Hay una pregunta que muchos nos hemos hecho en algún momento.
¿Cómo saber si es la persona correcta?
Pero con el tiempo, esa pregunta cambia un poco. Ya no se trata solo de “la persona indicada”. También se trata de si nosotros estamos listos para ese tipo de compromiso.
En el Evangelio, el matrimonio no se ve como una meta romántica, sino como un convenio. Y eso cambia la forma en la que lo pensamos.
Líderes como Russell M. Nelson han enseñado que el matrimonio en el templo es una de las decisiones más importantes que podemos tomar en la vida. No se trata solo de elegir bien, sino de prepararnos bien.
Aquí hay 7 señales que apuntan más a preparación que a perfección.
1. Tu relación con Dios ya es parte de tu vida

Antes de pensar en una relación eterna, hay una base clave. Nuestra relación con Dios no puede depender de otra persona.
En Biblia, Mateo 6:33 enseña:
“Buscad primeramente el reino de Dios”
Ese objetivo no cambia cuando tenemos pareja. Un ejemplo, es una joven JAS que empezó a salir con alguien que sí era buena persona, pero notaba que su vida espiritual se estaba volviendo secundaria, oraba menos y dejaba cosas importantes.
Con el tiempo entendió algo que la relación correcta no te aleja de Dios, te acerca más.
Cuando ponemos a Dios en el centro antes del matrimonio, evitamos convertir a la otra persona en nuestro “centro emocional”. Eso no solo protege la relación, también la hace más sana. Una relación que crece espiritualmente tiene más bases para sostenerse cuando vengan momentos difíciles.
2. Decisiones importantes sin perder tu identidad

Estar listo para casarse no significa depender emocionalmente de alguien. Significa elegir desde la estabilidad y de decidir caminar juntos.
En Doctrina y Convenios 58:27 se enseña que debemos ser anhelosamente consagrados en una buena causa. Eso incluye tomar decisiones con criterio propio.
Cuando alguien sabe quién es y hacia dónde va, puede construir mejor con otra persona.
El matrimonio no debería ser un escape a la soledad o la confusión personal. Cuando alguien se conoce y se respeta, entra a una relación para sumar, no para llenar vacíos. Eso cambia completamente la dinámica, porque el amor deja de ser dependencia y se convierte en elección consciente.
3. Hay conversaciones reales, no solo momentos bonitos

Una relación que va hacia el matrimonio no vive solo de buenos momentos. También enfrenta temas incómodos y necesarios como las finanzas, metas, fe y familia.
Un caso sencillo es el de una pareja que llevaba tiempo juntos, pero evitaban hablar de temas serios. Todo iba bien, hasta que intentaron planificar su futuro. Ahí entendieron que el amor no reemplaza la comunicación, debería sostenerla.
Hablar de temas importantes no arruina una relación, de hecho la fortalece y las conversaciones incómodas hoy evitan conflictos más grandes mañana.
Cuando hay apertura para dialogar con respeto, la relación deja de basarse en suposiciones y empieza a construirse con claridad.
4. Dispuestos a cambiar, no a “arreglar” al otro

A veces pensamos que alguien va a mejorar con el tiempo. Pero el Evangelio enseña que el cambio real es personal y voluntario.
En Alma 5 se invita a un cambio de corazón, no a esperar que otros cambien por presión.
Cuando alguien entra al matrimonio pensando en cambiar al otro, se desgasta. En cambio, cuando entra dispuesto a mejorar él mismo, crece.
Aceptar a alguien no significa ignorar sus debilidades, pero sí entender que el cambio no se impone. El matrimonio funciona mejor cuando ambos están comprometidos con su propio progreso. Esa disposición crea un ambiente donde el crecimiento es natural, no forzado.
5. Hay estabilidad temporal, aunque no todo esté resuelto

No todo tiene que estar perfecto, pero sí debe haber dirección, trabajo, responsabilidad y manejo básico de recursos.
El matrimonio no soluciona la desorganización. Pero, la preparación temporal también es parte de la preparación espiritual.
Un ejemplo, es el de un joven que quería casarse, pero no tenía estabilidad ni hábitos claros. Al posponer la decisión un tiempo para ordenarse, no perdió la oportunidad, la fortaleció.
Ser responsable en lo temporal demuestra madurez. No se trata de tenerlo todo, sino de saber administrar lo que tenemos. Esa actitud genera confianza y seguridad, dos elementos clave para construir un futuro en conjunto.
6. Puedes pensar en “nosotros” sin dejar de ser responsable de “yo”

El matrimonio une, pero no elimina la responsabilidad individual. Cada uno sigue siendo responsable de su fe, decisiones y crecimiento.
Como enseñó Gordon B. Hinckley, el éxito en el matrimonio muchas veces depende de cuánto buscamos el bienestar del otro.
Pero eso funciona mejor cuando cada uno ya aprendió a ser responsable de sí mismo.
Pensar en “nosotros” no significa perderse. Una relación sana se construye con dos personas completas, no con dos mitades. Cuando cada uno cuida su propia vida espiritual y emocional, el “nosotros” se vuelve más fuerte y equilibrado.
7. Sientes paz al tomar la decisión, no solo emoción

Finalmente, hay algo que no se puede ignorar, la confirmación espiritual. No siempre es algo intenso, a veces es tranquilidad.
En Gálatas 5:22 se menciona que el fruto del Espíritu incluye paz y esa paz no suele venir acompañada de presión o confusión constante.
La decisión correcta no siempre es la más emocionante, pero sí la más clara espiritualmente.
Las emociones pueden cambiar, pero la paz espiritual suele ser más constante. Cuando una decisión viene de Dios, no genera caos interno, sino una sensación de dirección. Aprender a reconocer esa diferencia puede marcar todo.
Entonces, ¿es la persona correcta?
Tal vez la mejor forma de responder eso es cambiar el enfoque.
No solo preguntarnos si es la persona indicada. También preguntarnos:
¿Estoy listo para construir un matrimonio eterno?
Porque cuando ambas cosas se alinean, la relación deja de ser solo una buena historia y empieza a convertirse en algo con propósito.
Fuente: churchofjesuschrist.org



