“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Podría decirse que es una de las aperturas más famosas de cualquier novela, estas palabras, escritas por Charles Dickens, podrían fácilmente ser aplicadas a un grupo de pioneros mormones con quienes él se encontró cuando ellos comenzaban su arduo viaje a través del océano para unirse a los santos que se encontraban en América. Él observó: “Me sorprende que estas personas sean tan alegres y se preocupen tan poco de la inmensa distancia delante de ellos”.

Charles Dickens

Por LDS Living

 

A Dickens le parecía curioso este gran grupo de mormones— de casi 800— y se puso a conversar con el agente miembro a cargo. En esta conversación, trató de persuadir al agente y a otro miembro de la Iglesia a hablar de José Smith para que pudiera criticarlo. Sin embargo, ni el agente ni el miembro permitieron que eso sucediera, y Dickens no intentó mencionar al Profeta de nuevo. Dickens termina su recuento así:

“Supe después que un despachador fue enviado a casa por el capitán antes de que emprendiera por el Atlántico, altamente ensalzando el comportamiento de estos emigrantes, y el perfecto orden y decoro de todos sus arreglos sociales. ¿Qué le espera a esta pobre gente en las orillas del Gran Lago Salado, bajo qué ilusiones felices están trabajando ahora, y en qué ceguera miserable sus ojos estarán abiertos entonces?, yo no pretendo decir. Pero fui a bordo de su barco para dar testimonio en contra de ellos si se lo merecían, porque creía plenamente que lo merecían; para mi gran asombro, no se lo merecían; y mis predisposiciones y tendencias no deben de afectarme como testigo honesto, yo fui al lado de la Amazonía, sintiendo que es imposible negar que, hasta ahora, alguna influencia significativa había producido un importante resultado, ya que otras influencias mejores conocidas no han dado tales resultados”.