Hace un par de años, escribí un mensaje previo a la conferencia de BYU- Hawái acerca del acto de escuchar. Hablé sobre cómo debemos escuchar a los profetas con la intención de obedecer. Hoy, deseo compartir un mensaje similar, pero desde una perspectiva opuesta: cómo no escuchar a los profetas.

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Las Escrituras hablan de muchas maneras de no escuchar a los profetas. Por ejemplo, Mosíah le dice a su pueblo que no “traten livianamente las palabras que les habla” (Mosíah 2:9). Tratamos livianamente las palabras de los profetas cuando las consideramos simplemente como una representación retórica, como si los profetas fueran oradores.

Tratamos livianamente [a los profetas] cuando nos acercamos a ellos simplemente con curiosidad intelectual, como si los profetas fueran filósofos o periodistas. Tratamos livianamente a los profetas cuando esperamos que sus palabras hagan comezón a nuestros oídos con mensajes que deseamos escuchar, como si los profetas fueran vendedores.

Déjenme revisar tres escrituras que hablan acerca de cada una de estas maneras en las que no debemos escuchar a los Profetas:

1. NO escuchen a un Profeta como si fuera simplemente un orador (Ezequiel 33)

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El Señor describe al pueblo del tiempo de Ezequiel como personas que malinterpretaban los mensajes del profeta al considerarlos como una representación retórica: “Y he aquí que tú eres para ellos como un cantor de amores, de hermosa voz y que toca bien un instrumento; y oyen tus palabras, pero no las ponen por obra” (Ezequiel 33: 32). Las palabras de un profeta pueden estar muy bien escritas y expresadas. De hecho, a menudo, así son los sermones de los apóstoles modernos.

Los profetas dan forma a sus palabras apropiada y cuidadosamente para conmover nuestros corazones y mentes. Pero, la belleza retórica de sus palabras, o la falta de ella, no son el punto. El punto es la inspiración y la autoridad del discursante. Nuestro trabajo como oyentes no solo es admirar sino prestar atención, arrepentirnos y obedecer.

Imagina a alguien diciéndole al Salvador después del Sermón del Monte, “Ese fue un discurso impresionante. Me gustó mucho el paralelismo en la primera parte en la que repetiste “bendito.” Muy ingenioso. Muy efectivo. Y, tus metáforas sobre la luz y la sal. ¡Muy bien escogidas! Pero, esa parte sobre sacarte los ojos y cortar tus manos. Fue bastante grotesca, ¿no crees?”

Se entiende de qué se trata el punto. El punto no es admirar la retórica sino arrepentirse. La respuesta apropiada a las palabras del profeta no es “¡qué lindo!” sino “¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:22).

2. NO escuchen a un Profeta como si fuera simplemente un filósofo (Hechos 17)

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Los atenienses en el Areópago también nos mostraron cómo no escuchar a un profeta. No debemos escuchar a un profeta como si fuera un filósofo o un periodista.

Los atenienses escuchan a Pablo como un proveedor de ideas nuevas, ideas que uno podría haber leído en una antigua versión de Athenian Sunday Times. A los atenienses les encanta hablar y debatir ideas, es uno de sus pasatiempos favoritos.

Llegan a escuchar a Pablo en el Areópago por su curiosidad intelectual. De hecho, “de ninguna otra cosa se ocupaban, sino en decir o en oír algo nuevo,” (Hechos 17:21). Le dan la bienvenida a Pablo en su foro público para aprender “¿Podremos saber qué es esta nueva doctrina que proclamas?”.

El mensaje de Pablo promete proporcionar un interesante forraje para el debate, una bola para el ping-pong intelectual que disfrutan los eruditos en el ágora o Areópago.

Pero, el mensaje sobre la resurrección prueba ser incluso más extraño de lo anticipado, completamente fuera de los límites del discurso filosófico griego. Así que despiden a este judío helenizado aparentemente lunático tan amablemente como pueden con “Ya te oiremos hablar acerca de esto otra vez.”

Pablo preparó su discurso de una manera ingeniosa: “Al Dios no conocido”. Pero, la declaración de Pablo a los atenienses y nosotros, no deriva de su inteligente habilidad retórica o su profundidad intelectual. Deriva de decir la verdad en la autoridad de un apóstol.

Como Søren Kierkegaard dice en un pequeño discurso llamado “La diferencia entre un genio y un apóstol,” el hecho de que Pablo fuera un genio no tiene más relación con la importancia espiritual de su mensaje que su oficio de hacer tiendas.

Existieron muchos grandes genios, pero no nos ceñimos a sus palabras ni creencias. La declaración eterna de Pablo sobre nuestras vidas proviene de su discurso para Dios como apóstol.

Cuando escuchamos a los profetas, debemos escucharlos por el Espíritu, por la voz de Dios que habla a través de ellos. Es decir, debemos escucharlos como profetas, no como filósofos.

3. NO escuchen a un Profeta como si fuera simplemente un vendedor (2 Timoteo 4)

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Una tercera manera de no escuchar a un profeta es confundirlo con un vendedor. No solo debemos prestar atención a los mensajes que nos complacen, o que nos dicen lo que queremos escuchar.

En segunda de Timoteo, Pablo llama a este tipo de oyente, alguien que tiene “comezón de oír” (2 Timoteo 4:3). Las traducciones modernas explican que esta frase inusual significa que las personas buscan predicadores que se “ajusten a sus propios deseos” y “les digan solo lo que quieren oír.”

No debemos escuchar a los profetas para justificarnos, ni elegir escuchar solo los mensajes que validan nuestros puntos de vista.

Los mensajes más importantes para nosotros podrían ser aquellos a los que al principio nos resistimos o encontramos inquietantes. Especialmente, aquellos que nos instan a arrepentirnos.

Cuando los profetas hablen del pecado, debemos ser como el publicano y no como el fariseo. El fariseo le agradece a Dios por no ser como los otros hombres. El publicano, en cambio, “no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, ten compasión de mí, pecador,” (Lucas 18:11 – 13).

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Entonces, ¿cómo no escuchar a los profetas? No como si fueran oradores, filósofos o vendedores. Esto no quiere decir que los profetas sean ajenos al estilo, el argumento o la audiencia, pero no es lo que escuchamos. No debemos considerar a los profetas como celebridades, un obstáculo común en nuestra era.

Los profetas no son perfectos. Pero, tenemos este tesoro en vasos de barro: los oráculos de Dios (2 Corintios 4: 7). Y, el Señor advirtió a Su pueblo, “tengan cuidado de cómo los estiman [los oráculos de Dios], no sea que los menosprecien, y con ello incurran en la condenación, y tropiecen y caigan cuando desciendan las tempestades y soplen los vientos y vengan las lluvias, y den con ímpetu contra su casa,” (DyC 90:5)

Esta escritura contiene, por referencia, la clave de cómo debemos escuchar a los profetas. La referencia se encuentra al final del Sermón del Monte.

Aquí, Jesús les dice exactamente a los que lo oyen cómo deben escuchar su sermón. Este principio se aplica a toda enseñanza inspirada.

Jesús explica: “A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca,” (Mateo 7: 24). “Y a cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena,” (Mateo 7: 26).

Escribí aquí sobre la forma de no escuchar a los profetas. Entonces, ¿Cómo escuchar a los profetas? Escuchar con verdadera intención, significa con la intención de prestar atención, aplicar, obedecer y convertirse. Y, luego, actuar en función a lo que el Espíritu nos dice. Eso es edificar sobre la roca.

Artículo originalmente escrito por John S. Tanner y publicado en ldsliving.com con el título “President of BYU-Hawaii: 3 Tendencies to Avoid When Listening to the Prophets.”