El 22 de febrero de 2025 es una fecha que quedó grabada en la memoria de miles de personas en Sudamérica. Aquella noche, el Coro y la Orquesta del Tabernáculo de la Manzana del Templo se presentaron por primera vez en Perú con un concierto histórico en el Estadio Nacional de Lima, como parte de su gira mundial “Canciones de Esperanza”.
Más de 33,000 personas llenaron el estadio para escuchar música que traspasó culturas, idiomas y fronteras, en un evento que además celebró el centenario de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Sudamérica.
Un año después, el equipo detrás de la organización y ejecución del concierto recuerda no solo el esfuerzo logístico que implicó, sino también los momentos espirituales que marcaron este acontecimiento.
Como era de esperarse, la planificación de este inolvidable concierto comenzó mucho antes de que el Coro llegara a Lima.
Para Guillermo Estrugo, director de Comunicaciones y Publicaciones del Área Sudamérica Noroeste, el tamaño del evento merecía un lugar emblemático y con gran capacidad, por lo que la elección del Estadio Nacional no fue algo casual.
“Con la cantidad de miembros que tenemos solo en Lima de la Iglesia, era necesario un escenario muy grande que tenga más de 50,000 personas de capacidad”.

Y tenía razón, aquella noche, el estadio se llenó de música, luces y un espíritu que muchos asistentes describieron como memorable.
“Cuando salí al escenario encontré una energía positiva, hermosa. El espíritu mismo que te guía para decir las cosas que el público recibe, procesa y disfruta después con los artistas… El Coro del Tabernáculo fue una puesta en escena milagrosa, a mi juicio, más grande que, por lo menos yo, he vivido”, recordó Estrugo.

Por su parte, Glendha Falconi, gerenta de Support Services del Área Sudamérica Noroeste de la Iglesia, recuerda que el proyecto empezó con mucha anticipación y con un propósito claro.
“Empezamos un año y medio antes de que se diera el concierto en el Estadio Nacional. Tuvimos muchas experiencias espirituales en el camino… El propósito para nosotros siempre fue traspasar las paredes del estadio y llegar con la música y la inspiración que esto representa a nuestros miembros en Ecuador, en Colombia, en Bolivia y en las diferentes partes de Perú”.
El concierto también buscó reflejar la identidad cultural de la región. El equipo creativo desarrolló una narrativa visual inspirada en la cultura andina, utilizando como símbolo principal la chacana.

Jocelyn Cavero, gerenta de Producto, Experiencia y Canales del área, compartió:
“El ícono que acompañó este concierto fue la chacana. Tiene un significado importante y era considerado un símbolo divino para los incas”.
Ese concepto se reflejó desde el inicio del espectáculo. En la apertura, cuatro chasquis, mensajeros de la tradición Inca, ingresaron desde distintos puntos del estadio para anunciar el comienzo del evento.

Una adecuada representación de la misión del Coro y la verdadera razón del concierto.
“El trabajo que hace el Coro es muy importante porque ellos son misioneros. No todas las personas lo saben, pero ellos son apartados, como con un llamamiento. No reciben dinero por lo que hacen; dedican su tiempo voluntariamente porque su misión es llevar el evangelio y el amor de Jesucristo hacia las personas”, expresó.
El evento también reunió a artistas reconocidos de distintos países, entre ellos: Mauricio Mesones de Perú, Los Kjarkas de Bolivia, Adassa y Fonseca.

Uno de los momentos más memorables ocurrió cuando Fonseca interpretó una estrofa del querido himno “Soy un hijo de Dios” junto al Coro, algo que muchos asistentes recuerdan como profundamente significativo.
Para el presidente Santana, presidente de la Misión Perú, Lima Este, fue más que especial:
“Una de las partes más emotivas para mí fue cuando nosotros, todos unidos, cantamos la canción “Soy un hijo de Dios”. Las luces se apagaron, habían luces de los celulares alrededor. Estábamos muy contentos y estábamos compartiendo los buenos sentimientos que tuvimos al adorar al Padre y al Hijo en ese sagrado concierto que también fue muy entretenido”.

Aunque más de 30 mil personas estuvieron presentes en el estadio, miles más participaron desde distintos países a través de transmisiones organizadas en capillas de la Iglesia. En varias ciudades se realizaron celebraciones locales, presentaciones culturales y reuniones para ver el concierto en comunidad.
Para quienes trabajaron durante meses en este proyecto, el evento significó también un sacrificio personal.

“Todos dimos de nuestro talento, de nuestro amor y de nuestro tiempo. Dejamos momentos en familia, dejamos cosas personales”, compartió Cavero.
Asimismo, expresó que hubo momentos en los que el cansancio y las responsabilidades se hacían sentir.
“Recuerdo haber entendido: el Señor quería que estuviéramos aquí para bendecir a muchas personas”.

Cuando el concierto llegó a su fin y los asistentes comenzaron a salir del estadio, muchos lo hicieron con lágrimas en los ojos.
“Cuando terminó el concierto y la gente iba saliendo, veías lágrimas. Yo tuve un sentimiento de gozo, pero ese gozo que realmente te conecta con los cielos”, compartió Falconi.
Un año después, quienes participaron en el concierto siguen recordándolo como una experiencia única.
“Lo que hemos vivido… hemos sido testigos de una actividad para siempre. Esa memoria, aunque vuelva el Coro algún día, será difícil de repetir, pero no sabemos si algún día será posible. Sin embargo, esa noche, ese día, será una experiencia para siempre. Y en el lenguaje de la Iglesia de Jesucristo será una experiencia eterna”, reflexionó Estrugo.

A esto también se sumó el esfuerzo silencioso de decenas de voluntarios que dedicaron horas de preparación, ensayos y servicio para que cada detalle del concierto saliera bien.
Gean Medina, uno de los voluntarios que participó en la puesta en escena como “chasqui”, recuerda con emoción el momento en que ingresó al estadio en su máxima capacidad.
“Cuando salimos del túnel y vimos el estadio totalmente lleno, fue una emoción enorme. [Recién ahí pude entender] que estaba participando de este show”.

Para muchos de ellos, la experiencia significó mucho más que participar en un evento artístico, fue también una oportunidad de servicio y de testimonio.
“Fue muy bonito, la verdad. Me llevo un bonito recuerdo. Creo que de aquí a mis futuras generaciones voy a poder comentarles: ‘Una vez el Coro del Tabernáculo fue a Perú y yo participé de eso’. Hubo mucho sacrificio, muchas horas de ensayo, mucho sudor, muchas lágrimas también, pero realmente valió totalmente la pena”, añadió Medina.

Thiago Mello, otro de los voluntarios, recordó un momento especial durante la dramatización del concierto, cuando sintió que recibió ayuda divina para continuar con su participación.
“Por un momento me olvidé de lo que tenía que decir. Pero sentí como si el Señor me estuviera ayudando a recordar todo lo que había practicado. Esa pequeña equivocación al final fue un milagro, porque me ayudó a superar los nervios y dar una mejor presentación”.
Experiencias como estas muestran que el concierto no solo fue un espectáculo musical, sino también una oportunidad para que muchas personas participaran activamente en un evento que dejó huella en miles de corazones.
Y quizá esa sea la mejor manera de describir aquella noche en Lima: un concierto que llenó un estadio, pero que para muchos también llenó su corazón de esperanza.



