Nota del editor: Esta es la historia de vida de la hermana Maughan, miembro de la Iglesia de Jesucristo y misionera retornada que compartió en un post de Facebook.

Tenía 12 años cuando me dio mononucleosis por primera vez. Sin embargo, para mi mamá, eso no era excusa para detenerse. Si te quedabas en casa, aún podías trabajar, así que tuve que seguir adelante, pero luego volví a enfermar una y otra vez.

Durante ese tiempo me decían que todo estaba en mi cabeza, que era hipocondríaca y que incluso simplemente era pereza. Fue tanta la presión que comencé a creer en esos comentarios. Así que aprendí a disimular mi cansancio e incluso a negar los síntomas de mi enfermedad.

Pero llegué a un punto en el que simplemente no podía seguir fingiendo. Me desmayé un par de veces en la escuela y terminé recibiendo educación desde casa. Ese fue un tiempo muy difícil en el que a menudo me sentía muy mal y atrapada en un cuerpo que no respondía.

La hermana Maughan llegó a un punto en el que no podía seguir fingiendo su enfermedad y comenzó a desmayarse. Imagen: Canva

Así continuó mi vida hasta que terminé la escuela. Dos días después de graduarme, me fui a trabajar al Gran Cañón sin planes de volver a casa.

El tiempo pasó y a mis 21 años me tocó afrontar otra gran prueba. Para entonces, vivía en Alaska cuando recibí una llamada de mi hermano menor diciendo que quería huir de casa. Yo entendí sus motivos. Después de todo, la vida con nuestros padres nunca fue tranquila, así que le compré un boleto y lo llevé conmigo a Alaska.

Entonces, mi madre presentó cargos contra mí por secuestro. Al mismo tiempo, mi antiguo ortodoncista me estaba cobrando cuentas pasadas que mis padres nunca pagaron cuando yo era menor de edad. Así que tuve que contratar un abogado para aclarar mi situación legal en ambos casos.

Finalmente, advertí a mis padres que buscaría la adopción legal de mi hermano, lo que implicó hablar en la corte sobre situaciones de abuso. Fue así como los cargos contra mí fueron retirados y obtuve la adopción de mi hermano.

Advertí a mis padres que buscaría la adopción legal de mi hermano, lo que implicó hablar en la corte sobre situaciones de abuso. Imagen: Canva

Años después, sentí el llamado de Dios para servir una misión, lo que me requirió dejar a un hombre al que amaba mucho y enviar a mi hermano de regreso a casa para que terminara la secundaria. Sin duda, ambas fueron duras despedidas para mí.

Al llegar a la misión trabajé con todo el corazón, pude enseñar a muchas personas, en especial a personas sordas, y aprendí más sobre el amor de Cristo. Pero en ese transcurso me llegó otra prueba: perdí la voz.

Me hicieron algunos estudios y los resultados revelaron Epstein-Barr crónico. Los marcadores normales de mononucleosis oscilan entre 50 y 75, pero los míos superaban los 900. Debido a eso, mi misión terminó antes de lo previsto.

De la noche a la mañana pasé de predicar con gozo a estar enferma y sin un lugar estable para vivir. Aunque una familia maravillosa, los Shoemaker, se ofreció a recibirme, pronto mi presidente de misión contactó a mis padres y ellos aceptaron que volviera a casa.

Cuando llegué, tuve que reorganizar todo mi espacio a pesar de estar muy enferma. Colocaron un palo de trapeador sobre cajas apiladas como si fuera un clóset improvisado, y en el suelo, junto a eso, extendieron una colchoneta de camping. En esas condiciones pasé dos meses y medio.

Los médicos dijeron que nunca me recuperaría del todo. Imagen: Canva

A menudo necesitaba ayuda incluso para ir al baño, pero nunca recibí un buen trato y durante años, mis padres me hicieron sentir que estaba en deuda eterna con ellos. Como si por haberme dado a luz y “haberme ayudado”, yo les debiera mi vida entera.

En ese tiempo ya tenía 22 años y los médicos dijeron que nunca me recuperaría del todo. La depresión y la desesperanza fueron profundas. Pero Dios no me dejó ahí.

Él me ayudó a salir de esa situación, volví a irme de casa y esta vez, ya no regresé. Hoy, muchos años después, volteo a ver al pasado y no siento rencor. He aprendido a sanar y a tomar esa experiencia como aprendizaje

Tengo un hijo que regresará a casa tras un accidente devastador, pero en su caso en comparación con el mío, él vuelve a un hogar con orden, consuelo, seguridad y paz. Sé que sanará y que todo estará bien.

Y cuando lo miro, pienso en aquella joven de 22 años que estaba en el suelo, enferma y convencida de que no tenía futuro y le agradezco. Porque lo que ella aprendió en medio del dolor ahora protege a mi hijo. Él no tendrá que pasar por lo mismo que yo.

A veces estas experiencias duras del pasado son lo que necesitamos para ser mejores discípulos de Jesucristo. Si hoy sientes dolor, recuerda que Dios está ahí y nunca te dejará solo. Con el tiempo verás que todo fue parte de algo más grande.

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