Hay personas que llegan a la Manzana del Templo con la intención de conocer un edificio histórico y terminan llevándose algo mucho más valioso: un momento de paz.
Eso ocurrió hace poco con un hombre que asistió a uno de los recitales del órgano del Tabernáculo de Salt Lake. Al ver que ese día se interpretaría Clair de Lune, la pieza favorita de su esposa fallecida, decidió regresar una vez más.
Al finalizar el recital, se acercó al organista Richard Elliott, con lágrimas en los ojos, y le dijo que, mientras escuchaba la música, sintió que Dios le recordaba que no estaba solo.
Historias como esa explican por qué una de las tradiciones más antiguas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sigue vigente tras más de cien años.
Mucho más que un concierto

Desde hace más de un siglo, prácticamente todos los días alguien se sienta frente al histórico órgano del Tabernáculo para ofrecer un recital gratuito a quienes visitan la Manzana del Templo.
A simple vista podría parecer una presentación musical más. Sin embargo, para miles de visitantes representa una oportunidad para detenerse unos minutos, guardar silencio y permitir que la música los acerque a Dios.
La música tiene la capacidad de preparar el corazón para sentir la influencia del Espíritu Santo, y esa ha sido precisamente la esencia de estos recitales desde sus inicios.
Una tradición que nació casi por casualidad

La historia comenzó a finales de la década de 1860.
Joseph J. Daynes, el primer organista del Tabernáculo, acostumbraba interpretar algunas piezas cuando llegaban visitantes interesados en conocer el nuevo edificio y escuchar el enorme órgano de tubos que se había convertido en una de las grandes atracciones del oeste de Estados Unidos.
Con la llegada del ferrocarril transcontinental en 1869, el número de viajeros aumentó considerablemente y muchas personas hacían una parada especial en Salt Lake City para visitar el Tabernáculo.
Aquellas presentaciones espontáneas despertaron tanto interés que, con el paso de los años, se transformaron en una tradición permanente. Para 1911 ya se realizaban recitales diarios, una costumbre que continúa hasta la actualidad.
Más de cien años acompañando

Pocas actividades han permanecido tan constantes dentro de la historia de la Iglesia.
Los recitales continuaron durante guerras mundiales, crisis económicas y distintos momentos difíciles para la sociedad.
Incluso durante la pandemia de COVID-19, cuando la mayoría de las actividades presenciales fueron suspendidas, los recitales siguieron realizándose mediante transmisiones en línea.
Para muchas personas que permanecían en casa, aquellos momentos de música se convirtieron en un espacio de esperanza.
Cuando las circunstancias cambian, el Señor sigue encontrando formas de llevar consuelo a Sus hijos.
La historia de los pioneros

El famoso órgano del Tabernáculo ha evolucionado con el paso de los años.
Lo que comenzó con alrededor de 700 tubos hoy cuenta con más de 11,600 distribuidos en cientos de registros, convirtiéndolo en uno de los órganos más reconocidos del mundo.
Aunque su tecnología ha sido modernizada, todavía conserva cerca de 130 tubos originales instalados por los pioneros.
Para Richard Elliott, organista principal del Coro del Tabernáculo de la Manzana del Templo, tocar esas piezas tiene un significado muy especial.
Cuando interpreta himnos como «Venid, venid, los santos», siente que esos mismos sonidos acompañaron a los primeros santos hace más de siglo y medio mientras expresaban su fe en medio de grandes sacrificios.
La música también puede preservar un testimonio y unir generaciones que nunca llegaron a conocerse.
Que la música llegue a todos

Quienes visitan el Tabernáculo suelen sorprenderse antes incluso de escuchar el recital.
Como parte de cada presentación, el organista realiza una breve demostración de la extraordinaria acústica del edificio.
Basta romper una hoja de papel o dejar caer un pequeño objeto para que el sonido viaje con claridad hasta la última fila.
La forma elíptica del techo distribuye el sonido de una manera tan eficiente que el edificio es considerado uno de los mejores espacios acústicos del mundo para este tipo de música.
Pero, curiosamente, el lugar donde peor se escucha el órgano es justamente donde está sentado el organista.
Desde su banco recibe el sonido rebotando desde todas las direcciones, por lo que debe conocer cada obra casi de memoria para poder interpretarla con precisión.
Una oportunidad para ministrar

Después de 35 años tocando el órgano del Tabernáculo, Richard Elliott asegura que lo más importante nunca ha sido la cantidad de asistentes.
Lo que realmente permanece en su memoria son las conversaciones que tiene al terminar cada recital.
Personas que recuerdan a un ser querido, visitantes que llegan buscando paz o familias que viven una experiencia espiritual inesperada.
En una ocasión, otro organista invitó a una niña que celebraba su cumpleaños y que también estudiaba órgano a tocar unas notas en el histórico instrumento. Años atrás, alguien había hecho exactamente lo mismo por él cuando tenía 13 años.
Ese pequeño gesto terminó inspirando una vida completa dedicada a la música.Nunca sabemos cómo un acto sencillo puede influir en la vida de otra persona durante muchos años.
Cuando la música nos acerca al Salvador

En las Escrituras encontramos repetidamente la invitación a alabar al Señor mediante himnos y cánticos sagrados, porque puede abrir nuestro corazón para escuchar con mayor claridad la voz del Espíritu.
Eso explica por qué esta tradición ha permanecido vigente durante generaciones.
No se trata únicamente de conservar un patrimonio histórico ni de admirar uno de los órganos más grandes del mundo.
Cada recital es una oportunidad para recordar que el Señor conoce a cada uno de Sus hijos de manera individual y puede hablarles de formas muy personales, incluso a través de una melodía.
Quizá esa sea la razón por la que, después de más de cien años, miles de personas siguen entrando al Tabernáculo con curiosidad… y salen con una experiencia que difícilmente olvidarán.
Fuente: Deseret News
