La historia de la Expiación de Jesucristo es el centro del evangelio restaurado y lo que muchos cristianos recordamos por la época de Semana Santa.

Para algunos, toda esta historia empieza en Getsemaní y en la cruz cuando el Salvador tomó sobre sí los pecados, el dolor y las cargas de toda la humanidad. Sin embargo, dentro de ese relato sagrado hay una figura que a muchos les genera incomodidad y hasta rechazo: Judas Iscariote.

Su nombre se ha convertido prácticamente en sinónimo de «traición». Pero cuando analizamos su historia con más cuidado, nos damos cuenta de que su papel, aunque oscuro para algunos, también forma parte de algo mucho más grande.

Un plan divino donde aún existe el albedrío

El sacrificio de Jesucristo ya era algo que estaba previsto como parte del plan de Dios. Imagen: masfe.org

Lo primero que hay que entender es que la Expiación no ocurrió por accidente ni tampoco fue simplemente el resultado de una conspiración humana.

Según las Escrituras, el sacrificio de Jesucristo fue preparado desde el principio. Es decir, Dios ya había establecido un plan para la salvación de Sus hijos mucho antes de que ocurrieran los eventos de la crucifixión y parte de ese plan requería entregar a Cristo en manos de hombres.

Pero eso no significa que las personas involucradas fueran simples «marionetas» en este plan. Y aquí es donde entra un principio clave del evangelio: el albedrío.

Judas caminó con el Maestro, escuchó Sus enseñanzas, vio milagros que Él hizo con sus propios ojos y aun así escogió traicionarlo. Nadie lo obligó a hacerlo sino que por su propio albedrío, lo hizo deliberadamente.

Eso es lo que hace su historia tan impactante porque nos recuerda que incluso estando cerca de Cristo, uno puede elegir desviarse.

La relevancia de su traición

Jesús fue entregado injustamente por Judas ante la ley. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Cuando Judas entregó a Jesús con un beso en el huerto de Getsemaní, no solo cometió un acto de traición personal sino que también desencadenó rápidamente los eventos que llevaron al arresto, al juicio y finalmente a la crucifixión del Salvador.

Entonces, ¿significa eso que Judas “causó” la Expiación? No, tampoco quiere decir eso. Jesucristo mismo enseñó:

«Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo».

Esa frase reflejaba que Él tenía el poder de evitar lo que estaba pasando y podía detener todo en cualquier momento. Sin embargo, eligió someterse a la voluntad del Padre y sufrir lo que debía sufrir porque Él sabía que ese era el camino para redimir a la humanidad.

Aun así, la traición de Judas sí jugó un papel importante en cómo se desarrollaron los hechos que llevaron a Cristo a la cruz. Su traición facilitó que todo ocurriera en el momento y la forma en que finalmente lo conocemos.

Y ahí es donde su papel se vuelve complejo ya que aunque no fue el autor del plan, sí participó en uno de los momentos más decisivos de la historia.

Lo que refleja esta historia

Jesús lavó los pies de Sus apóstoles aún sabiendo que uno de ellos lo traicionaría. Imagen: La Iglesia de Jesucristo

Si algo deja clara la historia de Judas y la reacción de Jesucristo es el contraste entre la debilidad humana y el amor divino.

Mientras nuestra debilidad cede al miedo, la confusión o quizás la ambición, el amor de Cristo hace lo opuesto. En este caso, mientras Judas se dejó llevar por una decisión equivocada y cedió a su debilidad por la ambición, Jesucristo actuó con amor perfecto.

Pero hay un detalle en esa historia que cambia la forma en que la vemos: Jesús sabía que Judas lo iba a traicionar y aun así lo trató con amor.

Durante la Última Cena, Jesús lavó los pies de todos Sus apóstoles, incluyendo a Judas y compartió con él. Jamás lo rechazó, ni lo humilló, ni lo trató con dureza.

Eso dice mucho más del Salvador que de Judas porque demuestra que el amor de Cristo no depende de lo que hacemos, sino de quién es Él.

¿Arrepentimiento o desesperación?

sobra de hombre
Sentir remordimiento no es lo mismo que arrepentirse. Imagen: Canva

Después de la traición, el Nuevo Testamento muestra que Judas sintió remordimiento. De hecho, las escrituras enseñan que Judas devolvió las monedas de plata que recibió a cambio de entregar a Cristo y reconoció que lo que había hecho era algo terrible.

Pero ahí es donde su historia toma un giro aún más trágico porque su dolor no lo llevó al arrepentimiento sino a la desesperación y esa es una gran diferencia.

El evangelio enseña que la Expiación está disponible para todos sin importar cuán grave sea el error. Gracias a esto, siempre hay un camino de regreso pero ese camino requiere fe, humildad y la decisión de volver a Dios.

Judas, en cambio, sintió culpa pero no buscó al Salvador para arrepentirse. Es por eso que su historia queda como una advertencia de que sentir remordimiento no es lo mismo que arrepentirse.

Un final que nos lleva a Cristo

El amor de Jesucristo sigue siendo suficiente para salvar y sanar. Imagen: Canva

Al final, la historia  de Judas no trata realmente de él sino de Jesucristo porque incluso en medio de la traición, del abandono y del sufrimiento, el Salvador siguió adelante. Nunca retrocedió ni cambió de rumbo sino que cumplió con lo que había venido a hacer.

Y gracias a eso, todos podemos superar las adversidades de la vida, incluso la traición como Jesucristo. Él comprende exactamente el peso de ser traicionado y, si venimos a Él, podemos hallar consuelo en la esperanza de la redención que Él ofrece

Así que sí, Judas ocupa un lugar crucial en la historia de la expiación. Pero su presencia también resalta que incluso en un mundo donde existe la traición, el error y la debilidad, el amor de Jesucristo sigue siendo suficiente para salvar y sanar.

Fuente: Meridian Magazine

Video relacionado

También te puede interesar