En Curicó, Chile, un grupo de jóvenes protagonizó una escena tan espontánea como particular mientras conversaban con tres misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Entre bromas, conversaciones y ambiente amistoso, surgió una propuesta inesperada: invitar a los misioneros a un partido de básquetbol.
Pero no era solo un juego. Había una promesa incluida.
Uno de los jóvenes lanzó la frase que marcó el tono de todo el encuentro:
“Si ganan… me hago ‘mormón’”.
La propuesta fue aceptada con naturalidad. Los misioneros, con camisa blanca y corbata, como acostumbran vestir durante su servicio, se sumaron al partido sin perder la sonrisa. El ambiente era relajado, amigable y lleno de buen humor. Más que una competencia, parecía una oportunidad para compartir un momento distinto.

En el video que circula en redes sociales se observa cómo los jóvenes comienzan dominando el marcador. Corren, defienden con intensidad y celebran cada punto. El juego avanza entre risas, comentarios y energía juvenil. Sin embargo, con el paso de los minutos, los misioneros empiezan a recuperar terreno. A pesar de no vestir ropa deportiva, se animan a atacar el aro, encestan algunos tiros y sorprenden a los presentes.
Hacia el final del partido, pareciera que los misioneros logran remontar el resultado. Sus compañeros los felicitan, y quienes observan desde fuera reaccionan con asombro y alegría. No obstante, el video no muestra claramente el desenlace oficial del marcador. Tampoco se sabe si, finalmente, los jóvenes aceptaron la supuesta condición del reto o si el encuentro quedó solo como una anécdota simpática.
Y probablemente eso es parte de su encanto.

Más allá del juego, lo que se percibe es un ambiente de respeto. Nadie discute, nadie se molesta. No hay burlas ni tensiones. Solo ganas de pasarlo bien. El deporte se convierte en un punto de encuentro entre realidades distintas: jóvenes del barrio y misioneros que dedican dos años de su vida al Señor.
El video no fue un fenómeno masivo ni una tendencia mundial, pero sí llamó la atención de quienes lo vieron por lo auténtico y cotidiano del momento. En tiempos donde muchas noticias giran en torno a conflictos o polémicas, ver a personas riendo, conversando y compartiendo una tarde en una cancha pública tiene un valor especial.
Además, muestra algo característico de la obra misional: conectar con las personas de manera sencilla y humana. No siempre a través de discursos formales o actividades religiosas, sino también mediante gestos cotidianos, como aceptar un partido improvisado de básquetbol.

No sabemos si, después del juego, hubo nuevas conversaciones sobre el evangelio. Tampoco si alguien decidió acercarse más a la Iglesia. Pero sí queda claro que esa tarde dejó una huella positiva.
Y al final, quizá esa fue la mayor victoria.
Porque más allá de los puntos anotados, lo que quedó fue una experiencia compartida, un recuerdo alegre y un testimonio silencioso de que la fe también puede expresarse en amistad, respeto y cercanía. Incluso en una cancha de barrio, entre risas, zapatillas y un aro de básquet.
Recursos: Facebook
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