Nota del editor: El siguiente relato fue publicado originalmente en Called to Share.
Cuando servía como misionero de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pasé incontables horas intentando encontrar personas con quienes hablar.
Toqué muchísimas puertas, detuve a personas en la calle y hasta jugué partidos de básquet con desconocidos. Todo tenía el mismo propósito: compartir el Evangelio restaurado de Jesucristo.
En mi primera área, Kalamazoo, Michigan, había un problema particular. Los domingos eran, por mucho, los días más difíciles.

Nuestra reunión sacramental comenzaba a la 1 de la tarde y, durante la mañana, casi nadie estaba en casa. La mayoría asistía a alguna de las muchas iglesias cristianas de la zona.
Durante varias semanas caminábamos dos o tres horas sin encontrar prácticamente a nadie. Entonces mi compañero tuvo una idea: si todos estaban en la iglesia, ¿por qué no ir nosotros también?
Empezamos a visitar otras iglesias

Cada domingo elegíamos una congregación diferente. Muchas veces decidíamos cuál visitar según el tema del sermón anunciado afuera del edificio.
Las reacciones fueron muy distintas. Algunas iglesias no quisieron que nos quedáramos. Otras nos recibieron con cierta curiosidad y pudimos conversar con varias personas.
Después de algunas semanas, empecé a notar algo que me hizo pensar en la manera en que yo mismo estaba compartiendo el Evangelio.
En muchas de esas reuniones escuchábamos un mensaje parecido: acepta a Jesús, confía en Él y todo estará bien.

Entendía perfectamente por qué ese mensaje podía resultar atractivo. Pero también comencé a comprender por qué algunas personas reaccionaban con tanta resistencia cuando nosotros les pedíamos hacer algo.
Como misioneros las invitábamos a orar, leer las Escrituras, asistir a la Iglesia, prepararse para el bautismo y acercarse más a Jesucristo. Para alguien acostumbrado a escuchar que no necesitaba hacer mucho más, esas invitaciones podían parecer demasiado exigentes.
Sin embargo, aquello terminó fortaleciendo mi propio testimonio.
Cristo también nos pide actuar

El Evangelio de Jesucristo no consiste únicamente en escuchar un mensaje que nos haga sentir tranquilos. El Salvador nos invita a seguirlo, guardar Sus mandamientos y cambiar.
Leer las Escrituras requiere tiempo. Orar requiere intención. Servir a otra persona implica dejar a un lado nuestras propias preocupaciones. Seguir a Cristo muchas veces exige sacrificios.
Pero precisamente esas acciones nos acercan a Él.

El rey Benjamín enseñó en Mosíah 2:17:
“Cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, solo estáis al servicio de vuestro Dios”.
José Smith también enseñó que una religión que no requiere sacrificio no puede producir la fe necesaria para alcanzar la vida y la salvación. Aquellos domingos en Michigan me ayudaron a entender algo que todavía recuerdo.
Jesucristo puede consolarnos, perdonarnos y darnos esperanza. Pero también nos invita a levantarnos y seguirlo. Y cuando realmente intentamos hacerlo, no simplemente aprendemos más acerca de Cristo.
Comenzamos a parecernos más a Él.
Fuente: Called To Share
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