Hay personas que recorren horas, incluso días, para llegar al templo. Ahorran, piden permiso en el trabajo, organizan toda su vida alrededor de una sola visita. Para ellos, el templo es un sueño, un anhelo, un privilegio al que no pueden acceder con frecuencia.

Y luego estamos nosotros. Los que vivimos cerca. Los que lo vemos desde el bus, desde el auto o cada día al pasar por la misma calle. Los que decimos: “algún día voy”, “la próxima semana”, “cuando tenga más tiempo”. Y ese “algún día” nunca llega.

Ahí nace una paradoja difícil de admitir: vivir cerca del templo no siempre significa estar cerca de él.

La cercanía puede volvernos indiferentes

Imagen: Canva

Cuando algo cuesta esfuerzo, lo protegemos. Cuando requiere planificación, lo valoramos más. Pero cuando está a la vuelta de la esquina, muchas veces deja de ocupar un lugar prioritario en nuestra vida. El templo se vuelve parte del paisaje, algo que siempre estará ahí, algo que no se va a mover aunque tú te alejes.

Esta indiferencia no aparece de golpe. Es gradual. Comienza cuando ya no te preparas para ir “porque está cerca”, cuando dejas de marcarlo en tus planes, cuando el corazón deja de anhelar ese momento sagrado. Y aunque el templo sigue siendo un lugar especial, tú ya no llegas con la misma disposición que antes.

Cuando creemos que siempre habrá tiempo

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Hay una ilusión silenciosa que se instala poco a poco: pensar que lo eterno no tiene urgencia. Creemos que el templo estará ahí mañana, el próximo mes o el próximo año, y por eso puede esperar. Pero ¿qué pasaría si supiéramos que ya no habrá tiempo? ¿Si nos dijeran que el templo cerrará en unos días?

En una ocasión, el presidente Russell M. Nelson lo expresó con claridad cuando enseñó:

“Nada te ayudará más a aferrarte a la barra de hierro que la adoración regular en el templo.”
(Conferencia General, abril de 2018)

Tal vez no postergamos porque no creamos, sino porque olvidamos cuánto nos sostiene realmente.

Recuperar la intención lo transforma todo

Asistentes ingresan al templo para la dedicación del Templo de Bahía Blanca, Argentina, el domingo 23 de noviembre de 2025. Créditos: Jeffrey D. Allred, Deseret News

El cambio no empieza yendo más seguido, sino yendo con sentido. Cuando vuelves con una intención clara, el templo deja de ser costumbre y vuelve a ser experiencia espiritual. No se trata de ir “porque toca”, sino de ir con algo real: una pregunta, una carga, una gratitud, un nombre, un silencio que necesitas ordenar.

La intención despierta lo que la rutina durmió.

Algunos consejos que te podrían ayudar

Miembros de la Iglesia salen tras la primera sesión dedicatoria, después de que el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dedicara el Templo de Layton, Utah, el domingo 16 de junio de 2024. Imagen: Deseret News. Créditos: Scott G. Winterton.
  • Entra solo cinco minutos.
    Quienes viven lejos aprovechan cada segundo; quienes viven cerca suelen esperar tener horas. Ir solo para estar un momento le devuelve al templo su carácter sencillo y, a la vez, magnífico. Muchas veces cinco minutos bastan para romper semanas de postergación.
  • Pasa cerca del templo aunque no entres.
    Detente, camina alrededor, siéntate en los jardines y observa. A veces el deseo de entrar vuelve simplemente por estar ahí.

    Imagen: Andrea Muñoz Spannaus, Church News
  • Ve sin planearlo.
    Como si fueras al kiosco de tu vecindario. A veces vemos el ir al templo como un gran evento y, solo con pensarlo, ya nos agotamos. Decidir ir el mismo día, sin una preparación especial, puede romper el ciclo de la postergación que se alimenta de la planificación eterna.
  • Ir como si vivieras lejos.
    Elige un día al mes y trátalo como un viaje largo. No hagas otros planes, sal antes y tómate el tiempo para ir con calma. Volver a darle valor al trayecto también devuelve valor al destino.

Si vives cerca del templo y te cuesta ir, no te culpes. No eres el único. Pero tampoco sigas justificándote. Vivir cerca, en realidad, es una gran bendición. A veces, lo más difícil no es viajar lejos, sino volver a valorar lo que siempre estuvo a tu alcance.
Y quizá hoy no sea el día perfecto, pero sí puede ser el día en que dejes de pasar por delante y vuelvas a entrar en casa.

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