Nota del editor: El viernes 21 de febrero de 2025, el techo del centro comercial Real Plaza en Trujillo, Perú colapsó inesperadamente, dejando un saldo de ocho personas fallecidas, entre ellas tres niños, y 82 heridos, 11 de ellos menores en estado crítico. El derrumbe afectó principalmente al patio de comidas, donde muchas familias disfrutaban de una tarde tranquila. Esta es la historia de una familia Santo de los Últimos Días que, contra todo pronóstico, logró sobrevivir.
«¡He visto el techo caer sobre mi familia!». Esas fueron las palabras de un padre desesperado al revivir el momento más aterrador de su vida. Lo que debía ser una tarde de alegría y juegos, casi se convirtió en una tragedia imposible de imaginar.
Todo ocurrió en cuestión de segundos. Me separé de mi esposa y de mis tres pequeños por un momento para recoger la comida. Los dejé sentados justo en el centro del patio de comidas del Real Plaza Trujillo. Apenas llegué al stand, escuché un estruendo ensordecedor, como una serie de explosiones. Todo tembló como si fuera un terremoto. Al girarme para ver a mi familia, el techo se desplomó sobre más de 200 personas, incluidos mis hijos.

Colapso del techo del Real Plaza Trujillo
El lugar quedó sumido en la oscuridad. El agua de los sistemas contra incendios caía como una tormenta, creando una escena de caos total. Solo atiné a gritar:
«¡No es posible! ¡Mis hijos, nooo! ¡Mi familia, nooo!».
Con el corazón destrozado y un miedo que no puedo describir, intenté avanzar entre los escombros para llegar al centro del patio, donde los había visto por última vez.
Era casi imposible moverse. Los fierros retorcidos atrapaban a muchas personas. Vi a una mujer con la espalda aplastada y las piernas fracturadas. Dos jóvenes venezolanos se acercaron para ayudarla mientras yo seguía buscando a mi familia. La desesperación me invadía. Grité por ayuda, pero muchos tenían miedo de quedar atrapados también.

El hermano Alfredo Beltran, se arrodilló para clamar a Dios con todas sus fuerzas por su familia.
En mi angustia, caí de rodillas y clamé a Dios con todo mi corazón. Pedí que, si era Su voluntad, me diera la fuerza para soportar lo que fuera. Pasaron 15 minutos—una eternidad—hasta que recibí un mensaje de mi esposa. Decía que estaba atrapada bajo una mesa junto a dos de nuestros hijos. La estructura en forma de cúpula había caído primero sobre la mesa, creando un espacio que los protegió.
A pesar del alivio, mi corazón se rompió al saber que nuestro hijo de seis años estaba desaparecido. En el momento del estruendo, se había soltado de la mano de mi esposa y corrió en mi dirección, quedando atrapado bajo los escombros. Grité su nombre una y otra vez, con la esperanza de escuchar su voz.

Pequeños Santos de los Últimos Días se salvaron de una terrible tragedia
Un joven repartidor se acercó y me dijo que había visto a un niño arrastrarse hacia la salida que daba a los baños. Recordé que mi hijo siempre preguntaba para qué servía esa puerta. A pesar de tener el pie fracturado, había logrado llegar hasta allí. Al escuchar su nombre, alguien respondió: «Aquí hay un niño llamado Fabrizio». Era él. Estaba cubierto de polvo y su ropa tenía sangre, aunque, gracias a Dios, no era suya.
Mi esposa y mis otros dos hijos también lograron salir después de arrastrarse entre los escombros durante otros 15 minutos. Aunque físicamente heridos—con fracturas en los pies y cortes en la cabeza—, lo más doloroso ha sido el trauma emocional. Desde esa noche, mis hijos se despiertan cada 30 minutos llamando por mí o por su mamá.
Nunca olvidaré el miedo que sentí al pensar que los había perdido. Esa experiencia me cambió para siempre. Jamás volveré a estar lejos de ellos.
La negligencia detrás de este derrumbe ha dejado una herida profunda en nuestra familia y en muchas otras. Lo que comenzó como una simple promesa de llevar a mis hijos a jugar y comer su comida favorita, terminó en una pesadilla inimaginable. Hemos perdido nuestras pertenencias, pero lo que más me duele es saber que hubo familias que no corrieron con nuestra misma suerte.

Familia Beltran agradece a Dios por una nueva oportunidad.
Como arquitecto, entiendo el peso de las vigas de acero que cayeron. Sé que el desastre podría haber sido aún más catastrófico. Me duele la pérdida de vidas y me conmueve profundamente saber que Dios nos dio la oportunidad de seguir juntos.
Cada vez que beso a mis hijos antes del desayuno, agradezco tenerlos conmigo. Pero el dolor y la incertidumbre de ese día me acompañarán para siempre.
El equipo de Más Fe se une a las oraciones por todos los afectados de este terrible accidente. Esperamos que encuentren en consuelo y la sanación.