¿Cómo habría sido ver a un misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en el siglo XIX? Para quienes estamos acostumbrados a ver a los misioneros caminar por las calles con un teléfono inteligente en la mano, esa pregunta resulta intrigante.

Hoy, un misionero puede estudiar un idioma antes de llegar a su país asignado, recibir capacitación formal, comunicarse regularmente con su familia, utilizar recursos digitales para enseñar y servir, entre muchas otras cosas. Pero hace más de un siglo, la realidad era muy diferente.

Los primeros misioneros viajaban con recursos limitados, a menudo durante largos periodos y hacia lugares donde aún no existía una estructura establecida de la Iglesia. Algunos dejaban atrás a sus esposas, hijos, negocios y responsabilidades durante meses o incluso años.

Otro factor es que durante buena parte del siglo XIX no existían límites de edad definidos para el servicio misional y los llamamientos podían hacerse directamente en las reuniones de la Iglesia. Como verás, varias cosas han cambiado en la obra misional. Acompáñanos a revisar qué cosas se cambiaron para que la misión sea lo que es hoy.

Cuando una misión significaba salir prácticamente al desconocido

De izquierda a derecha: Goro Takahashi, que fue amigo de los primeros misioneros que fueron a Japón, y los élderes Louis A. Kelsch, Horace S. Ensign, Heber J. Grant y Alma O. Taylor. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Durante las primeras décadas de la Iglesia, las misiones no tenían límites territoriales estrictos y tampoco había siempre un presidente de misión formalmente llamado.

Los primeros esfuerzos consistieron en viajes relativamente breves realizados por élderes que predicaban durante el tiempo que podían apartar de sus otras responsabilidades. Con el crecimiento de la Iglesia, estos esfuerzos comenzaron a convertirse en misiones más organizadas.

Para mediados del siglo XIX ya existían misiones más estables, especialmente en Europa y las islas del Pacífico, pero servir no era simplemente trasladarse a otra ciudad.

Un misionero podía encontrarse lejos de su hogar, con pocos recursos y sin saber cuánto tiempo tardaría en regresar. En el siglo XIX, muchos misioneros eran hombres casados, generalmente de 30 o 40 años, que dejaban atrás a su familia y sus negocios para servir durante uno a tres años.

La Iglesia tampoco tenía entonces un programa uniforme de enseñanza así que los misioneros utilizaban las Escrituras y diferentes folletos o materiales misionales, mientras que los presidentes de misión desarrollaban sus propias maneras de organizar la predicación.

En otras palabras, ir a la misión no venía con un manual detallado que explicara cada paso. Había que aprender, adaptarse y continuar.

De misiones enormes a territorios mejor organizados

Un grupo de misioneros posa para una foto frente a la Casa de la Misión de Salt Lake en Salt Lake City, Utah, el 7 de junio de 1927. Imagen de la Base de Datos Biográfica de Historia de la Iglesia, cortesía de Church News.

Con el tiempo, la Iglesia comenzó a comprender que una obra misional cada vez más extensa necesitaba también una organización más sólida.

Durante la presidencia de Wilford Woodruff, las misiones adquirieron límites más definidos, oficinas centrales y presidentes responsables de supervisar el trabajo. Más adelante, las misiones comenzaron a dividirse en zonas y distritos, especialmente a medida que aumentaban las ramas y las estacas.

Este cambio también estuvo relacionado con una transformación importante en el propósito de la obra misional.

Durante buena parte del siglo XIX, muchos conversos eran animados a reunirse con otros Santos de los Últimos Días en los territorios del oeste de Estados Unidos. Pero entre 1890 y 1930 la Iglesia abandonó gradualmente ese modelo de recogimiento generalizado.

El objetivo comenzó a ser diferente: no llevar a todos los conversos a un solo lugar, sino ayudar a establecer comunidades de la Iglesia donde ya vivían.

Así, la obra misional comenzó a contribuir a construir comunidades de Sion alrededor del mundo. Ese cambio fue fundamental para entender la Iglesia mundial que existe actualmente.

También cambió quién podía ser misionero

El élder Gordon B. Hinckley con un grupo de miembros militares del Kitty Hawk, a las afueras de la casa de la Misión Lejano Oriente Sur, en Hong Kong en 1964. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Uno de los cambios más interesantes ocurrió con la edad y las circunstancias para servir una misión.

En la década de 1870, el misionero promedio tenía más de 40 años y generalmente estaba casado. Para la primera década del siglo XX, la mayoría de los misioneros eran solteros y tenían poco más de 20 años.

También cambió el patrón de autoridad eclesiástica. Durante el siglo XIX, muchos misioneros tenían el oficio de Setenta en el Sacerdocio de Melquisedec. Después de 1900, los élderes pasaron a constituir la mayor parte de la fuerza misional. Las misiones de dos años también se convirtieron progresivamente en la norma.

Otro cambio para entonces consistió en que las mujeres comenzaron a participar formalmente en la obra misional.

Desde la década de 1850, algunas mujeres acompañaban a sus esposos misioneros y colaboraban en tareas educativas y domésticas. En 1898, la Primera Presidencia aprobó solicitudes de presidentes de misión para que algunas mujeres participaran en la obra proselitista.

A partir de entonces, hubo hermanas que recibieron llamamientos misionales formales, fueron apartadas y predicaron públicamente.

El siglo XX convirtió la misión en una obra cada vez más global

Un grupo de misioneros posa para una foto frente a la Casa de la Misión de Salt Lake en Salt Lake City, Utah, a mediados de la década de 1920. Imagen: Foto del Catálogo de Historia de la Iglesia, cortesía de Church News

Durante el siglo XX, la obra misional comenzó a expandirse a una escala que habría sido difícil de imaginar para los primeros misioneros.

Para la década de 1910 ya se habían abierto misiones en Latinoamérica y Japón, además de una expansión hacia Tonga y otras islas del Pacífico. Para la década de 1940, los presidentes de misión supervisaban más de 40 misiones distribuidas entre Europa, Norteamérica, Sudamérica, las islas del Pacífico y algunas regiones de Asia.

La Segunda Guerra Mundial frenó parte de esta expansión, pero no detuvo completamente la obra.

Después de la guerra, miembros de la Iglesia que servían como militares estadounidenses ayudaron a introducir o restablecer la Iglesia en lugares donde estaban destinados. Japón, Corea, Filipinas, Vietnam y Tailandia estuvieron entre los países donde este proceso tuvo especial importancia.

La misión comenzó así a parecerse cada vez más a lo que hoy entendemos como una obra verdaderamente internacional.

Los inicios de la capacitación misional

Misioneros en la Casa de la Misión de Salt Lake el 25 de enero de 1969. Imagen: Archivo de noticias de Deseret

A medida que los misioneros fueron siendo más jóvenes, surgió la necesidad de prepararlos mejor antes de enviarlos al mundo.

Desde la década de 1880, algunas instituciones educativas ofrecieron cursos de preparación misional. En 1925 comenzó a funcionar un Hogar Misional en Salt Lake City, donde los misioneros recibían capacitación antes de partir.

El aprendizaje de idiomas representaba otro desafío enorme. Durante décadas, los presidentes de misión desarrollaron sus propios métodos para enseñar a los misioneros los idiomas que necesitarían.

En 1961 comenzó la capacitación formal de idiomas para misioneros en la Brigham Young University. Posteriormente nació la Misión de Capacitación de Idiomas y, en 1978, sus instalaciones pasaron a llamarse Centro de Capacitación Misional (CCM). Sí, tal como lo conocemos ahora.

Un joven que en el siglo XIX podía salir hacia otra región con una preparación limitada ahora puede recibir formación doctrinal, práctica y lingüística antes de llegar a su área de servicio.

Para el año 2000 ya existían más de una docena de centros de capacitación misional alrededor del mundo.

Del folleto misional al teléfono inteligente

Imagen: masfe.org

La transformación tampoco se limitó al transporte o a la capacitación, sino que también cambió la manera de enseñar.

Durante el siglo XIX, los misioneros enseñaban principalmente mediante las Escrituras y diferentes folletos. Con el tiempo surgieron métodos más uniformes. En 1952, la Iglesia desarrolló un curso de estudio que establecía lecciones específicas para enseñar principios del evangelio e invitar a las personas a bautizarse y participar en la Iglesia.

Décadas después, este proceso continuó evolucionando hasta llegar a «Predicad Mi Evangelio», publicado durante la administración del presidente Gordon B. Hinckley y diseñado para fortalecer tanto la espiritualidad como las habilidades de los misioneros.

Hoy, además de las Escrituras y los materiales impresos, los misioneros cuentan con recursos digitales que permiten enseñar, comunicarse y compartir contenido de maneras que los primeros misioneros jamás habrían imaginado.

Ahora los misioneros usan teléfonos inteligentes que contienen herramientas de estudio, recursos para enseñar, mapas, calendarios, comunicación y materiales en diferentes idiomas.

Para un misionero del siglo XIX, algo tan sencillo como comunicarse con alguien al otro lado del mundo podía requerir semanas o meses. Hoy puede hacerse prácticamente al instante.

El gran cambio de 2012

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El presidente Thomas S. Monson anunció un cambio en la edad para servir una misión. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Otro momento decisivo llegó en 2012 cuando el presidente Thomas S. Monson anunció que los hombres jóvenes que cumplieran los requisitos podrían comenzar a servir a los 18 años, en lugar de los 19. Para las mujeres jóvenes, la edad mínima pasó de 21 a 19 años.

Esa decisión produjo un aumento considerable en el número de misioneros. Menos de un año después, la Primera Presidencia anunció la creación de 58 nuevas misiones, elevando el total a 405, en lo que la historia oficial de la Iglesia describe como la mayor expansión de misiones en funcionamiento registrada hasta ese momento.

El cambio no fue solamente estadístico.

Significó que miles de jóvenes pudieron considerar el servicio misional en una etapa diferente de su vida y que la Iglesia tuvo que ampliar sus sistemas de capacitación y organización para recibir a una fuerza misional mucho mayor.

Hoy, la diferencia sigue haciéndose notar

¡Un momento histórico para la obra misional! Más de 90 mil misioneros sirven actualmente en todo el mundo, una cifra nunca antes alcanzada. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

En la actualidad, la evolución continúa. Luego de que la Primera Presidencia anunciara en noviembre de 2025 que ahora las mujeres podrían servir como misioneras desde los 15 años, la Iglesia anunció hace poco que, por primera vez en su historia, más de 90,000 misioneros están sirviendo en todo el mundo.

De ellos, más de 30,000 son mujeres jóvenes, la mayor cantidad de hermanas misioneras registrada en la historia de la Iglesia. Actualmente sirven en más de 500 misiones alrededor del mundo.

Si bien han habido varios cambios en cómo era una misión del siglo XIX y cómo es la misión ahora, detrás de ambas sigue existiendo una persona que decide dejar temporalmente su rutina para servir.

La misión ha cambiado sí, pero lo que permanece es la razón por la que, generación tras generación, los miembros de la Iglesia siguen aceptando el llamado de ir al mundo y compartir su fe en Jesucristo.

Fuente: Temas de la historia de la Iglesia (Crecimiento de la obra misional)

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