Durante mucho tiempo, Troy pensó que su historia ya estaba definida. No por una sola decisión, sino por una suma de caídas que, con los años, lo fueron alejando de todo lo que alguna vez le dio sentido.

Creció en la Iglesia después de que sus padres se convirtieran cuando él tenía diez años. Participaba, asistía, cumplía. Pero, como él mismo reconoce, muchas veces estaba presente sin comprender del todo lo que el Evangelio significaba.

Su misión en Filipinas marcó un antes y un después. Ahí su testimonio se fortaleció y su fe se volvió más real. Sin embargo, al regresar a casa, la estabilidad que parecía firme empezó a desmoronarse lentamente.

Diez años lejos de sí mismo

Imagen; Canva

El divorcio, alcohol, drogas y, finalmente, una adicción severa a la metanfetamina lo fueron empujando cada vez más lejos de la persona que sabía que podía ser. La adicción no llegó de golpe, pero una vez instalada, tomó el control.

Fue excomulgado, se distanció de su familia, pasó por la cárcel y quedó completamente aislado. Durante diez años, la adicción dictó su vida, apagando vínculos, identidad y esperanza.

Hubo una noche en particular que quedó grabada para siempre. Solo, bajo los efectos de la droga, Troy sintió con claridad que iba a morir. No fue una metáfora ni un pensamiento pasajero. Fue una certeza.

Y ahí, cuando ya no tenía nada que sostener, hizo algo que no hacía desde hacía años. Oró.

Una oración que cambió el rumbo

Créditos: Hemano Troy

No fue una oración larga ni elocuente. Fue desesperada y honesta. Le pidió a Dios vivir. Y prometió que dejaría la droga.

Lo que vino después no encajaba con lo esperado. No hubo síndrome de abstinencia. No hubo ansiedad ni recaídas inmediatas. La adicción desapareció de un día para otro.

Para Troy, no hay duda de lo que ocurrió. Fue el poder de Dios actuando cuando él ya no podía hacerlo solo.

Después de eso, comenzaron a llegar pensamientos claros y persistentes. Volver a la Iglesia. Una idea que al inicio rechazó, pero que no se iba.

Volver, aun sin sentirse digno

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Finalmente, decidió escuchar. Se reunió con el obispo, volvió a hablar con los misioneros y, poco a poco, su corazón empezó a cambiar. No fue instantáneo ni sencillo.

Fue rebautizado. Se reconcilió con su hermano después de diez años sin hablarse. Encontró amor y apoyo donde esperaba juicio. Descubrió que la misericordia de Dios no funciona por merecimiento, sino por gracia.

El camino no estuvo libre de dolor. Viejas heridas reaparecieron. Hubo errores, retrasos y momentos difíciles. Pero, incluso ahí, Troy reconoce algo con claridad. Dios nunca se fue.

A través de líderes inspirados, bendiciones del sacerdocio y el templo, lo que parecía perdido comenzó a restaurarse. Sus convenios. Su sacerdocio. Su esperanza.

Una vida restaurada, una fe viva

Créditos: Hemano Troy

Hoy, Troy asiste al templo con frecuencia. Comparte su historia sin esconder su pasado. No para llamar la atención, sino para recordar algo esencial.

Nadie está demasiado lejos como para que Cristo no pueda alcanzarlo.

Él mismo se define como prueba viviente de eso. Cristo entró en su oscuridad, lo levantó y le dio una vida nueva.

Su oración ahora es sencilla. Que otros puedan llegar a conocer a Cristo, no por su historia perfecta, sino porque vieron lo que Dios puede hacer incluso cuando todo parece perdido.

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