Durante mucho tiempo, formar una familia no parecía una mala idea. Era lo normal. Tener hijos venía con el matrimonio y con la idea de crecer juntos. No se pensaba tanto. Hoy, en cambio, la paternidad suele ponerse en duda. No tener hijos, dejarlo para después o enfocarse en otras metas se ve como algo razonable, incluso preferible, frente a una vida que ya cansa solo de pensarlo.
Este cambio no es necesariamente malo. Tener la libertad de decidir importa. Nadie debería sentirse obligado a hacer algo tan grande sin estar convencido. Eso es verdad. Pero también es verdad que algo se nos está yendo de las manos cuando casi todo lo que se dice sobre criar hijos suena a advertencia.
En conversaciones, titulares y redes sociales, la paternidad suele aparecer ligada al cansancio extremo, al estrés constante y a la idea de que tener hijos te quita la vida que podrías haber tenido. En 2024, incluso el cirujano general de Estados Unidos, Vivek Murthy, habló de la crianza como un posible problema de salud pública por la carga emocional que implica.

Y no es que esos problemas no existan. Criar hijos cansa, duele y abruma a ratos. Muchos padres se sienten solos y sin apoyo, y eso es algo que como sociedad no podemos seguir ignorando. El problema no es decir que cuidar hijos es difícil. El problema es que cuando solo hablamos del peso, nunca mostramos el cuadro completo.
Desde el evangelio restaurado, la paternidad nunca se ha pintado como algo fácil ni perfecto. Tampoco como algo que haya que esquivar. Siempre se ha entendido como las dos cosas al mismo tiempo: cansancio y alegría, peso y sentido. Y, más allá de la experiencia personal, como parte de un convenio que Dios establece con Sus hijos.
Por eso, decidir si tener hijos no se trata solo de evaluar si es buen momento o si las condiciones son ideales. No se resuelve con una lista de pros y contras. Requiere mirar un poco más lejos, más allá del ahora, y preguntarse por el propósito eterno de la familia.

Esa mirada aparece con mucha claridad en La Familia: Una Proclamación para el Mundo. Allí se enseña que el mandamiento de multiplicarse y henchir la tierra sigue vigente. No se plantea como una tradición cultural ni como una presión externa, sino como una instrucción divina que aún tiene sentido, incluso en un mundo muy distinto al de generaciones pasadas.
Ver la paternidad como un mandamiento cambia el enfoque. Un mandamiento no es una exigencia imposible ni una carga impuesta sin ayuda. Las Escrituras enseñan que cuando Dios da un mandamiento, también prepara la manera para cumplirlo. Nefi lo expresó con confianza al decir:
“Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que el Señor no da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

Esto significa que quienes deciden tener hijos no enfrentan solos los desafíos de la crianza. Dios promete apoyo, aun cuando el camino sea difícil y los padres se sientan insuficientes. Además, el evangelio no exige perfección absoluta. Doctrina y Convenios enseña que el Señor acepta el esfuerzo sincero:
“El Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta; y los diligentes y obedientes comerán el bien de la tierra” (Doctrina y Convenios 124:49).
Esta verdad ofrece consuelo a quienes desean formar una familia, pero encuentran obstáculos que no siempre pueden controlar.
La Proclamación también habla de las responsabilidades de los padres, pero lo hace de una manera sorprendentemente clara. Declara que los hijos “tienen derecho a nacer dentro de los lazos del matrimonio y a ser criados por un padre y una madre que honren sus votos matrimoniales con fidelidad absoluta”.

La palabra “derecho” suele tener una connotación negativa en el lenguaje actual, incluso dentro de la Iglesia. El presidente Dallin H. Oaks declaró:
«El descenso nacional del matrimonio y la natalidad es comprensible por razones históricas, pero los valores y las prácticas de los Santos de los Últimos Días deben mejorar, no seguir, esas tendencias».
Esto revela una verdad esencial: el mayor regalo que los padres pueden ofrecer no es material ni académico, sino relacional. La fidelidad entre el esposo y la esposa es la base de la seguridad emocional y espiritual de los hijos. Antes de hablar de provisión económica o educación formal, la Proclamación coloca la lealtad mutua y el compromiso con Jesucristo.
Para muchas parejas que dudan si están “listas” para ser padres, este enfoque puede resultar liberador. La pregunta no es si tendrán todas las respuestas, sino si están dispuestos a amarse, ser fieles y caminar juntos con Cristo. Eso, a los ojos de Dios, ya es un cimiento sólido.

Esta visión también desafía la idea moderna de que la realización personal debe estar por encima de todo. El evangelio enseña que el crecimiento más profundo suele venir a través del sacrificio. Jesucristo lo enseñó con claridad cuando dijo:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:24–25).
Aplicado a la paternidad, este principio recuerda que criar hijos no solo implica renuncias, sino también transformación espiritual. Une a los matrimonios en compromisos compartidos, acerca a los padres a Cristo y los forma en el amor, la paciencia y el servicio. Y esas virtudes no se quedan en el hogar. Se proyectan hacia la comunidad.
El presidente Oaks enseñó:
«El reclamar derechos, por lo general, es egoísta. Exige mucho y da poco o nada. El concepto mismo en el que se basa hace que nos elevemos por encima de los demás».
Aunque la paternidad puede parecer abrumadora, una perspectiva eterna permite verla como algo posible y profundamente valioso. No como una carga que deba temerse, ni como una opción prescindible, sino como una parte central del plan de Dios para el crecimiento, el gozo y la santificación de Sus hijos.
Fuente: Meridian Magazine
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