Dentro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, existe una idea que, para algunos, puede resultar incómoda, pero que forma parte de una comprensión madura de la fe: los profetas son llamados por Dios, pero siguen siendo humanos.

Esto plantea una pregunta más profunda y necesaria: si los profetas hablan en nombre de Dios, pero a veces pueden equivocarse, ¿cómo funciona realmente esa relación entre lo divino y lo humano? Y más aún, ¿por qué Dios permitiría algo así?

Responder a estas preguntas no implica debilitar la fe, sino comprenderla con mayor profundidad.

Revelación y agencia: una relación más compleja de lo que parece

Durante mucho tiempo, es fácil imaginar la revelación como un proceso completamente directo, casi automático: Dios comunica, el profeta ejecuta. Sin interferencias, sin errores, sin ambigüedad. Sin embargo, las Escrituras y la historia sugieren un modelo distinto.

La revelación no elimina el albedrío humano, más bien, opera a través de ella. Un ejemplo particularmente ilustrativo se encuentra en el Libro de Mormón, cuando el hermano de Jared enfrenta un problema práctico: sus embarcaciones no tendrían luz durante la travesía. En lugar de darle una solución directa, el Señor le responde con una pregunta:

“¿Qué queréis que prepare para vosotros, a fin de que tengáis luz…?” —Éter 2:23

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Dios iluminó piedras con Su dedo para que el hermano de Jared tuviese luz al navegar. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

En este caso, Dios no dicta cada paso. Invita al profeta a pensar, a proponer, a actuar. El resultado, las piedras iluminadas, surge de una colaboración entre revelación divina e iniciativa humana.

Este patrón se repite en otros pasajes. En Doctrina y Convenios, el Señor declara:

“No es conveniente que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo… es un siervo inútil” —Doctrina y Convenios 58:26

Lejos de eliminar la posibilidad de error, Dios parece permitir, e incluso esperar, que Sus siervos actúen, aprendan y, en ocasiones, corrijan el rumbo.

Aplicar principios eternos en contextos cambiantes

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Las primeras enseñanzas relacionadas con la Palabra de Sabiduría enfatizaban moderación. Imagen: Canva

Parte de la tensión surge porque los profetas no solo reciben principios, sino que deben aplicarlos en contextos reales, complejos y cambiantes. La doctrina puede ser eterna, pero su implementación requiere juicio, adaptación y discernimiento.

Por ejemplo, el cuidado del cuerpo como un don divino es un principio constante. Sin embargo, la forma en que ese principio se ha enseñado y aplicado ha evolucionado con el tiempo.

Las primeras enseñanzas relacionadas con la Palabra de Sabiduría enfatizaban moderación; con el tiempo, los líderes de la Iglesia establecieron normas más específicas de abstinencia (Doctrina y Convenios 89).

Este tipo de desarrollo no implica contradicción doctrinal, sino refinamiento en la aplicación. En ese proceso, los profetas, como cualquier líder, toman decisiones en función de su entendimiento, su contexto y la guía que reciben.

Diferentes profetas, distintos énfasis

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Si Dios conoce el resultado final, ¿por qué no simplemente indicar siempre la opción correcta? Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

A lo largo de la historia bíblica y moderna, es evidente que no todos los profetas han enseñado o enfatizado los mismos aspectos de la misma manera.

Algunos han sido más cautelosos; otros, más innovadores. Algunos han reforzado tradiciones existentes; otros han introducido cambios significativos. Esta diversidad no necesariamente refleja inconsistencia, sino la interacción entre un principio divino constante y la realidad humana en la que ese principio se aplica.

Reconocer esto permite entender que la revelación no siempre se manifiesta como instrucciones detalladas en cada circunstancia, sino como dirección suficiente para avanzar, aprender y ajustar.

Una pregunta frecuente surge de manera natural: si Dios conoce el resultado final, ¿por qué no simplemente indicar siempre la opción correcta?

presidente Dallin h oaks
Presidente Dallin H. Oaks es llamado como nuevo profeta y presidente de la Iglesia de Jesucristo. Créditos: Jeffrey D. Allred, Deseret News

La respuesta parece estar relacionada con el propósito mismo de la vida terrenal. El objetivo no es únicamente “hacerlo bien”, sino llegar a ser algo distinto en el proceso. Y ese tipo de crecimiento requiere práctica, decisiones reales y, en ocasiones, errores.

Las Escrituras enseñan que “es preciso que haya oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). Sin esa oposición, sin la posibilidad de equivocarse, no hay aprendizaje significativo, ni desarrollo real del carácter.

En ese sentido, la experiencia de los profetas no es completamente distinta a la de cualquier creyente: ambos son llamados a actuar con fe, a discernir y a crecer.

Cuando las decisiones afectan a otros

hombre mirando al cielo
Él es quien “sana a los quebrantados de corazón” Imagen: Canva

Este tema se vuelve más delicado cuando las decisiones de líderes impactan a otras personas. La historia religiosa, incluyendo la bíblica, ofrece ejemplos de profetas que tomaron decisiones imperfectas o atravesaron momentos de debilidad. Pedro negó a Cristo tres veces (Lucas 22:54–62), y aun así fue llamado a liderar la Iglesia primitiva.

Esto no minimiza el dolor que algunas decisiones pueden causar. Pero introduce una verdad central del cristianismo: la redención no se limita a quienes se equivocan, sino que también alcanza a quienes resultan heridos en el proceso.

La doctrina de la expiación enseña que Jesucristo no solo corrige el error, sino que sana sus consecuencias. En palabras del profeta Isaías, Él es quien “sana a los quebrantados de corazón” (Isaías 61:1).

Los miembros de la Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Aceptar que los profetas pueden equivocarse no significa relativizar su autoridad ni perder confianza en su llamamiento. Más bien, implica reconocer el patrón consistente de cómo Dios obra: a través de personas reales, con limitaciones reales, en procesos reales de crecimiento.

Si Dios está dispuesto a trabajar con seres imperfectos, y a guiarlos con paciencia a lo largo del tiempo, entonces quizá la fe también implique desarrollar esa misma paciencia.

La historia de la revelación, tanto antigua como moderna, no es la historia de la perfección inmediata, sino la del progreso continuo. Y en ese proceso, tanto profetas como creyentes van en la misma dirección: aprendiendo, alineándose y confiando en que Dios sigue guiando, incluso cuando el camino no es perfecto.

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