Cuando su novio, Jared, le habló seriamente sobre el futuro de su relación, Inaê Leandro sintió una mezcla de emoción y duda. Siempre le habían gustado las historias de amor y el matrimonio, pero tenía 22 años, apenas lo conocía desde hacía seis meses y sentía que aún tenía muchos planes por cumplir.
Había soñado con desarrollarse profesionalmente, escribir, emprender y construir su propio camino. También tenía el deseo de servir una misión. Por eso, la idea de casarse en ese momento no encajaba del todo con lo que había imaginado para su vida.
Desde joven, Inaê había tenido claro el tipo de persona con la que quería casarse. Gracias al ejemplo de su padre, aprendió qué cualidades debía buscar en un compañero eterno. Incluso desde la adolescencia esperaba con ilusión el momento de empezar a salir con alguien.

Sin embargo, su experiencia al salir con otras personas no fue como esperaba. Conoció a buenos jóvenes, pero ninguna relación avanzaba a algo más serio. Con el tiempo, eso empezó a frustrarla.
En medio de esa situación, decidió hablar con Dios y expresarle un plan muy personal. Le dijo que quería enfocarse en su crecimiento y que, si no había alguien interesado en ella, prefería “cerrar su corazón” por un tiempo para concentrarse en sus metas.
Un mes después de esa oración, conoció a Jared.
Él tenía muchas de las cualidades que ella había estado esperando, era amable, trabajador, había servido como misionero y, además, le atraía mucho. La conexión fue rápida. Después de cuatro meses conociéndose, él le pidió que fueran novios.

Poco tiempo después, el tema del matrimonio empezó a ser parte de sus conversaciones. Aunque Inaê sentía que casarse era algo correcto, no dejaba de tener dudas.
Se preguntaba qué pasaría con sus sueños, qué dirían los demás, qué pensarían sus padres y si realmente estaba lista para asumir esa etapa. También le inquietaba no haber vivido lo suficiente como soltera y dejar de lado su deseo de servir una misión.
En medio de esas preguntas, Jared le compartió una noticia que hizo todo más urgente: su contrato en el centro de entrenamiento misional terminaría el 31 de diciembre de 2014. Inaê pensó que eso significaría posponer los planes de boda, pero él la sorprendió proponiéndole todo lo contrario, casarse en febrero.
La decisión ya no podía seguir aplazándose.

Ambos decidieron buscar guía espiritual de manera más intencional. Inaê ayunó y oró con sinceridad. No quería tomar una decisión solo por emoción o presión; necesitaba saber qué era lo correcto.
Un día, estando sola en el techo de su residencia, expresó todo lo que sentía: sus deseos, sus miedos y sus planes. Después de orar, sintió la impresión de escribir.
Tomó un cuaderno y empezó a anotar las ventajas y desventajas de casarse. Al terminar, se sorprendió al ver que la lista de bendiciones ocupaba casi toda la página, mientras que las preocupaciones eran pocas en comparación.
Eso le dio claridad.
Entonces hizo una oración en la que expresó su decisión, sabía que elegiría el matrimonio si esa era la voluntad de Dios. En ese momento, sintió una paz profunda y una seguridad que no había sentido antes.

Para ella, esa confirmación fue suficiente.
Los meses previos a la boda no fueron fáciles. Varias personas a su alrededor le aconsejaron que esperara, que reconsiderara o que postergara el matrimonio. En algunos momentos, esas opiniones la hacían dudar nuevamente.
Pero cada vez que eso ocurría, recordaba la experiencia que tuvo mientras oraba. Esa sensación de paz se convirtió en su punto de referencia.
Con el tiempo, Inaê entendió que no se trataba de cumplir con las expectativas de los demás, sino de tomar decisiones basadas en la guía que había recibido.
Su historia no se centra únicamente en casarse joven, sino en aprender a tomar decisiones importantes con fe, incluso cuando hay dudas, presión externa y caminos que parecen competir entre sí.
¿Alguna vez tomaste una decisión similar?
Fuente: Mais Fe
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