En la Conferencia General de abril de 2026, el élder Gérald Caussé dio su primer discurso como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles en este evento mundial de la Iglesia. Su mensaje se centró en una verdad profunda: el amor de Dios es universal, pero también es personal.
Al comenzar, invitó a pensar en la inmensidad del universo. Frente a esa grandeza, podríamos sentirnos pequeños. Sin embargo, enseñó que ante Dios cada persona tiene un valor infinito. Testificó:
“En la Iglesia de Jesucristo no debe existir el anonimato. Al bautizarnos, se nos conoce, se nos tiene en cuenta y se nos cuida, una persona a la vez”.
Explicó que esta verdad se entiende mejor al pensar en la expiación de Jesucristo. El sacrificio del Salvador fue por toda la humanidad. Pero también fue por cada persona individualmente. Todos tendrán la oportunidad de recibir sus bendiciones. Al mismo tiempo, es un don personal, aplicado a cada vida y a cada corazón.

En su mensaje enseñó que el amor de Dios no se divide entre amar a todos o amar a cada uno. Es el mismo amor expresado de dos maneras. Una lo suficientemente grande para abarcar al mundo entero. Otra lo suficientemente cercana para preocuparse por una sola persona.
También habló del servicio en la Iglesia. Explicó que el servicio cambia el corazón. Muchas veces no servimos solo a las personas que ya amamos. Más bien, aprendemos a amar a las personas cuando las servimos. El servicio cambia nuestra manera de ver a los demás.

El élder Caussé también invitó a reflexionar sobre la manera en que tratamos a las personas. Preguntó:
“¿Somos selectivos o excluyentes al determinar quién merece nuestro amor o tratamos con amor a todos los que nos rodean?”
Recordó que el discipulado no consiste en formar un grupo cómodo de amigos con intereses similares. La Iglesia es una comunidad formada por personas diferentes. Diferentes historias, culturas y experiencias. Pero todos unidos por Jesucristo.

También enseñó que en la Iglesia nadie debería sentirse invisible. Cuando mostramos amor cristiano, empezamos a ver a las personas como el Señor las ve. Vemos su valor y su potencial divino.
Al final de su discurso invito lo siguiente:
“Sigamos el ejemplo perfecto del Señor y aprendamos a amar a todos y a amar a cada persona, tal como Él lo hace”.
Su mensaje dejó una enseñanza clara. Para Dios, la humanidad entera importa. Pero cada persona también importa individualmente. Él ama a todos. Y ama a cada uno.
Fuente: Church News
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