Cuando era pequeña, recuerdo haber aprendido la parábola del buen samaritano y preguntarme: “¿Cuándo encontraré a alguien acostado en el camino robado y herido que necesite mi ayuda?” En mi mundo protegido y de comprensión literal de esta hermosa historia, sentí que nunca vería tal cosa. De alguna manera no se aplicaba a mí.

Durante mi adolescencia mis padres se separaron y luego se divorciaron. Esta experiencia rompió nuestro hogar y destrozó mi mundo. Sentí que era diferente de todos los demás. Había aprendido que las familias son para siempre, y ahora ya no pertenecía a la comunidad de santos para quienes eso era verdadero.

Mantener los mandamientos ya no parecía tan relevante. Mi fe en Dios y mi creencia acerca de si su evangelio realmente funciona en nuestras vidas se cuestionó. No me di cuenta en ese momento, pero me sentía emocional y espiritualmente, robada y herida.

Desde entonces, he aprendido que mi experiencia no es realmente diferente a muchas otras que, por una variedad de razones; se aferran a su fe. Cada semana, hijos e hijas de Dios van a la iglesia sintiéndose heridos con desafíos abrumadores: hijos en dificultades, tentaciones abrumadoras, reputaciones dañadas, ofensas sin intención, inseguridades y multitud de experiencias, comportamientos y actitudes que los hacen sentirse apartados de la corriente prevaleciente de miembros de la Iglesia. Sinceramente sienten que no pertenecen, que no hay lugar para ellos en el evangelio de Cristo.

Para muchos es un salto de fe sólo el ir a la iglesia el domingo. Simplemente  caminar por la puerta a menudo requiere mucho coraje. Tal vez mantienen la esperanza de que la gente será amable y que irán sintiéndose más fuertes y más capaces de hacer frente a sus desafíos.

¿Podemos entender por qué es tan importante que los miembros de la Iglesia se acerquen a los demás con bondad?

He pasado un tiempo pensando en el hombre que sufre por el camino de Jericó. El ministerio del buen samaritano lo salvó. El samaritano no se detuvo a considerar si aprobaba las acciones o actitudes del hombre. Él no evitó o ignoró la necesidad. No juzgó al hombre ni asumió que su sufrimiento fue causado por sus propias decisiones tontas. El samaritano simplemente se preocupó. Él actuó para preservar el bienestar de un precioso hijo de Dios que estaba en necesidad, para levantar y nutrir al igual que el Salvador habría hecho. Él ejemplificó el amor de Dios y fue un verdadero discípulo de Cristo.

Yo fui la receptora del amor de Cristo de muchos que se acercaron a mí y que me ayudaron a sentir que tenía un lugar en el camino del convenio. Las jóvenes que me invitaron a participar en sus actividades de fin de semana; el obispo que se acercó para ayudarme a mí y a mi familia a integrarse a un nuevo barrio; la líder de las Mujeres Jóvenes que me enseñó la doctrina de las familias eternas con sensibilidad, amor y testimonio puro; y tantos otros que estaban entre los que caminaban conmigo mientras redescubría el plan de Dios para mí y reavivaba mi esperanza en el futuro.

No hay ningún error acerca de la importancia de nuestra influencia en las vidas de quienes nos rodean, dondequiera que estemos. Todos estamos en una parte diferente del camino para regresar a Dios, y necesitamos desarrollar una conciencia de las personas que están a nuestro alrededo. Podemos empezar por ser profundamente conscientes de cuál es el propósito de venir a la iglesia el domingo y asegurarnos de que todos los que lleguen se sientan amados, necesitados, aceptados y elevados. Cuando alguien salga por la puerta, deben ser inspirados a ir y ser mejores porque saben que el Señor los ama y porque tienen amigos en su fe.

Con sincera amabilidad y delicada preocupación, y a menudo con una buena dosis de sano humor, podemos ayudar a aquellos que están luchando por sentir el amor del Salvador. Yo sé personalmente que la capacidad de ser el buen samaritano en el corazón de otro, está dentro de nosotros mientras escuchamos al Espíritu y aprendemos a amar como el Salvador.

 

Fuente: LDS.org