Todo empezó como una charla relajada, con risas, bromas y el calor guatemalteco de fondo. Cuatro misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días aceptaron sentarse a conversar sin discursos preparados. Solo hablar, responder lo que la gente suele preguntar y mostrar quiénes son en realidad.
Desde el inicio, algo rompió el estereotipo. No eran los misioneros que muchos imaginan. Uno venía de África, otro de Alemania, otro de Inglaterra y otro de la República Dominicana. Las reacciones no se hicieron esperar entre sorpresa, dudas y muchas risas. Distintos países, distintos acentos, pero un mismo propósito.
Cuando surgió la pregunta de cómo terminaron en Guatemala, la respuesta fue clara. Ellos decidieron servir una misión, pero fue Dios quien los llamó a servir específicamente allí. No escogieron el país ni el clima ni la cultura. Dejaron su casa, su familia, sus estudios y su rutina para venir a servir durante dos años en un lugar que, para muchos de ellos, era completamente desconocido.
Fe en la vida diaria

Uno de los temas que más curiosidad despertó fue el café. La pregunta fue directa, como suele escucharse en muchos pueblos: ¿es pecado o no? Los misioneros explicaron la Palabra de Sabiduría, una ley de salud que siguen como miembros de la Iglesia.
Hablaron de evitar el café, el alcohol, el tabaco y las drogas, no como reglas extrañas, sino como decisiones para cuidar el cuerpo y evitar dependencias.
Algunos contaron que nunca han probado café en su vida; otros admitieron que huele bien, pero aun así prefieren no tomarlo.
También se habló de cosas más cotidianas, como el baile. Desde la bachata hasta otras expresiones culturales, dejaron claro que bailar no es pecado. La fe no cancela la alegría ni la cultura. Se puede disfrutar, reír y compartir, siempre de una manera sana.
Alegría y cultura no se excluyen

Uno de los momentos más sinceros llegó cuando se tocó el tema de las relaciones. Durante la misión, explicaron, no tienen novia. No porque no les gusten las mujeres ni porque no sientan atracción, sino porque quieren estar completamente enfocados en servir.
Reconocen que no siempre es fácil y que son humanos, pero su fe y su compromiso los ayudan a mantenerse firmes durante ese tiempo.
Quienes estaban presentes no solo escucharon respuestas. También compartieron lo que han visto de los misioneros en el día a día como ayudar a cargar materiales, hacer tortillas, bañar perros, colabor donde haga falta. Jóvenes que, en una etapa donde muchos buscan solo comodidad o diversión, deciden servir sin esperar nada a cambio.
Servicio que transforma

Al final, cada misionero compartió un mensaje sencillo. No hablaron de una vida perfecta ni de recompensas materiales. Hablaron de una felicidad que nace del servicio y de seguir a Jesucristo. Recordaron que todas las personas son bienvenidas, sin importar su origen, su apariencia o su historia.
La charla cerró con una idea clara. Para muchos puede parecer extraño ver a jóvenes tan felices lejos de casa, en un país que no eligieron, enfrentando retos diarios. Para ellos, tiene sentido. Porque aceptaron un llamado. Y porque servir no solo bendice a otros, también transforma a quien decide responder.
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