios no reduce nuestra vida, la orienta.

Una oración que reordena el corazón

«In Remembrance of Me» por Walter Rane

La misma idea aparece en la oración de la Última Cena que enseñó a sus discípulos:

“Hágase tu voluntad en la tierra, así como en el cielo” – Mateo 6:10.

Decir “hágase tu voluntad” no cambia los planes de Dios. Cambia la dirección de nuestro corazón.

La oración nos ayuda a aprender esa misma armonía aquí en la tierra. Jesús también redefinió lo que significa pertenecer a su familia. En una ocasión, cuando le avisaron que su madre y sus hermanos lo buscaban, Él respondió:

“Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre… ese es mi hermano, y hermana, y madre” – Mateo 12:50.

La familia del Salvador incluye a todos los que deciden orientar su vida hacia el Padre. En el reino de Dios, la verdadera cercanía se construye cuando caminamos en la misma dirección espiritual.

El momento decisivo en Getsemaní

Jesucristo en el jardín de Getsemaní. Imagen: La Iglesia de Jesucristo

La obediencia de Cristo se vuelve más intensa cuando llega el momento de Getsemaní.

Allí, enfrentando el peso del sufrimiento que vendría, Él ora con total sinceridad:

“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” – Mateo 26:39.

La petición es real. No hay dramatismo artificial ni heroísmo teatral. Jesús sabía perfectamente lo que iba a enfrentar. Pero entonces pronuncia:

“Pero no sea como yo quiero, sino como tú”.

Ese “sin embargo” revela el corazón del discipulado. No es resignación ni derrota. Es consagración. 

La última palabra

Imagen: Called to Share

Incluso en la cruz, el patrón continúa. Las últimas palabras del Salvador registradas en la Traducción de José Smith son:

“Padre… tu voluntad es hecha”.

La misión que comenzó con “Padre, hágase tu voluntad” termina con “Padre, tu voluntad es hecha”. Entre esas dos frases está toda su vida mortal. Es la distancia entre una promesa hecha en el cielo y una promesa cumplida en la tierra.

Para quienes seguimos a Cristo hoy, esta historia también es una invitación. En un mundo que valora la autosuficiencia y la autoafirmación, el evangelio enseña que la verdadera libertad no se encuentra alejándonos de Dios, sino alineando nuestra vida con Él.

Los templos, los convenios y las enseñanzas del evangelio nos recuerdan constantemente esa dirección. Al final, seguir a Cristo significa aprender a decir con sinceridad lo mismo que Él dijo desde el principio, “Padre, hágase tu voluntad.”

Fuente: Meridian 

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