Hay recuerdos que duran toda la vida. A veces son pequeños gestos que terminan enseñándonos quiénes queremos llegar a ser.
Cuando el presidente Dallin H. Oaks tenía apenas siete años, perdió a su padre, Lloyd E. Oaks, quien falleció a causa de la tuberculosis.
Aunque su ausencia marcó profundamente a la familia, el actual presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha compartido que creció en un hogar lleno de amor y esperanza.
Su madre les enseñó a él y a sus hermanos que la muerte no significaba una despedida definitiva. Gracias a las bendiciones del sellamiento en el templo, sabían que seguían siendo una familia eterna.
Décadas después, una experiencia sencilla con su padre continuaría influyendo en generaciones enteras de la familia Oaks.
Una lección que valió más que cualquier regalo

Poco antes de que su padre falleciera, el pequeño Dallin lo acompañó a caminar por el centro de la ciudad.
Mientras paseaban, pasaron frente a una tienda de artículos deportivos donde un niño, vestido modestamente, observaba los productos desde afuera.
El doctor Oaks se acercó al joven, conversó con él y luego lo invitó a entrar a la tienda. Allí le permitió escoger una navaja de bolsillo como regalo.
Para Dallin, aquello fue inesperado, como cualquier niño, pensó que quizás el regalo sería para él, pero no fue así. Años más tarde recordaría aquella experiencia diciendo:
«Ese día no recibí una navaja de bolsillo, pero sí recibí una lección.»
Mientras se alejaban de la tienda, su padre le explicó algo que nunca olvidaría:
«Tú me tienes a mí. Él no tiene a nadie.»
En unas pocas palabras, su padre le enseñó lo que significa mirar más allá de nuestras propias necesidades y reconocer el dolor de los demás.
La herencia que siguió pasando de generación en generación

Curiosamente, el presidente Oaks nunca recibió aquella navaja de bolsillo de manos de su padre, la muerte llegó antes de que eso pudiera ocurrir.
Sin embargo, decidió transformar ese recuerdo en una tradición familiar.
Con el paso de los años, entregó una navaja de bolsillo a cada uno de sus hijos y nietos como una forma de honrar el ejemplo de amor y generosidad que recibió de su padre.
Era una manera de transmitir una historia y de recordar que las mayores enseñanzas suelen venir de actos silenciosos de bondad.
Cada navaja entregada llevaba consigo el recuerdo de un hombre que eligió ayudar a un niño desconocido cuando nadie más parecía verlo.
El poder de un ejemplo que sigue vivo

Una de las nietas del presidente Oaks, Tiffany Bratt, explicó que el amor y la atención que él siempre ha mostrado hacia su familia les ha ayudado a comprender mejor el amor del Salvador.
Y quizá ahí se encuentra una de las enseñanzas más profundas de esta historia.
Las personas pueden partir de esta vida, pero su influencia puede seguir bendiciendo a generaciones futuras.
Los actos de bondad, la fe y el ejemplo de rectitud tienen una capacidad extraordinaria para extenderse mucho más allá de nuestro tiempo en la tierra. Tal como enseñan las Escrituras:
«Los corazones de los hijos se volverán a sus padres» – Malaquías 4:6.
Cuando recordamos a quienes nos precedieron y procuramos vivir las enseñanzas que nos dejaron, sus vidas continúan produciendo frutos.
Familias para siempre

En una publicación realizada hace algunos años, el presidente Oaks compartió un testimonio que resume perfectamente esta historia.
Aunque tenía menos de ocho años cuando su padre falleció, afirmó que su influencia sigue viva entre sus descendientes, que hoy suman más de un centenar de personas.
Y luego añadió una verdad que ha dado consuelo a millones de personas:
«Gracias al evangelio de Jesucristo, sé que volveré a ver a mi padre. Las familias son para siempre.»
Esa certeza es una de las doctrinas más hermosas del evangelio restaurado. La muerte puede separarnos temporalmente, pero los convenios del templo nos permiten mirar más allá de la tumba con esperanza.
La historia del presidente Oaks nos recuerda que el legado más valioso que podemos dejar no son bienes materiales ni reconocimientos. Es la fe que compartimos, el amor que demostramos y el ejemplo de discipulado que transmitimos a quienes vienen detrás de nosotros.
Porque cuando una vida está centrada en Jesucristo, su influencia nunca termina realmente.
Fuente: LDS Living
