Cuando escuchamos hablar del don de lenguas, es común pensar en los misioneros que llegan a un país sin conocer el idioma y, con el tiempo, logran enseñar el Evangelio con naturalidad. Para muchos, ese es el ejemplo más conocido de este don espiritual.
Pero surge una pregunta interesante:
¿Es un don reservado únicamente para los misioneros de tiempo completo o cualquier miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días puede recibirlo?
Las Escrituras y la experiencia de muchos miembros muestran que el don de lenguas está disponible para todos aquellos que buscan servir al Señor con un propósito sincero.
El don de lenguas no aparece por arte de magia

A veces imaginamos que el don de lenguas funciona de manera instantánea, una persona escucha un idioma que nunca ha estudiado y, de pronto, puede entenderlo o hablarlo perfectamente.
Sin embargo, en la mayoría de los casos no ocurre así. Quienes han servido una misión saben que aprender un nuevo idioma requiere horas de estudio, práctica constante, errores y mucha paciencia.
Los misioneros memorizan vocabulario, estudian las Escrituras en otro idioma, practican pronunciación y buscan oportunidades para hablar todos los días.
Es precisamente en ese esfuerzo donde el Espíritu Santo comienza a potenciar nuestras capacidades naturales.
El don de lenguas no reemplaza el estudio; fortalece el esfuerzo de quienes hacen su parte y buscan cumplir la voluntad del Señor.
Un don disponible para todos

Las Escrituras enseñan que los dones espirituales no existen para satisfacer curiosidades personales ni para impresionar a otras personas.
En Doctrina y Convenios 46, el Señor explica que estos dones son dados para bendecir a quienes lo aman, guardan Sus mandamientos y desean servir a los demás.
Eso significa que cualquier miembro de la Iglesia puede recibir el don de lenguas cuando existe un propósito correcto.
No se trata únicamente de aprender un idioma extranjero; se trata de recibir ayuda divina para cumplir una asignación, fortalecer a otras personas o compartir el Evangelio con mayor eficacia.
Cuando el Señor fortalece

Una miembro de la Iglesia vivió esta experiencia cuando recibió la asignación de enseñar japonés a un grupo de misioneros brasileños que pronto servirían en Japón.
Aunque conocía el idioma, sentía que su nivel era limitado, especialmente para explicar conceptos relacionados con el Evangelio.
Durante varias semanas decidió prepararse intensamente.
Estudió vocabulario misional, leyó con frecuencia el Libro de Mormón en japonés, memorizó pasajes de las Escrituras, repasó la Primera Visión y practicó expresiones que serían útiles para los futuros misioneros.
Su preparación fue una muestra de fe, pero también de responsabilidad personal.
El Espíritu Santo nos complementa

Cuando finalmente llegó el día de enseñar, los nervios aparecieron de inmediato.
Antes de comenzar la clase, hizo una oración sencilla y específica. No pidió hablar un japonés perfecto ni impresionar a nadie. Solo pidió ayuda para cumplir la responsabilidad que el Señor le había confiado.
Mientras enseñaba, las palabras llegaban con mayor facilidad, recordaba expresiones que pensaba haber olvidado y podía explicar principios del Evangelio con mucha más claridad de la que esperaba.
Ella reconoce que no comenzó a hablar un japonés perfecto, pero sí sintió que el Espíritu Santo ampliaba su capacidad para hacer aquello que, por sí sola, habría sido mucho más difícil.
Esa experiencia confirma que el Señor rara vez hace por nosotros aquello que primero podemos intentar hacer por nuestra cuenta. El estudio, la práctica y la preparación no sustituyen la ayuda divina, pero sí crean el espacio para que el Espíritu Santo actúe.
El don de lenguas no elimina el proceso de aprendizaje. Más bien, permite que nuestros esfuerzos sean fortalecidos por el poder de Dios cuando buscamos servir con humildad y fe.
Más allá de aprender otro idioma

Aunque normalmente relacionamos el don de lenguas con los idiomas, su propósito siempre apunta a algo más profundo.
Su objetivo es ayudar a que el Evangelio de Jesucristo llegue al corazón de las personas.
Por eso, este don puede manifestarse en un salón de clases, durante una misión, al enseñar una lección, al compartir un testimonio o en cualquier circunstancia donde alguien necesite comunicar el mensaje del Salvador.
Como enseñan las Escrituras, los dones espirituales son dados «para beneficio de los hijos de Dios». Cuando nuestro deseo principal es servir y bendecir a otras personas, el Señor puede fortalecer nuestras capacidades mucho más de lo que imaginamos.
Al final, el verdadero milagro del don de lenguas no consiste en hablar otro idioma perfectamente, sino en permitir que el Espíritu Santo nos ayude a comunicar el Evangelio de una manera que acerque a las personas a Jesucristo.
Fuente: maisfe.org
