Hoy, me encontré con un estudio inquietante publicado en Pediatrics.

El estudio indicaba que las adolescentes y las mujeres jóvenes adultas están especialmente en riesgo de depresión, o sea aquellas entre 12 a 20 años.

Aunque esto es terrible, lo que encontré más desalentador fue que mientras la tasa de depresión se incrementa, el número de aquellos que buscan tratamiento no.

Como alguien que ha batallado con la depresión, y como alguien que ha visto a familiares batallar con la ansiedad y la depresión, sé la importancia de buscar tratamiento especializado para enfermedades mentales.

Pero también sé algunas razones por qué puede ser difícil para las adolescentes, especialmente para aquellas que son mormonas, buscar tratamiento.

Y la razón por la que no quería buscar tratamiento era porque pensé que si era más espiritual, yo sola podía arreglarlo.

Cuando tenía 16, comencé a sufrir con la depresión.

Todo lo que quería hacer era dormir, esto parecía ser normal en una adolescente, pero eso era todo lo que hacía. Apenas y podía salir de la cama para la escuela, y cuando volvía a casa, solía ir a mi cuarto a “estudiar”, lo que solo era una excusa para mí para poder dormir sin que nadie estuviera comprobando lo que estaba haciendo.

No me importaba nada, incluyendo mis calificaciones, mis amigos, mi familia, o mi futuro, descuide todo y a todos los que me importaban.

Para colmo, estaba enojada todo el tiempo. Peleaba constantemente con mi hermano o mi hermana, y trataba de alejarlos. Y también batallaba con tener una conversación civilizada con mis padres y sólo deseaba que me dejaran sola.

Para los demás, yo sólo parecía la típica adolescente emocional. Nadie sospechaba que algo podía estar muy mal conmigo, incluyéndome. Sólo quería ser una adolescente normal y pensaba que admitir que algo estaba mal me haría destacar de mala manera.

Así que me convencí a mí misma que sólo estaba atravesando una mala racha como cualquiera lo hace de vez en cuando y que podría superarla en algunas semanas. Si oraba más formalmente, leía más las escrituras, y era una una persona más amable, empezaría a sentirme mejor.

El problema era, que simplemente no tenía la energía o la motivación para hacerlo tan bien como pensaba que debía, Y así comencé con una amarga espiral de autodesprecio cada vez que fallaba a lo que creía que debía hacer para sentirme feliz.

Y esto pasó por meses.

Mi testimonio comenzó a declinar, y sentía que todo lo que estaba sucediendo era porque yo no era lo suficientemente espiritual o no era una persona suficientemente buena.

Aún recuerdo el momento en que comencé a darme cuenta que lo que estaba pasando no tenía nada que ver con mi espiritualidad.

Buscar Ayuda

Estaba en mi última clase del día sentada en mi lugar usual, mirando la ecuación que mi maestro había escrito en la pizarra como cualquier otro día. Nada en mi comportamiento podría sugerir que estaba sufriendo, pero mi maestro de la nada se detuvo a media lectura, volteó hacia mí (nunca había dicho una palabra en la clase hasta ese momento), y preguntó si yo estaba bien.

No tengo duda de que mi maestro fue inspirado a hacer esa pregunta porque, en ese momento, sentí un impulso muy fuerte de que yo no estaba bien y que necesitaba ayuda porque esto no mejoraría.

Asentí, logrando contener las lágrimas, y el maestro continuó con la lección.

Tomó un tiempo, pero eventualmente desarrollé el valor de hablar con mis padres sobre lo que estaba sintiendo. Fue realmente difícil de admitir que no podía arreglar todo esto por mí misma. Pero mientras recibía tratamiento personalizado, comencé a ver lo que no podía ver antes: Mi depresión no tenía absolutamente nada que hacer con mi testimonio o la fuerza de la conversión del Evangelio.

Era una verdadera enfermedad que no sucedió porque no era un miembro suficientemente buena. El hecho que no podía sentir la felicidad o la motivación que una vez sentí al orar, leer las escrituras, y al ser amable con otros era un enorme indicador de que algo estaba seriamente fuera de mi control, no de que estaba fallando como miembro de la iglesia.

Cuando empecé a responder al tratamiento, me di cuenta de que mi problema no era tan único. Fui capaz de hablar con los miembros de mi familia quienes también estaban sufriendo con una enfermedad mental y me di cuenta de que recibir ayuda no hace que estés arruinado, te ayuda a sanarte.

Y mientras que cada batalla contra la depresión es diferente, sé que buscar ayuda no significa que estés fallando como Santo de los Últimos Días o que estés fallando en cualquier otro aspecto de tu vida.

No es una cosa mala buscar tratamiento o pedir ayuda, y podrías sorprenderte de cuántas personas están dispuestas a relacionarse contigo en vez de juzgarte cuando lo haces.

“Esta noche oscura en la mente y el espíritu es más que un simple desánimo” Élder Jeffrey R. Holland Recordatorios a los miembros de la iglesia”. “Si las cosas continúan debilitándolos, busquen el consejo de personas certificadas y con buena reputación, aptitud profesional y buenos valores. Sean sinceros con ellos acerca de su historial y sus dificultades. Consideren con espíritu de oración y de manera responsable el consejo que les brinden y las soluciones que les prescriban. Si tuvieran apendicitis, Dios esperaría que pidieran una bendición del sacerdocio y obtuvieran la mejor atención médica disponible; lo mismo se aplica a los transtornos emocionales. Nuestro Padre en los Cielos espera que usemos todos los maravillosos dones que Él nos ha proporcionado en esta gloriosa dispensación”.

Este artículo fue escrito originalmente por Amanda Black y fue publicado en ldsliving.com, con el título “The Dangerous Lie About Depression Mormons Often Tell Ourselves but Should Never Believe”  
Español ©2016 LDS Living, A Division of Deseret Book Company | Englsih ©2016 LDS Living, A Division of Deseret Book Company
Traducido por Wendy Almazán Cano.