Kiaya creció en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Su padre fue su obispo, pero durante muchos años sintió que el testimonio que tenía no era realmente suyo.
Cuando tenía 11 años, su familia se mudó a St. George. Allí, el rechazo que recibió de otros niños de la Iglesia afectó mucho su autoestima. A los 13 años sufrió abuso y guardó lo ocurrido en silencio durante años.
A los 16 probó la heroína. Lo que comenzó entonces terminó convirtiéndose en casi una década marcada por la adicción, la cárcel, una relación abusiva y periodos en los que no tenía un lugar donde vivir.
El día que terminó en una celda

En 2019, Kiaya fue arrestada mientras tenía cinco órdenes de detención pendientes. Uno de los policías que participó en su arresto la miró y le dijo una frase que ella no olvidaría:
“Este podría ser el mejor día de tu vida”.
En ese momento era difícil creerlo. Kiaya terminó en aislamiento, enferma por la abstinencia y sintiendo que había llegado al punto más bajo de su vida.
Sin embargo, mientras estaba sola en aquella celda, comenzaron a venirle pensamientos que la sorprendieron. Sentía que todavía podía mejorar, que podía cambiar y que su vida no tenía por qué terminar de esa manera.
Kiaya está convencida de que Dios estuvo con ella en ese momento.
Después ocurrió algo que muchos le habían dicho que era prácticamente imposible. Los jueces involucrados en sus casos permitieron que fuera enviada a rehabilitación. Para ella, aquello fue un milagro.

Con el tiempo logró dejar las drogas y comenzó a reconstruir su vida. Su hermana también la animó a regresar a la Iglesia, pero esta vez Kiaya quería hacerlo de una manera diferente. Ya no quería depender del testimonio de su familia. Quería descubrir por sí misma si realmente creía.
Fue entonces cuando, por primera vez, comenzó a sentir que tenía un testimonio propio.
También decidió hablar con un obispo que no conocía su historia y contarle todo lo que había hecho. Kiaya esperaba una reacción muy distinta, pero él simplemente le dijo que su semblante era radiante, que era amada y que estaba exactamente donde debía estar.
Tiempo después recibió su bendición patriarcal. Según recuerda, lo primero que escuchó fue:
“Tu Padre Celestial sabe que estás aquí y está orgulloso de ti”.
Esas palabras tuvieron un significado especial para alguien que durante años había cargado con vergüenza por su pasado.
Aprender a dejar atrás la culpa

Cuando Kiaya descubrió que estaba embarazada, sintió que había llegado el momento de entregar por completo su vida a Jesucristo.
El templo se convirtió en una de las mayores bendiciones de esa nueva etapa. Allí, cuenta, ha recibido respuestas a sus oraciones incluso por medio de personas que no conocían nada de lo que estaba viviendo.
Su propia historia también le recordó la experiencia de Alma en el Libro de Mormón. Él llegó a sentirse atormentado por sus pecados, pero cuando recordó a Jesucristo y clamó a Él, su dolor dio paso a una profunda alegría.
Kiaya comenzó a entender que el arrepentimiento no significaba castigarse para siempre por todo lo que había hecho.

Jesucristo ya había pagado el precio. Lo que Él le pedía era que se acercara nuevamente a Él.
Hoy Kiaya vive libre de la adicción y no quiere que su pasado determine quién es ahora. Incluso las etapas más difíciles de su vida han adquirido otro significado para ella, porque terminaron llevándola de regreso a Dios.
Por eso, después de todo lo que vivió, hay algo que quiere recordarles a quienes sienten que han llegado demasiado lejos: todavía pueden volver.
“Nunca estás demasiado lejos”.
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