A veces escuchamos en las escrituras o en la Iglesia una frase muy conocida: Dios es el mismo ayer, hoy y siempre. Para muchos, esa idea transmite estabilidad y confianza. Pero también puede generar preguntas.
Si Dios no cambia, ¿por qué a veces cambian ciertas prácticas o políticas dentro de la Iglesia? ¿Cómo encajan esas dos cosas?
La respuesta comienza entendiendo algo importante. Cuando las escrituras hablan de que Dios no cambia, no se refieren a que todo a su alrededor permanece exactamente igual. Se refieren a su carácter eterno.
Lo que las escrituras realmente enseñan

Desde el Antiguo Testamento hasta las escrituras de la Restauración, encontramos una misma declaración repetida muchas veces. Dios es constante.
Moroni enseñó que Dios “no es un Dios variable, sino que es el mismo desde la eternidad hasta la eternidad” (Moroni 8:18). En el Nuevo Testamento se afirma algo similar sobre Jesucristo:
“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” – Hebreos 13:8.
Y el profeta Malaquías registra las palabras del Señor:
“Porque yo Jehová no cambio” – Malaquías 3:6.
Estas declaraciones no buscan describir detalles físicos o administrativos. Más bien apuntan a algo más profundo. Dios es constante en su justicia, en su verdad y en su amor.
Lo que nunca cambia en Dios

Cuando los profetas hablan de que Dios es inmutable, casi siempre se refieren a su naturaleza moral.
El profeta Alma explicó que Dios “no anda en sendas torcidas” ni se desvía de lo que es correcto (Alma 7:20). En otras palabras, su carácter es perfectamente confiable.
Eso significa que los principios eternos del evangelio no cambian. La justicia de Dios sigue siendo justicia. Su misericordia sigue siendo misericordia. Sus promesas siguen siendo seguras.
En ese sentido, Dios es completamente constante. Podemos confiar en Él porque su forma de amar, de juzgar y de guiar a sus hijos nunca se vuelve arbitraria ni contradictoria.
Cuando las cosas sí pueden cambiar

Al mismo tiempo, la revelación moderna enseña que Dios continúa guiando a su Iglesia paso a paso.
Las escrituras describen este proceso como aprender “línea por línea, precepto por precepto” (2 Nefi 28:30).
Esto significa que, a lo largo del tiempo, el Señor puede revelar nuevas instrucciones o ajustar la forma en que su Iglesia funciona. No porque Él haya cambiado, sino porque las circunstancias de sus hijos cambian y Él continúa guiándolos según su sabiduría.
La revelación continua forma parte del plan de Dios.
Un Dios que habla hoy no es un Dios cambiante. Es un Dios vivo que sigue dirigiendo a su pueblo.
Las instrucciones también pueden ser condicionales

Otro principio importante es que muchas promesas y mandamientos están relacionados con la obediencia humana.
En Doctrina y Convenios el Señor explica algo muy claro:
“Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; pero cuando no hacéis lo que os digo, no tenéis promesa” – Doctrina y Convenios 82:10.
Eso significa que las bendiciones y algunas instrucciones dependen de cómo respondemos nosotros.
Cuando las circunstancias cambian o cuando las personas necesitan nueva dirección, el Señor puede dar revelación adicional a través de sus profetas. Pero ese proceso siempre ocurre dentro de los mismos principios eternos.
El atributo que nunca cambia

Entre todas las características de Dios, hay una que las escrituras destacan constantemente: su amor. El profeta Jeremías escribió:
“Con amor eterno te he amado” – Jeremías 31:3.
A lo largo de los años, muchos líderes de la Iglesia han repetido esa misma verdad. El amor de Dios no depende de nuestras circunstancias, de nuestra apariencia o de nuestros logros. El amor de Dios no fluctúa con nuestras fallas ni con nuestras dudas. Incluso cuando sentimos que estamos lejos de Él, su amor sigue siendo constante.
Cuando entendemos este principio, muchas dudas se aclaran. El evangelio restaurado enseña que Dios continúa revelando su voluntad a sus profetas y guiando a su Iglesia según las necesidades de cada generación. Pero detrás de esos ajustes siempre existe el mismo fundamento.
Dios sigue siendo perfectamente justo, perfectamente misericordioso y perfectamente amoroso. Las formas externas pueden adaptarse con el tiempo, las circunstancias del mundo cambian y las personas cambian. Pero el corazón de Dios permanece igual y para quienes buscan acercarse a Él, esa verdad trae una enorme tranquilidad.
El Dios que nos ama hoy es el mismo Dios que siempre ha amado a sus hijos.
Fuente: Ask Gramps



