A lo largo de su servicio en la Iglesia, el Presidente Nelson ha enseñado a través de sus palabras y su ejemplo cómo construir un matrimonio fuerte y valorar a nuestros cónyuges. Aquí, mencionaremos algunas de sus enseñanzas sobre el tema, extraídas del nuevo libro titulado “Teachings of Russell M. Nelson.”

Recuerdo vívidamente una experiencia mientras volaba en un avión pequeño, de dos motores. De pronto, uno de los motores explotó y se incendió y la hélice se detuvo por completo. Al caer en espiral hacia la tierra, estaba seguro de que moriría. Algunos de los pasajeros gritaban aterrorizados. Milagrosamente, la vertiginosa caída extinguió las llamas, y entonces, haciendo funcionar el otro motor, el piloto pudo estabilizar el aparato y llevarnos a tierra sanos y salvos.

 

En todo ese contratiempo, a pesar de “saber” que se avecinaba la muerte, mi idea principal era que no temía morir. Recuerdo la sensación de que volvería al hogar, a conocer a los antepasados por los que había hecho la obra del templo; recuerdo la profunda gratitud que sentí al pensar que mi bien amada y yo nos sellamos eternamente el uno al otro y a nuestros hijos, que nacieron y se criaron en el convenio; me di cuenta de que mi matrimonio en el templo era mi logro más importante. Los honores de los hombres no podían acercarse siquiera a la paz interior que me brindaban los sellamientos efectuados en la Casa del Señor (“Las Puertas De La Muerte”, Conferencia General, abril 1992).

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Tu mayor prioridad es tu cónyugematrimonio

El amor no se enfoca en lo que alguien no puede hacer. El amor real se centra en lo que alguien puede hacer. El amor resalta las cualidades únicas que son parte de la herencia divina de cada hijo e hija de Dios. Y, más allá de eso, las aventuras del amor abren las puertas del servicio, que conducen a los campos dulces de la satisfacción y la comprensión. Ahí, nuestra felicidad se completa cuando finalmente llega el momento de que nos apartemos y veamos a nuestros seres queridos por fin ser capaces de trabajar y servir voluntariamente a los demás como primero les servimos. (“Barriers and Brotherhood,” National Barrier Awareness Meeting, Salt Lake Tabernacle, 06 de mayo de 1989).

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Tu mayor prioridad personal es tu cónyuge, esposo a esposa y esposa a esposo. El compromiso de ambos es eterno. Tu familia – hijos y nietos – es tuya para siempre. A través de los medios apropiados, mantente tan cerca de tu familia como te sea posible. Aunque las distancias entre ustedes puedan ser amplias, hazles saber lo que sientes al servir al Señor en Su obra.

¡La lealtad al Señor y el amor por tu familia no deben entrar en competencia! ¡Han de ser sinérgicos! El Señor dijo que “tu deber es para con la iglesia para siempre, y esto a causa de tu familia” (DyC 23:3). Una familia eterna es la meta. La Iglesia es el medio hacia esa meta. ¡Construimos familias eternas! (“Personal Priorities and Holy Purposes,” Seminario de Presidentes de Misión, 28 de junio de 2017).

8 maneras de cuidar mejor a tu cónyugematrimonio

El siguiente consejo fue dirigido a los hombres, pero se aplica igualmente a las mujeres en nuestra Iglesia de hoy.

Me gustaría decir que su mayor responsabilidad como poseedores del sacerdocio es cuidar a  sus esposas. Ese es un deber eterno que se les confía. ¿Qué sucede con sus hijos? Por supuesto, deben proveer por ellos, protegerlos y cuidarlos. Además, deben enseñarles y disciplinarlos en privado y con amor. Pero, lo mejor que pueden hacer por sus hijos es amar y cuidar a sus madres. Dejen que ese amor reluzca. Permitan que sus hijos y nietos crezcan en la comodidad y la confianza de una madre amada. Ayúdenlas a alcanzar la medida de su creación. ¡Ayúdenlas a cumplir con su destino divino con ustedes!

Hermanos, hay ocho palabras que me gustaría sugerir que cada uno de ustedes aplique en su relación con sus esposas.

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1.Anticipar. Piensen en sus deseos y necesidades, y anticípalos. En la mayoría de los casos, sus esposas les llevarán la delantera. Pero, en esta ocasión, intenten llevarles ventaja. Anticipen un deseo secreto de su corazón y sorpréndanlas.

2. Valorar. Una simple palabra de agradecimiento por sus esfuerzos por mantenerlos limpios y bien nutridos les hará saber que reconocen qué hizo por ustedes. El Señor ama un corazón agradecido y sus esposas también.

3. Celebrar. Ya aprendieron a no olvidar el cumpleaños de sus esposas ni el aniversario de bodas. Además, celebren juntos el día de reposo. Celebren su sellamiento asistiendo regularmente al templo. Celebren continuamente su noviazgo con citas, al menos una vez a la semana.

4. Cooperar. Eso significa que trabajen juntos hacia un objetivo común, que lleven y aligeren las cargas del otro.

5. Elevar. Hermanos, cuando regresen a casa al final de un día difícil de trabajo, no pongan los pies en la entrada de su hogar hasta que estén preparados para elevar los ánimos de sus esposas y sus hijos. Independientemente de las frustraciones de su vida, nunca dejen que el enfado contamine el espíritu sagrado de sus hogares. Las dificultades pueden y deben discutirse con tranquilidad y convertirse en oportunidades.

6. Motivar. Hermanos, motiven a sus esposas a desarrollar un talento que pueda tener. Ya sea en el arte, la música, la literatura o en algún otro campo, ayúdenlas a sentir el progreso de ese talento. La mayoría de los hombres pertenece a un grupo de compañeros comprometidos con el desarrollo de la calidad de su trabajo diario. Animen a sus esposas a hacer lo mismo. Por ejemplo, participar en la Sociedad de Socorro traerá enriquecimiento a sus almas y oportunidades para servir, que las ayudarán a avanzar en su propia capacidad innata.

7. Irradiar. Espero que irradien bondad al ser buenas personas. Y, por favor, intenten irradiar más luz que calor. El Señor colocó un sol en el firmamento para darnos luz durante el día. Él colocó la luna y las estrellas para proporcionar luz de noche y Él los colocó en un hogar para brindar las bendiciones del sacerdocio y la luz del Evangelio. Si irradian esa luz, su hogar se convertirá en un faro de luz para todo su vecindario.

8. Suplicar… Permitan que sus hogares sean una casa de oración, una casa de orden y una casa de Dios. Además, a medida que participen dignamente de la Santa Cena cada semana, tendrán el Espíritu del Señor con ustedes siempre. Los esposos y las esposas estudian juntos la doctrina. Crecen juntos en simetría espiritual. Permitan que su hogar se convierta en el santuario principal de la fe de su familia. (“Fostering Families of Faith,” Western Idaho Stake Conference Broadcast, 11 de noviembre de 2007)

Una meta celestial

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El conocimiento del gran plan de felicidad de Dios… fortalece nuestra fe en el futuro. Su plan proporciona respuestas a preguntas eternas: ¿Es toda nuestra compasión y todo nuestro amor del uno por el otro sólo temporal, que se perderán al momento de morir? ¡No! ¿Puede perdurar la vida familiar más allá de este período de probación terrenal? ¡Sí! Dios ha revelado la naturaleza eterna del matrimonio celestial y a la familia como la fuente de nuestro mayor gozo.

Hermanos y hermanas, las posesiones materiales y los honores del mundo no perduran; pero sí su unión como esposa, esposo y familia. El único periodo de duración de la vida familiar que satisface las añoranzas más sublimes del alma humana es para siempre. Ningún sacrificio es demasiado grande para tener las bendiciones de un matrimonio eterno. Para hacernos acreedores de ellas, únicamente tenemos que negarnos a nosotros mismos de toda iniquidad y honrar las ordenanzas del templo. Si llevamos a cabo los sagrados convenios del templo y los guardamos, manifestamos nuestro amor por Dios, por nuestro cónyuge, y nuestra verdadera preocupación por nuestra posteridad, incluso los que aún no han nacido. Nuestra familia es el foco de nuestra obra y gozo más grandes en esta vida; y también lo será en la eternidad, cuando podremos heredar “tronos, reinos, principados, potestades y dominios… exaltación y gloria” (DyC 132:19).

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Esas bendiciones inestimables pueden ser nuestras si ponemos nuestra casa en orden ahora y si nos aferramos fielmente al Evangelio (“Ponga en orden su casa,” Conferencia General de octubre 2001).

Mientras que la salvación es un asunto individual, la exaltación es un asunto familiar. Sólo quienes se hayan casado en el templo y cuyo matrimonio esté sellado por el Santo Espíritu de la promesa continuarán como cónyuges después de la muerte y recibirán el más alto grado de gloria celestial o la exaltación. Al matrimonio en el templo también se le llama matrimonio celestial. En la gloria celestial hay tres grados; para alcanzar el más alto, el esposo y la mujer deben sellarse por esta vida y por toda la eternidad y guardar los convenios que hicieron en el santo templo.

El anhelo más noble del corazón humano es el de un matrimonio que perdure más allá de la muerte. Ser fieles al matrimonio en el templo permite lograrlo, permite que las familias estén juntas para siempre.

Esta meta es gloriosa. Todas las actividades, todos los avances, los quórumes y las clases de la Iglesia son medios para lograr la exaltación de la familia (“El matrimonio celestial”, Conferencia General, octubre 2007).

Artículo originalmente escrito por Russell M. Nelson, extracto del libro “Teachings of Russell M. Nelson”, y publicado en ldsliving.com con el título “Insights from President Nelson to Help You Build a Stronger Marriage.”