A muchos padres les pasa algo que no siempre se dice en voz alta: aman a sus hijos con todo el corazón, pero también se cansan, se frustran y a veces reaccionan de una manera que luego lamentan.

No porque sean malos padres. Tampoco porque no quieran hacer las cosas bien. En muchos casos, solo llegan al límite. Hay cuentas por pagar, trabajo, pendientes, problemas personales, cansancio acumulado y, justo en medio de todo eso, aparece una pelea entre hermanos, una mentira, una mala respuesta o una desobediencia.

Entonces algo se prende por dentro.

Primero aparece una molestia pequeña. Luego la voz sube. Después llega el sermón, las frases duras, la mirada de decepción y ese tono que uno mismo prometió no usar. En ese momento parece urgente corregir. También parece necesario hablar. Incluso parece justo decir todo lo que estamos pensando.

papá aconsejando a hijo
Imagen: Canva

Pero después, cuando la casa se queda en silencio, viene esa sensación incómoda. “Tal vez me pasé”. “No debí decirlo así”. “Sí tenía que corregirlo, pero no de esa manera”.

Ese es uno de los grandes retos de la crianza: aprender a corregir sin herir.

El enojo puede hacernos creer que estamos actuando con autoridad, cuando en realidad estamos reaccionando desde el cansancio, el miedo o la frustración. También puede hacernos sentir que defendemos lo correcto, aunque en el fondo solo estemos descargando una emoción que no supimos manejar.

Eso es peligroso, porque el enojo casi siempre se siente verdadero. Cuando estamos molestos, creemos que vemos todo con más claridad. Pensamos: “Ahora sí entiendo lo que pasa”. “Mi hijo necesita escuchar esto”. “Si no se lo digo ahora, nunca va a aprender”.

Imagen: Shutterstock

Sin embargo, esa emoción no nos muestra toda la realidad. Solo nos enseña una parte, y normalmente es la parte más negativa. En ese estado, olvidamos que ese hijo que acaba de equivocarse también necesita guía, paciencia, cariño y seguridad. El error empieza a verse más grande que la persona.

Por eso, muchas veces confundimos sinceridad con dureza.

Decimos: “Tengo que ser honesto”, pero lo que sale no siempre es honestidad. En ocasiones es crítica. Otras veces es humillación. Incluso puede convertirse en una lista de todo lo que el niño hizo mal, dicha en el peor momento y con el peor tono.

La verdad dicha con enojo puede terminar causando más daño que ayuda.También existe la idea de que el enojo tiene que salir porque, si no, uno “explota”. Sin embargo, no todo lo que sentimos necesita convertirse en palabras de inmediato. Algunas emociones necesitan enfriarse antes de salir.

Imagen: Shutterstock

Así como no tomamos una bebida hirviendo apenas sale del fuego, tampoco deberíamos corregir a un hijo cuando nuestra emoción está hirviendo.Esperar no significa ignorar. Callar por un momento tampoco significa permitirlo todo. En muchos casos, esa pausa es la forma más sabia de prepararnos para enseñar mejor.

Un padre puede decir: “Estoy muy molesto ahora. Voy a calmarme y luego hablamos”. Esa pausa no le quita autoridad. Al contrario, le enseña al hijo algo muy poderoso: las emociones se sienten, pero no tienen que mandar.

Esa es la meta. No se trata de criar hijos que nos tengan miedo ni de permitir que hagan lo que quieran. Más bien, se trata de ayudarles a crecer con límites, pero también con la certeza de que son amados incluso cuando se equivocan.

Los gritos pueden lograr obediencia por un rato, pero no siempre forman el corazón. Un niño puede quedarse callado después de un regaño fuerte, aunque eso no significa que entendió. Quizá solo se cerró. También pudo haber sentido vergüenza. O tal vez empezó a pensar que sus errores lo hacen menos digno de amor.

Imagen: Shutterstock

Y ningún padre quiere eso.

La mayoría empieza el día con buenas intenciones. Nadie se levanta pensando: “Hoy voy a hacer sentir mal a mi hijo”. De hecho, muchos se prometen ser más pacientes. Sin embargo, la vida real no siempre se parece a esa intención. Por eso, más que culparnos, necesitamos aprender nuevas formas de responder.

El enojo no desaparece solo porque queremos ser mejores. Hace falta educarlo. Conviene reconocerlo cuando aparece, respirar antes de hablar y preguntarnos: “¿Lo que voy a decir ayudará a mi hijo o solo me ayudará a desahogarme?”. “¿Estoy corrigiendo o estoy atacando?”. “¿Quiero enseñar o quiero ganar?”.

La corrección que nace del amor no necesita destruir. Puede ser firme, clara y directa, pero no cruel. También permite poner límites sin avergonzar. Además, ayuda a hablar del error sin hacer que el hijo sienta que él es el error.

Imagen: Canva

Cuando los padres aprenden a pausar antes de reaccionar, algo cambia en casa. No todo se vuelve perfecto, pero hay menos heridas. Aparecen más conversaciones. Se abren más oportunidades para enseñar. Incluso queda más espacio para pedir perdón cuando uno se equivoca.

Porque sí, los padres también deben pedir perdón. Al hacerlo no pierden respeto. Al contrario, muestran con el ejemplo cómo se repara una relación.

El enojo promete control, pero muchas veces deja distancia. Parece traer alivio, pero deja culpa. Se presenta como corrección, aunque muchas veces termina causando dolor.

Por eso, cuando llegue, no tenemos que entregarle el mando. Podemos detenernos, respirar, hablar después y corregir con amor. Nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan padres que, aun con cansancio y errores, estén dispuestos a ama.

Fuente: Meridian Magazine

Video relacionado

@masfe.org Hay Jesús siempre ganas, es que eres el mejor 🥹💜 #preguntasconjesus #jesusteama #contenidocristiano #fyp ♬ original sound – ESTEBAN

También te puede interesar