Cada año, el Día de la Madre se llena de flores, reuniones familiares, fotos, mensajes y sonrisas. En la Iglesia, solemos hablar del amor de las madres, de su fortaleza y de la manera en que reflejan algo divino dentro del hogar. Y todo eso es cierto.
Pero para algunas mujeres, esta fecha llega acompañada de otra sensación que casi nunca se menciona en voz alta, la ausencia.
Porque mientras muchas familias celebran, hay madres que también están pensando en un hijo que ya no está aquí. Un nombre que sigue viviendo en su corazón aunque ya no pueda sentarse en la mesa. Y aunque el mundo sigue avanzando, el duelo de una madre no tiene calendario.
Hay mujeres que perdieron a un bebé durante el embarazo o que sostuvieron a su hijo por minutos, horas o días. Algunas vieron partir a un hijo después de años de vida, recuerdos y sueños. Aunque las historias son distintas, muchas comparten la sensación de que el resto no sabe muy bien cómo acompañarlas.
Probablemente una de las cosas más difíciles es que, después de un tiempo, pareciera que todos esperan que la madre vuelva a ser la misma o que el dolor haya pasado.
Cuando muchas veces lo único que hizo fue aprender a sobrevivir con él.
El tipo de dolor que casi nadie sabe explicar

Una madre puede seguir sirviendo en la Iglesia, asistiendo a las reuniones, cuidando a su familia y sonriendo en una foto, mientras por dentro sigue preguntándose cómo continuar después de haber enterrado una parte de sí misma.
Incluso dentro del Evangelio, puede haber momentos de confusión.
Si te sientes con culpa por no estar fuerte espiritualmente o te sientes desconectada de Dios durante un tiempo, eso también es parte del duelo.
El dolor no significa falta de fe, de hecho, muchas veces el duelo y la fe conviven en el mismo corazón. Una madre puede creer en Cristo y aun así sentirse cansada, como también puede creer en las familias eternas y aún así sentirse rota algunos días.
Dios no se aleja por eso, en las Escrituras vemos constantemente a personas fieles que lloraron, dudaron y se sintieron solas. Incluso Jesucristo, al ver sufrir a Marta y María tras la muerte de Lázaro, lloró con ellas. Él sabía que iba a resucitarlo, pero aun así decidió acompañarlas primero en su dolor. Cristo acompaña el duelo, no lo minimiza.
Las familias eternas cambian la forma de mirar la ausencia

Una de las doctrinas más profundas del Evangelio restaurado es que las familias pueden ser eternas.
Y aunque esa verdad no elimina automáticamente el dolor, sí cambia la historia completa.
Para muchas madres, el miedo más grande no es solo la ausencia actual, sino la idea de una separación definitiva. Por eso, la doctrina de los sellamientos y la Resurrección tiene un peso tan personal cuando hablamos de la pérdida de un hijo.
El presidente Russell M. Nelson enseñó:
“Gracias a Jesucristo, la muerte no es el final de la existencia. La vida continúa después de la muerte”.
Esa promesa significa que el dolor no tendrá la última palabra. La Restauración del Evangelio trajo respuestas que millones de personas han buscado durante siglos. Saber que Cristo venció la muerte cambia la manera en que vemos las despedidas.
Aun así, la esperanza eterna no invalida el proceso humano. Una madre puede creer profundamente en las familias eternas y aún así extrañar abrazar a su hijo hoy.
Lo que muchas madres necesitan escuchar

Hay madres que sienten que fallaron y otras se preguntan si pudieron haber hecho algo diferente.
Aunque cada historia es distinta, Dios no mide la maternidad por cuánto tiempo pudo quedarse un hijo en la tierra.
Hay mujeres que fueron madres durante nueve meses, algunos días, muchos años y aun así, ese vínculo sigue existiendo.
El élder Jeffrey R. Holland habló alguna vez sobre cómo el Salvador comprende perfectamente el dolor humano porque Él mismo “descendió debajo de todo”. Eso incluye el duelo, la angustia y las preguntas que a veces nadie más entiende.
Por eso, una madre que atraviesa esta pérdida no necesita fingir fortaleza todo el tiempo para acercarse a Cristo.
El cielo no se siente tan lejos para quienes aman profundamente

Algo que muchas madres mencionan después de perder un hijo es que empiezan a pensar más seguido en la eternidad.
Cuando alguien que amamos parte, la Resurrección deja de ser una doctrina abstracta y se vuelve una necesidad del alma.
El Evangelio no promete una vida sin duelo, pero sí promete que la muerte no puede destruir lo que Dios ha sellado con amor eterno.
En Doctrina y Convenios 138, el profeta Joseph F. Smith recibió una visión sobre el mundo de los espíritus y sobre la obra continua que sucede después de esta vida.
Para muchos Santos de los Últimos Días, esos pasajes se convierten en un recordatorio poderoso de que nuestros seres queridos siguen existiendo, aprendiendo y avanzando.
A las madres que están atravesando esto

Si este Día de la Madre se siente más pesado que feliz, queremos que sepas que no estás sola y que tampoco eres menos fiel por sentir tristeza.
Quizá hoy haya preguntas sin respuesta, el Evangelio de Jesucristo sigue apuntando hacia una reunión futura, hacia abrazos reales y hacia una mañana donde “enjugará Dios toda lágrima” como enseña Apocalipsis 21:4.
Mientras tanto, está bien avanzar despacio y hablar de ese hijo, recordarlo, amarlo. Porque el amor verdadero no termina con la muerte y gracias a Jesucristo, las historias familiares tampoco.
