Probablemente no exista una combinación de palabras capaz de resumir todo lo increíblemente maravilloso que fue, y sigue siendo, el ministerio de Jesucristo en la tierra y más allá. Sus enseñanzas, Sus milagros y Su ejemplo continúan impactando nuestra vida diaria, convirtiéndose en principios vivos de acción, de amor y de relación con los demás y con nuestro Salvador.

Sin embargo, observar el entorno negativo también puede ser profundamente instructivo.

Porque junto con todo lo que Cristo hizo, también hubo cosas que Él no hizo y que jamás dijo. Y a veces, lo que decidió no hacer revela tanto de Su carácter como Sus milagros más grandes.

Quizá nunca te hayas detenido a pensar en ello. Por eso, aquí te compartimos cinco cosas que Jesucristo no hizo durante Su ministerio terrenal, y que hoy pueden enseñarnos lecciones de gran valor.

1. Cristo NO escogió a las mejores personas para ser Sus apóstoles

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La Última Cena. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Durante el ministerio de Cristo en la tierra, Él escogió a un grupo de pescadores, un recolector de impuestos y a otros cuyas ocupaciones aparentemente no eran suficientemente importantes como para ser escritas.

Por supuesto, la ocupación de alguien necesariamente no es un reflejo de lo que es como persona, pero las decisiones durante el ministerio de Cristo seguramente no eran lo que pudiste esperar.

Jesucristo llamó a Sus discípulos y les dio poder que se llama sacerdocio. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

¿Eran los candidatos más inteligentes? Probablemente no.

¿Eran los más sabios? Probablemente no.

¿Eran los más justos? Probablemente no.

¿Eran los más preparados? Quizás.

¿Eran los más dispuestos? Sí.

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Cristo tiene el hábito de escoger a personas normales para hacer cosas extraordinarias. Esas personas normales venían con cargas: debilidades, pecados, preocupaciones, paradigmas y opiniones.

No eran absolutamente diferentes a nosotros, pero como nosotros, Cristo puede darnos poder para hacer cosas increíbles.

2. Jesucristo NO condenó a la mujer adúltera

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Al igual que cualquier persona que es encontrada en pecado o error, la justicia exige un precio. Sabemos que Jesucristo lo pagó, sin embargo, es necesario un arrepentimiento sincero.

La historia de la mujer adúltera es conocida debido a que Jesucristo mostró compasión, y también nos enseñó una gran lección. Nos enseñó a NO condenar:

“Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” – Juan 8:11

Si bien es cierto que Jesucristo NO la condenó, ella aun necesitaba pasar por su proceso de arrepentimiento para obtener la remisión de sus pecados. Recordemos que el adulterio no es un pecado menor.

3. Cristo NO permitió que las personas pasaran sobre Él

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Jesús en el Templo. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

A veces creamos en nuestra mente una versión etérea e irreal de Jesús: angelical, pasivo, siempre dócil, siempre dispuesto a “dar la otra mejilla” sin conflicto. En ocasiones imaginamos a un Cristo que simplemente deja que las personas pasen sobre Él.

Pero ese no es el retrato completo.

Jesús vino a transformar. Fue profundamente disruptivo para su época. Reformó mentalidades, desafió interpretaciones religiosas arraigadas y actuó con autoridad incluso en el lugar más santo para los judíos: el templo. Declaró ser el tan esperado Mesías, algo que no era una afirmación menor.

Sanó en el día de reposo. Enseñó doctrinas que muchos consideraron escandalosas, como hablar de “comer Su carne” y “beber Su sangre”. Y cuando fue confrontado por quienes no estaban de acuerdo con Él, no retrocedió. Defendió Sus palabras y Sus acciones.

Sí, el Salvador fue “como cordero llevado al matadero” para llevar a cabo la Expiación. Pero incluso en ese momento de total sumisión a la voluntad del Padre, nadie realmente lo controlaba.

Cuando Pedro “hirió a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja”, Jesús no reaccionó con violencia ni con temor. Sanó al siervo y enseñó a Pedro un camino más elevado. Luego declaró:

¿Acaso piensas que no puedo orar a mi Padre ahora, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Cómo, pues, se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?

Aun cuando parecía indefenso, Cristo estaba actuando por decisión propia. Su entrega no fue debilidad; fue elección consciente.

Esa humildad absoluta contrasta poderosamente con otros momentos de Su ministerio. Cuando purificó el templo, no fue un cordero silencioso. Fue firme. Fue decidido. Tenía la misión de limpiar la casa de Su Padre y actuó con autoridad.

El élder James E. Talmage escribió en Jesús el Cristo:

“El incidente de la purificación del templo que Cristo efectuó por la fuerza contradice el concepto tradicional que nos lo representa como un ser tan dócil y retraído que parece carecer de firmeza. Benigno y paciente en las aflicciones, misericordioso con los pecadores arrepentidos, pero severo e inflexible ante la hipocresía.”

Sus propias palabras en Evangelio de Mateo 10:34 lo dejan claro:

“No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.”

Cristo fue humilde y totalmente sumiso al Padre hasta el final de Su ministerio terrenal. Pero eso nunca significó que permitiera que otros lo manipularan, lo intimidaran o definieran Su misión.

La mansedumbre de Cristo no fue debilidad. Fue fortaleza bajo control.

Y eso cambia completamente la forma en que entendemos lo que significa “ser como Él”.

4. Jesucristo NO limitó Su evangelio

ministerio de Cristo

“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones…” (Mateo 28:19)

“Ya no hay judío, ni griego; no hay esclavo, ni libre; no hay varón, ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:28)

Dios ama a todos Sus hijos y los trata con perfecto amor… ¿verdad? Entonces, ¿por qué Jesucristo dijo que había sido enviado únicamente a “las ovejas perdidas de la casa de Israel”? (Mateo 15:24).

La clave no está en favoritismo, sino en orden.

Al estudiar las Escrituras vemos que Dios obra siguiendo un patrón establecido. En la antigua tradición patriarcal, el primogénito recibía el derecho de nacimiento: una responsabilidad especial de liderazgo y de administración espiritual. Los primogénitos eran consagrados al Señor, y sobre ellos recaía la responsabilidad de preservar el convenio y transmitir la ley de Dios al resto de la familia.

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Pedro predicando. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Israel recibió ese derecho de primogenitura en el plan del convenio. Por eso, cuando Cristo vino a la tierra, Su ministerio terrenal comenzó entre el pueblo del convenio: “las ovejas perdidas de la casa de Israel”. No porque los demás valieran menos, sino porque Dios estaba actuando conforme al orden del convenio.

Cristo vino primero a instruir a quienes habían recibido la responsabilidad espiritual, para que ellos, a su vez, llevaran la luz al mundo.

Después de la Resurrección, el panorama se amplió. En Hechos 10–11, Pedro recibe la revelación de llevar el evangelio a los gentiles, confirmando que el mensaje de salvación era para todos. El orden inicial no era exclusión permanente, sino preparación.

Más adelante, tras la muerte de los apóstoles y la Gran Apostasía, el evangelio fue restaurado en los últimos días comenzando entre los gentiles, cumpliendo así el principio que el propio Salvador enseñó:

“Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros.” (Mateo 20:16)

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Dios no obra al azar. Él tiene tiempos, procesos y propósitos. Jesucristo mismo declaró que hacía “lo que ha visto al Padre” (Juan 8:38). Su ministerio reflejaba perfectamente la voluntad divina.

Puede que no comprendamos completamente todas las razones detrás del orden en que el evangelio fue predicado primero a los judíos y luego a los gentiles. Pero sí podemos reconocer en ello una manifestación del tiempo perfecto del Señor, un tiempo que, como enseñan las Escrituras, se entenderá con mayor plenitud cuando todas las cosas sean reveladas.

El amor de Dios nunca estuvo en cuestión. El orden de Su obra tampoco.

 

5. Cristo NO vino a abrogar la ley sino para cumplir la ley

ministerio de Cristo
Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

En las palabras de Cristo mismo:

“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.” (Mateo 5: 17)

Google define la palabra “cumplir” como: “dar por terminado o realidad; alcanzar o realizar (algo deseado, prometido o predicho)” o “realizar (una tarea, responsabilidad o función) como se requiere, promete o espera.”

Por el contrario, “abrogar” se define como: “poner fin a la existencia de (algo) por dañarlo o atacarlo”.

Cristo no deseaba abrogar la ley o a los profetas que la enseñaban. Eran valiosos y hasta hoy podemos aprender de ellos.

El Antiguo Testamento está lleno de símbolos de Cristo de los que podemos aprender. La Ley de Moisés me ha enseñado tanto sobre el sacrificio y la obediencia exacta. Admiro a los profetas por sus maravillosos ejemplos de rectitud y revelación.

Si Cristo hubiera “abrogado” la ley, si Él la hubiese dejado de lado por considerarla sin importancia o la hubiera atacado como «incorrecta», habríamos perdido grandes ejemplos de fe y santidad.

Imagen: Masfe.org

Cristo no deseaba dañar o atacar la Ley de Moisés. ¿Por qué lo haría? Él fue el Jehová que la instituyó primero. Sin embargo, era el tiempo de que la ley llegara a su fin.

A veces, como seres humanos, es fácil pensar que solo las cosas que necesitan terminar están mal, dañadas o imperfectas. ¿Por qué terminar algo que está yendo bien? ¿Qué mejor razón podrías tener para reemplazar eso con algo incluso mejor?

Eso es lo que hizo Cristo. Él reemplazó una ley buena, la Ley de Moisés, por una ley mejor, una ley más elevada. Él deseaba que nos pareciéramos más a Él y para lograrlo, sabía que teníamos que reforzarla.

 

De alguna manera, me recuerda los últimos cambios de los maestros orientadores y las maestras visitantes. La “ley antigua” era muy específica. Podías tener un cuadro donde marcar si cumpliste o no. A veces, podía ser difícil, pero sabías exactamente qué se esperaba que hicieras, cuando se tenía la expectativa de que lo hicieras sin espacio para preguntas.

Imagen: Havenlight

Por ejemplo, cuando el presidente Russell M. Nelson anunció que la Iglesia ya no tendría maestros orientadores ni maestras visitantes, no estaba condenando esos programas como malas prácticas. Simplemente los terminaba o completaba para dar espacio a un programa mejor.

Como la ley mayor que Cristo instituyó, la Ministración se centra más en el espíritu que en las palabras, la rectitud personal que las listas de cosas por hacer. La Ministración es otra inspiración de Cristo que nos exhorta a progresar, ser más como Él y apresurar la obra.

Al comprender que Cristo no vino para abrogar la ley sino para cumplirla, edificando sobre los principios del pasado que aún son verdad, entendemos que Él nos está edificando para ser mejores personas por medio del uso de cosas verdaderas que ya hemos aprendido.

6. Jesucristo NO nos dejó solos

Jesucristo no solo regresó de la muerte, sino que también visitó a Sus otras ovejas. No nos dejó solos. Imagen: Videos del Libro de Mormón

Jesucristo declaró en Juan 16:7:

“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si yo me voy, os lo enviaré”.

Podemos sentirnos solos y tristes en este mundo, pero en Cristo no estamos solos. Su espíritu nos acompaña y nos guía en los momentos de dificultad siempre que estemos en armonía con Él.

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
Al igual que Daniel, Jesucristo estará a nuestro lado. «Daniel in the Lions’ Den», by Clark Kelley Price

Jesucristo nunca dudó. Él pudo dejarnos de lado y abandonarnos, sin embargo, no lo hizo, y debemos estar infinitamente agradecidos por ello.

Los leones eran como pequeños gatitos para Daniel. Los muros de la cárcel se derrumbaron para Alma y Amulek. Ninguna arma pudo herir a Samuel el Lamanita. Los 2,050 jóvenes guerreros sobrevivieron.

Jesucristo NO nos ha abandonado.

7. Jesucristo NO se consideró mejor que nadie

Jesucristo no discriminaba a las personas. Los veía como lo que son, hijos de un Dios. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Aunque Jesucristo habita en luz inaccesible, sostiene el universo con Su poder y establece límites incluso al mar, Él escogió humillarse.

El Creador de todo lo visible e invisible decidió caminar entre nosotros.

No vino revestido de privilegio humano. No buscó posición, estatus ni reconocimiento terrenal. No trató a nadie como inferior. Veía a cada persona como realmente es: hijo o hija de Dios.

Lavó los pies de Sus discípulos.

Tocó a los leprosos que nadie quería tocar.

Se sentó a la mesa con publicanos y pecadores.

Sanó, alimentó y liberó. Y finalmente, entregó Su propio cuerpo como precio por el pecado del mundo, cargando Su cruz hasta el límite de la resistencia humana.

El profeta Isaías ya había anticipado la manera en que el Mesías vendría:

“Porque subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él ni hermosura; y cuando le veamos, no habrá en él atractivo para que le deseemos.” — Isaías 53:2

No había en Él grandeza externa que impusiera admiración. Su gloria no fue ostentosa; fue voluntariamente velada.

Jesucristo nunca actuó desde la superioridad, aunque tenía todo el derecho de hacerlo. Su autoridad no se manifestó en arrogancia, sino en servicio. Su poder no se expresó en dominio, sino en entrega.

El Rey del universo eligió ser el siervo de todos.

Y en ese acto supremo de humildad, nos enseñó que la verdadera grandeza no consiste en elevarse sobre los demás, sino en descender para levantarlos.

8. Jesucristo NO hizo Su voluntad

jesus angeles
«La agonía en el huerto» por Frans Schwarz.

Mientras sudaba “como grandes gotas de sangre” y la angustia comprimía cada fibra de Su ser, Jesucristo clamó:

“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” — Mateo 26:39

En Getsemaní vemos la humanidad real del Salvador. Por Su madre María, Jesús tenía naturaleza mortal. Sabía exactamente el dolor físico, emocional y espiritual que le esperaba. No enfrentaba algo simbólico; enfrentaba sufrimiento infinito.

La copa no era abstracta. Era real.

Sin embargo, aun en el momento de mayor agonía, Su oración no fue una exigencia, sino una entrega.

Él no escogió el camino más fácil. Escogió el camino eterno. Imagen: Masfe.org

Cristo no vino a la tierra para hacer Su propia voluntad. Él mismo declaró repetidas veces que hacía la voluntad del Padre que lo envió. Y en Getsemaní, esa verdad alcanzó su expresión más pura.

No fue debilidad pedir que la copa pasara. Fue transparencia perfecta. No fue resignación aceptar la voluntad del Padre. Fue amor absoluto.

Podía haberse negado. Podía haber pedido legiones de ángeles. Podía haber detenido todo. Pero eligió NO hacerlo.

Incluso cuando parecía el más indefenso, Cristo estaba actuando con plena conciencia y decisión. No fue arrastrado al sacrificio; se ofreció voluntariamente. No fue dominado por Sus opresores; permitió que las cosas sucedieran para que se cumpliera el plan del Padre.

Para nuestra preparación espiritual de Samanta Santa, el equipo de Más Fe comparte esta nueva y tierna versión en español de “Getsemaní”. 
Para nuestra preparación espiritual de Samanta Santa, el equipo de Más Fe comparte esta nueva y tierna versión en español de “Getsemaní”.

Él no escogió el camino más fácil. Escogió el camino eterno.

En un mundo obsesionado con “seguir el corazón” y “hacer lo que uno quiere”, Jesucristo nos mostró algo más alto: la verdadera libertad se encuentra en alinear nuestra voluntad con la del Padre.

Y ese acto de sumisión consciente cambió el destino de todos nosotros.

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