Hablar de política hoy puede sentirse como entrar en terreno minado. Las conversaciones se tensan rápido, las redes amplifican posturas y, sin darnos cuenta, empezamos a ver a otros como “el bando opuesto”. 

En medio de ese escenario, el Evangelio de Jesucristo propone algo distinto, participar sin perder el amor, opinar sin perder la unidad.

Participar sí, dividir no

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Dentro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días una de las enseñanzas claras es ser buenos ciudadanos es parte de nuestra responsabilidad. Desde el Artículo de Fe 12 aprendemos a honrar y sostener la ley, y eso incluye informarnos, votar y participar en la sociedad.

Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.

Por eso, en muchos países, incluso se toman medidas prácticas como cerrar capillas durante elecciones para facilitar el proceso cívico. El mensaje es que la participación política importa.

Pero hay un equilibrio importante. La Iglesia mantiene una posición de neutralidad política institucional, lo que nos recuerda que el Evangelio no pertenece a ningún partido. Nuestra identidad principal no es política, es espiritual.

El problema no es opinar, es cómo lo hacemos

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Tener convicciones no es el problema. De hecho, los profetas han enseñado que debemos defender principios correctos. El desafío aparece cuando defender una idea nos lleva a perder el Espíritu.

El presidente Russell M. Nelson enseñó que responder con enojo o dureza rara vez construye algo bueno. En lugar de eso, invitó a “construir puentes de entendimiento”, incluso cuando las diferencias son profundas.

Eso cambia completamente el enfoque. Ya no se trata de ganar discusiones, sino de cuidar relaciones.

Amar en desacuerdo es parte del discipulado

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Jesucristo nunca evitó a quienes pensaban diferente. Al contrario, se acercó a ellos. Comió con publicanos, habló con samaritanos y mostró compasión incluso en momentos de injusticia.

Su enseñanza sigue siendo directa:

“Amad a vuestros enemigos (…) orad por los que os ultrajan” – Mateo 5:44

Esto no es una idea simbólica, es una invitación práctica. Podemos tener posturas firmes y, al mismo tiempo, tratar con dignidad a quien piensa distinto.

El Papa Francisco también ha insistido en esta línea al hablar de la “cultura del encuentro”, donde el diálogo vale más que la confrontación. Desde diferentes tradiciones cristianas, el mensaje converge: sin amor, ninguna postura se sostiene espiritualmente.

Cuando el orgullo entra, el Espíritu se va

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Uno de los riesgos más reales en tiempos de polarización es el orgullo. Queremos tener razón, responder rápido, corregir al otro. Pero en ese proceso, algo se pierde.

Es por ello que el Libro de Mormón advierte sobre esto con claridad. En 3 Nefi 11:29 leemos:

“El espíritu de contención no es mío”

La contención no siempre se ve como pelea abierta. A veces es sarcasmo, desprecio o incluso silencio cargado. Pero el efecto aleja al Espíritu y rompe la unidad.

Unidad no significa pensar igual

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Buscar unidad no es borrar diferencias. No todos vamos a ver el mundo igual, y eso está bien. Lo importante es recordar que nuestra relación como hijos de Dios está por encima de cualquier postura política.

El presidente Dallin H. Oaks ha enseñado que el uso de nuestras decisiones, incluyendo las políticas, debe alinearse con el propósito mayor de convertirnos en lo que Dios espera de nosotros y bendecir a los demás.

Eso cambia la pregunta. Ya no es “¿quién tiene la razón?”, sino “¿esto me está ayudando a ser más como Cristo?”.

Ser pacificadores en un mundo dividido

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En un entorno donde todo invita a elegir bandos, el discipulado invita a algo más exigente, lo cual es ser pacificadores. En uno de sus últimos discursos, «Se necesitan pacificadores», el presidente Russell M. Nelson ha enseñado que la contención aleja al Espíritu y que el verdadero discipulado se refleja en cómo tratamos a los demás, incluso cuando pensamos distinto.

Eso implica cosas concretas:

  • Escuchar antes de responder
  • Evitar ridiculizar o etiquetar
  • Elegir el respeto incluso cuando no hay acuerdo
  • Defender principios sin atacar personas

No siempre es fácil. Pero es profundamente cristiano.

Una decisión diaria

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Al final, la unidad no es automática. Es una decisión constante. Cada conversación, cada comentario y cada reacción es una oportunidad para elegir entre contienda o paz.

Podemos participar en la política sin perder el Espíritu. Podemos tener convicciones sin perder la caridad. Podemos estar en desacuerdo sin dejar de ser discípulos.

Y en un mundo cada vez más dividido, eso no es poca cosa.

Fuente: www.churchofjesuschrist.org

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