Si has decidido declararte profeta y establecer una nueva religión, para lograrlo, obviamente, necesitas producir una o más revelaciones y persuadir a otros a creer en ellas.

Históricamente, la ruta típica es anunciar que has recibido al menos un mensaje de Dios. El procedimiento es sencillo: Simplemente di que sí pasó, tal vez pueda ser cierto. No se requieren testigos de corroboración, ni tampoco necesidad de suministrar objetos o evidencias materiales de confirmación. Tu experiencia profética puede ser totalmente personal, por lo general tales experiencias son así. Puede ser totalmente subjetivo y, por lo tanto, gran parte puede cierta o no.

Nadie más compartió la visión de Isaías de Dios entronizado en el templo (Isaías 6). Aparentemente, ninguno de los prisioneros israelitas de Ezequiel vio “la apariencia de la gloria del Señor” con él durante su exilio junto al río de Chebar (Ezequiel 1). El Señor llamó al muchacho Samuel mientras Elí el sacerdote dormía profundamente (1 Samuel 3). La palabra del Señor vino en privado a Miqueas y, aunque estaba “entre los pastores de Tecoa”, solo le habló a Amós. Las revelaciones de Abraham nunca fueron compartidas con otras personas. Cuando estos profetas anunciaron sus mensajes, no proporcionaron ningún coro de testigos de apoyo. No ofrecieron pruebas físicas para fortalecer sus afirmaciones.

El Profeta José Smith

El Profeta José Smith en el proceso de traducción del Libro de Mormón por Judith A. Mehr

Del mismo modo, José Smith, el fundador y primer presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, podría haber sido un profeta completamente plausible sobre la base de sólo sus revelaciones personales. En cambio, su ministerio público comienza con una revelación muy diferente: el Libro de Mormón.

Podría haber producido una serie de breves documentos reveladores y enseñanzas durante un largo período de tiempo, como es el caso de Doctrina y Convenios. Pero lo que ocurrió al principio, más bien, fue el dictado de un libro largo y complejo durante un período increíblemente corto de dos o tres meses. El Libro de Mormón relata mil años de historia para un pueblo del que ninguno de sus contemporáneos había oído hablar. (Aunque los Jareditas hace que la historia sea más larga y compleja.) Y las personas alrededor de José Smith no esperaban tal cosa. 

Al ofrecer tal historia con tantos personajes, nombres de lugares, descripciones geográficas, y una complicada historia y cronología, un fraude lo hubiera expuesto a una serie de riesgos y posibles trampas. ¿Pero con qué finalidad? Al parecer, superficial no era.

Ellen G. White, en la fundación del Adventismo del Séptimo Día, dijo que había tenido aproximadamente 2000 visiones y sueños proféticos durante siete décadas, pero nada como el Libro de Mormón.

Es más, José provee testigos que corroboran también haber tenido encuentros con seres divinos y haber visto y levantado sustanciales objetos materiales.

Por el contrario, el notable científico sueco, filósofo, teólogo y místico Emanuel Swedenborg (d. 1772) no tenía testigos con él en sus sueños y visiones. No llevó a nadie con él en sus visitas al cielo y al infierno.

Del mismo modo, durante los 22 años de Mahoma como profeta, sus vecinos árabes del siglo VII no compartieron ninguna de sus visiones o revelaciones, y los orígenes del Corán no involucraron objetos tangibles.

Con esto no quiero decir que Swedenborg, White, Eddy o Muhammad – y mucho menos que Isaías, Ezequiel, Samuel, Miqueas, Amós y Abraham – eran fraudes. (Yo no creo que lo fueron.) [Yo creo que] esto sugiere que las afirmaciones de José Smith representan un desafío bastante inusual para aquellos que no creen. A mi juicio, es extraordinariamente formidable.

Por supuesto, también está la pregunta: ¿qué precio una persona que se establece en una carrera como profeta y constructor de religión estaría dispuesto a pagar? En el caso de José, el precio implicaba demandas aparentemente interminables, burlas y persecución, períodos sustanciales de encarcelamiento, ser conducido de un estado a otro, viendo amigos y familiares sufrir por sus demandas y, al final, muy conscientemente, la muerte violenta a manos de una turba.

Un bueno consejero que ayuda a otros pudiera haber aconsejado que hay mejores y menos exigentes opciones de carrera.

Fuente: Deseret News